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Aquel amanecer en el cortijo...

 


Creo que nunca he escrito de mis días de cortijo. De mis tiempos de campo. El campo me ha producido siempre una enorme fascinación y también sus gentes. En muchos momentos ha estado en primer plano y otras veces se ha escondido, como si esperara el milagro de su reaparición. Es muy curioso esto, siendo de una ciudad marítima en la que el campo era solo el verdín que rodeaba los fuertes que se levantaron para detener a Napoleón. No me cae bien Napoleón, ni me gusta el personaje. Puestos a elegir, me quedo con los valientes que lucharon contra él y con las bombas que tiraban los fanfarrones. 

Entre paréntesis: la película sobre Napoleón de Ridley Scott no me ha gustado nada, nada, nada. Batallismos y claroscuros, ahí lo puedo resumir. Ni me gusta el tratamiento de los personajes, ni los actores. Me aburre muchísimo. 

Pero el campo, oh, el campo, tiene algo distinto a lo demás, una arquitectura diferente. Los hombres de mi vida han sido gente de campo. Los paseos por los olivos, con una vara lista para mover sus ramas sin romperse; o las visitas al embalse; o la huerta con las habas y los chícharos; o la tomatera que no paraba nunca de lanzar frutos rojos; o lo calientes que estaban los huevos recién cogidos y ese ruido persistente de las gallinas. En el cortijo de mi infancia, al que íbamos de visita como un acontecimiento extraordinario, había también otros territorios inexplorados que merecían la pena. Un panal, un huerto, unas palmeras, unos ánsares, un toril, la zona donde esquilaban las ovejas, la habitación de los quesos, el patio donde los trabajadores jugaban a las cartas de noche, el cuarto donde el maestro enseñaba a los niños sus lecciones itinerantes, el sitio donde se hacía el requesón, las escaleras doradas, el sol poniente, las verjas y, alrededor de todo, la naturaleza, el paisaje, campo, campo, campo. 



El campo tenía todas las trazas de ser el envoltorio de una forma de vida diferente. En el cortijo oía voces que hablaban de problemas desconocidos para la gente de ciudad y a veces llegaban chicos y chicas con aire despreocupado que celebraban allí fiestas movidos por la curiosidad de un ámbito que nunca entenderían. Pero los momentos más especiales siempre tenían que ver con las faenas y también con los sabores. La miel sobre las rebanadas de pan, los trozos de queso con una naranja desmenuzada, el requesón al lado de las moras o de las uvas pasas, la carne dorándose al fuego mientras los comensales esperaban impacientes, las jarras con la leche espesa de nata amarilla, los pavos que perdían la vida y luego se convertían en un plato del banquete. Otras imágenes son plásticas como si un fotógrafo, que existía y veía a veces inmortalizando todos aquellos ritos, las hubiera grabado para siempre. Los pavos reales, dos, una pareja, desplegaban sus plumas multicolores a la puerta del cortijo, debajo de las enormes palmeras, al abrigo de los ánsares que cuchicheaban de un lado a otro espantando a los niños. Pero los niños del campo nunca tienen miedo. 

La civilización, el mundo exterior, seguía existiendo, y por eso íbamos al cine en tractor y la pantalla estaba en medio de un enorme vacío, sin puertas y sin ventanas, solo aquel artilugio que lanzaba películas y al fondo la gente arracimada, cubierta con las rebecas o las mantas para las rodillas y los tractores a modo de columna, de ejército romano y silencioso. A la espera. El campo siempre es un mundo que está a la espera.

Otra nota al pie: el campo es fotogénico pero las imágenes no tienen nada que ver con la realidad. Las imágenes no captan el olor y el sonido, que son dos elementos fundamentales. 

El runruneo es una cosa que en el campo tiene su reino. Lo he percibido muchas veces. Ah, y los sabores del campo allí in situ, los botones y los vinagrillos. ¿Quién no ha comido vinagrillos de los que crecen junto a las salinas? Ahora resulta que son tóxicos o algo parecido porque contienen no sé qué sustancia. Desde hace algún tiempo casi todo está mal, casi todo es malo. 


Descubrí los olivos, el jaleo de su labranza, el olor de la aceituna machacada y la forma en que el suelo se curva para recibirlas. Los olivos, Jaén, sus carreteras, la hondonada cubierta de verde, verde, tan distinto del azul atlántico. Eso también es campo. Un mar de olivos. 


Las aceitunas son un manjar de dioses. Mi amiga Magdalena y yo nos íbamos a ver películas al cine San Fernando por la tarde y siempre nos llevábamos unas aceitunas y unos picos. Con eso merendábamos. Todavía como aceitunas casi cada día. Las del Aljarafe, que son también olorosas y de sabor muy fuerte. 


(Ilustraciones: pinturas de John Sargent Singer, impresionismo americano)

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