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Triana: memoria sentimental

 


/Desde el Altozano se divisa esta Sevilla. Foto Archivo personal/

Cada cual tiene su propia Triana. Y no es transferible a otros. La Triana de cada uno se compone de vivencias, momentos y gentes. Hay tantas Trianas como personas viven o han vivido en ellas. Es una especie de caleidoscopio que cambia de color según se recuerde, según se evoque. El poder de evocación de los edificios, las calles, los olores, los ambientes, es enorme, y así lo sentimos los seres humanos. Recorrer Triana es una ocupación que me ha llevado muchos años y hay otras muchas personas que también juegan en esta ruleta. Mi amigo, el poeta de Arcos, Antonio Luis Baena, era una presencia constante en sus calles hasta que murió. Me lo encontraba en cualquier sitio. Nosotros paseando al niño y él andando, andando, porque su corazón estaba cansado y necesita ejercitarse. Él eligió Triana para vivir y su recorrido permanente por las calles es una de las cosas que siempre recuerdo. Quizá la gente de Triana no lo recuerde o no lo haya conocido, pero durante decenas de años estuvo aquí. Fue quizá la primera persona trianera, aunque adoptiva, que conocí cuando llegué a la facultad. Él estudiaba con nosotros y al terminar comenzó un doctorado. Fue director de colegio por oposición y poeta de altos vuelos. Era maravilloso. 


/El castillo de San Jorge y la capillita del Carmen en Altozano. Foto Antonio Mesa León/


/La Ronda de Triana anocheciendo. Foto Archivo personal/

Me vine a vivir a Triana porque estaba junto al río y del río se llega al mar. También porque algo desconocido me empujó a ello y no sé lo que fue. Mis otros compañeros que vinieron se fueron al centro y yo siempre elegí Triana. Primero en Rodrigo de Triana, mi primer piso, desde el que se oía maullar a los gatos de noche. Después, en la calle Maestro Arrieta y la calle Aracena, otra visión de Triana. Durante muchos años, en la cava de los gitanos, en Pagés del Corro cerca de los Paúles, donde la historia del barrio ya es diferente. Y, de ahí, en un salto mortal, a la nueva Triana junto al Cachorro, cuando todavía no existía nada y se estaban construyendo los edificios que hoy son parte del paisaje más cercano. Ah, se me olvidaban los tres años en la calle Turia, en los Remedios, ese barrio al que adoro porque todas las penas se alivian en la calle Asunción, todas las amigas presas de mal de amores, todos los libros de la facultad por estudiar y nosotras tomando una cocacola en un pub de Virgen de la Cinta. Conozco Los Remedios como la palma de la mano y, en cambio, en Triana me pierdo. Es más difícil, menos categórica, menos sencilla. 

Pero es innumerable el rosario de lugares y momentos que hemos vivido aquí. Las calesitas de Luis León para montar al niño, las compras en la plaza de San Gonzalo, la Virgen de la Salud pasando por el Infanta Luisa, las compras de juguetes en la esquina de Santa Cecilia, las fotos de carnet en Gasán, mis sesiones de cine en el Corona Center y en los cines Chaplin, los paseos rápidos por López de Gomara, las tapas de Don Diego o de Salomón, los churros junto al hospital, todos los quioscos con todas las estampas, las confiterías de San Jacinto y de la calle Sánchez Arjona, la casa del pasillo largo y la casa primorosa y refulgente junto a la plaza. Un paraíso de amores. Los institutos, el primero y el último. Los alumnos, sus sonrisas. Las tiendas de casi todo. Las colas para el pan en Polvillo. Los paseos por la Ronda. Años y años de recorrer sus calles enrevesadas, sus espacios complejos, sus luces, sus vivencias. 


/Esquina de calle Castilla con Chapina. Foto Archivo personal/


/Puente del Cristo de la Expiración, con Torretriana y la torre Pelli. Foto Archivo personal/

Hay otras Trianas por ahí, más antiguas, más enraizadas, con más solera, con más renombre. Pero cada cual enhebra la suya y la lleva consigo sin hacer alharacas, sin jaleos, sencillamente. Con la simplicidad de lo cotidiano. No me habléis de bares o de fiestas, de Cofradías, de Hermandades, de celebraciones o de verbenas. Triana es, después de todo, una casa feliz en cuyo salón un padre y un hijo ven una serie de Jack Bauer, en tiempo real y sin que falte la emoción, mientras la madre lee un libro de Jane Austen. Una familia. Triana. Donde su recuerdo habita. Donde le lloramos. 

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