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Hermosa tecnología

 


(Foto: Uta Barth)

He tenido la suerte de estar veintidós años con una persona que sabía mucho de educación. En realidad, es la persona que más sabía de educación de todas las que he conocido y conozco todavía. Muchas veces pienso qué pensaría, si estuviera vivo, de esto y de aquello. El no tener respuesta a esas preguntas es muy difícil de sobrellevar, pues su luz era la mía y su perspectiva de las cosas no tenía tacha. Jamás se dejaba arrastrar por la corriente, llevaba su independencia intelectual de forma natural y nunca buscaba el cobijo del grupo para contemplar y contemplarse, sino que la soledad que propicia la reflexión y el pensamiento original fue una de sus compañeras. 

Sabía mucho de educación porque, además de su experiencia en todos los puestos de trabajo que en este sector existen, tenía una formación fastuosa, formada por lecturas e investigaciones que fueron pioneras en muchos aspectos y eso se notaba enseguida. Nunca le ocurría como a tanta otra gente, que se le ven enseguida las costuras y que repiten consignas una y otra vez porque no saben hacer otra cosa. Era todo lo contrario de un coach o de un gurú: era un hombre capaz que era consciente de sus dudas. 

Ninguno de los dos estábamos de acuerdo con los alarmistas de la enseñanza, esos que continuamente echan de menos tiempos pasados, olvidando que en ese pasado iban a la escuela cuatro gatos privilegiados y que el resto tenía que ponerse a trabajar a los nueve o diez años y que cada cual se apañe como pueda. Los críticos de los tiempos actuales, que llevan siéndolo por generaciones desde hace varias, siempre ponen el acento en lo que diferencia a esta juventud de la suya, considerándose ejemplos a seguir por no sé qué prurito y haciendo que lo de ahora parezca una mierda en comparación con su excelso paso por los años de formación. Da la sensación de que son discípulos directos de Aristóteles, de Santo Tomás de Aquino o de Kant, por poner un ejemplo. Y abominan de todo lo que consideran "nuevo" como mantra que los acoge a todos en un santo y seña desolador. Hay quien argumenta su experiencia para ello y hay quien no tiene experiencia pero también considera necesario dejarse oír. Son cansinos y estar a la contra se ha convertido para ellos en una verdadera religión. 

De las políticas educativas "progres" que comenzaron en los noventa, olvidando muchas veces el sentido común y la salvaguarda de lo que funcionaba bien, hemos aterrizado en esto de ahora, una enmienda a la totalidad basada en el catastrofismo y en el "no hay remedio". La víctima de la mayoría de las reprimendas es la castigada escuela pública, donde, al fin y al cabo, la mayoría de estos salvadores del pueblo ni siquiera han estudiado. Y así durante años y durante páginas. 

Hace unos años gané, junto con un colega de la especialidad de Tecnología, un premio educativo de renombre en Andalucía. Era un premio a la innovación y ahí estuvimos con una propuesta que titulamos "La casa inteligente" y que trataba de robótica educativa. Recuerdo los momentos de preparación del trabajo porque confrontamos con pasión y con algunas divergencias iniciales el punto de vista de dos profesionales de formación radicalmente distinta. Es cierto que nos unía el convencimiento de que los estudiantes merecen la mejor formación posible y que solo hay una vida escolar por lo que andar quejándose y dando de lado esa oportunidad era un desperdicio imperdonable. Mi colega y yo reflexionamos entonces sobre el papel de las tecnologías en la educación y, tanto él como yo, aprendimos mucho del otro. 

Hoy he vuelto a recordar a la persona que durante veintidós años compartió mi vida y al colega de Tecnología porque de nuevo y sin pausa los detractores de las nuevas tecnologías siguen empeñados en afirmar contundentemente que han producido las mayores desgracias en nuestra juventud y que la desatención que producen es irremediable y que no hay forma de que aprendan así y que...blablabla. No estoy de acuerdo. Los que denostan la tecnología me recuerdan a esos compañeros de profesión que en las sesiones de evaluación siempre dicen eso de "llevo treinta años haciendo esto y siempre me ha ido bien". Si alguien lleva treinta años haciendo lo mismo y piensa que sigue siendo válido quizá está ayuno de la condición esencial del enseñante, esto es, autoevaluarse a sí mismo continuamente. Los mejores profesores no son los que abominan de los adelantos técnicos sino los que saben integrarlos en su quehacer de forma que sean facilitadores del aprendizaje y nunca estorbos. Vamos a suprimir internet y vamos a suprimir el ordenador y vamos a volver a escribir en papiros. Vamos a decirle a Irene Vallejo: enséñanos a escribir en juncos. 

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