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Esa verdad


 Durante casi dos años estuvo viviendo en un vaivén que no sabía descifrar. Toda su vida giraba en torno al misterio. Y el misterio se organizaba en una sola frase: “¿Qué soy para él?” Esa frase era un tormento. Aparecía y desaparecía sin poderlo evitar. Una y otra vez. Como las olas que vuelven a la orilla, la arrasan y desaparecen. En ocasiones, la apariencia la llevaba al conformismo, incluso a una gota de felicidad bastante incierta. Pero la mayoría de los momentos eran turbios. Como si en una botella de cristal el agua se mezclara con una gota, solo una gota, de cemento, y convirtiera esa masa en algo viscoso y gris, sin limpieza, oscuro. 

La única verdad interior estaba en su sentimiento. Ella lo amaba. Era un amor sin condiciones. Sabía que él no merecía ser amado. Sabía que era egoísta, de proceder engañoso y que su egocentrismo superaba cualquier cálculo. Pero daba en pensar que la culpa no era suya, que todo se debía a una crianza imperfecta, a una niñez triste con una madre sobreprotectora. Esa sobreprotección la extendía él a sus hijos y los iba a convertir, si no lo eran ya, en personas incapaces de amar como él mismo. Un circulo angustioso de imposibilidad y de desdicha. 


Se encontró, apenas sin darse cuenta, vistiendo su vida de los colores que él presentía en la suya. Las mañanas eran alegres si recibía pronto su mensaje de buenos días. Las tardes se adornaban si él daba señales de vida en el teléfono. Si le pedía ayuda, ella dejaba todo por complacerle. Y, cuando el paso de las horas no le traía alguna noticia suya, se sentía desanimada, tensa y con un paisaje emocional agostado, yermo. Se notaba vacía sin él. Esa era la realidad y así tenía que aceptarla. 


El problema de los sentimientos es que no te dejan ver la realidad. Lo único que ves es tu propio corazón. Y el corazón ocupa todo el espacio, todo el tiempo. No hay razonamiento, ni hay dignidad, ni hay orgullo, ni hay amor propio. Ella había perdido todo eso hacía meses. Desde que un día, por casualidad y sin buscarlo, lo encontró, mejor, lo reencontró, en una red social y le pidió amistad. 


Esa fue una terrible equivocación. Ahora lo sabe. Entonces no fue consciente de ello, aunque quizá si, porque, si no, a qué tanto miedo, a qué tanta prevención…Le dio una alegría tan grande que él le respondiera casi de inmediato y afirmativamente que le envió un mensaje privado (el primero que mandaba en su vida) y le transmitió esta alegría. Él le contestó y ella sabe ahora, porque lo conoce, que no había verdadera felicidad ni reconocimiento en esa respuesta. Simplemente usaba sus técnicas de cultivo de relaciones sociales y personales. Un poco de alpiste para cada uno. 


Para ella fue un acontecimiento. Porque, aunque nadie lo sabía, porque aunque a nadie había hablado nunca de ello, él estaba en el fondo de su corazón desde hacía años. Desde que lo conoció. Incluso antes. Desde que encontraba en sus palabras un alma gemela que, ahora lo sabe, era un barniz falso, como una falsa moneda que se cae al suelo y ni siquiera tintinea, porque está hueca. 


Ahora que lo piensa, tuvo que darse cuenta entonces del escaso entusiasmo que él puso en ese reencuentro. En su respuesta no recordaba ni cuántos hijos tenía, no sabía nada de ella. Ella, que había desaparecido un par de años antes definitivamente, dejando de enviarle los mensajes intermitentes que usaba para contarle cosas…que a nadie más contaba. Después de esa desaparición él no movió un dedo para saber de ella. Podía haberse muerto y él no se habría enterado. Bueno, entonces él le mintió. Le dijo que la había buscado a través de algunos conocidos. Pero ella sabía que no era verdad…

 

Cuando ella le contó su enorme tragedia, la tragedia que había cambiado su vida hacía un año, él respondió con palabras de horror, pero, ella lo sabe en este instante porque lo conoce, ese horror tenía que ver con su propio miedo y no con ninguna clase de compasión hacia el hombre que no conocía y del que solo sabía que había muerto joven y de cáncer. 


Cuántas veces ha pensado ella que nunca debió haber abierto ese camino, que nunca debió haber buscado esa amistad. ¿Amistad? Esta es una palabra que requeriría otro significado. Otra conducta. A lo mejor él tenía, tiene, algún amigo. Pero ella no estaba en esa lista. Lo sabía. Aunque lo olvidaba de vez en cuando. Pero lo sabía en el fondo. Porque la intuición nunca engaña. Y ese pudor que ella tiene en dirigirse a él (nunca lo llama por teléfono, por ejemplo, ni aún en los días en que le gustaría escucharlo o contarle algo), significa que, en realidad, ella sabe que no es para él nada más que alguien a quien utiliza no sabe siquiera para qué. Esa es la pregunta recurrente: “¿Qué soy para él?” Hay respuestas que mejor no conocer. 


Las noches de ese primer verano compartiendo mensajes fueron más entretenidas para ella. Él era casi todo una zona de sombra y, de vez en cuando, había algún destello imperceptible. Estaba rodeado de una guardia pretoriana de hombres y mujeres, sobre todo mujeres, que alababan lo que hacía y que coqueteaban descaradamente con él. Le dedicaban adjetivos elogiosos y todas parecían compartir con él una clase de amistad íntima que a ella se le escapaba. Los hombres lanzaban sus redes de camaradería y él, por su parte, se dejaba querer o admirar, pero nunca ofrecía su verdadera cara. Ella intuía, porque no tenía datos suficientes para afirmarlo entonces, que él utilizaba todo aquello como un tablero de juego. La admiración le gustaba y también la posibilidad de que las mujeres que estaban a su alcance pudieran responder a sus movimientos de conquista en un momento dado. Era un conquistador que desplegaba sus redes. Pero lo hacía de tal manera que, lejos de resultar frívolo y superficial, jugaba a la trascendencia. 


Ella no sabe cómo se comportaba en el terreno del amor (hablamos de amor para entendernos, pero este es sentimiento que él nunca ha conocido), pero puede colegirlo de la forma en que con ella misma se portaba. Usaba un repertorio de palabras cariñosas: cielo, corazón, cherie, amor, princesa…Estaba segura de que todas las mujeres que las recibían pensaban que eran únicas, que se dirigía a ellas de manera especial. Pero era mentira. Todo se construía por medio de mentiras superpuestas unas a otras. No había nada de verdad en ello. 


Para que el edificio así construido no pudiera caerse, él cultivaba una especie de ocultación. Nadie sabía nada. Ni siquiera sabían lo que él mismo pensaba de ellas. Porque él nunca demostraba nada más que lo que le interesaba a sus fines. Nunca se expresaba con total claridad, nunca ofrecía su cara completa. Ser transparente es algo que nadie logra, pero su oscuridad era mayor que la de cualquiera. Y, sobre todo, mentía. La mentira cotidiana era su mejor terreno, el sitio en el que se movía con elegancia y con soltura. 


Los días y las noches de aquel primer verano estaban llenas de mensajes. En unos afirmaba que iban a verse para cenar a solas junto al río. Él hablaba de que iría vestido de azul, con una camisa de lino que le sentaba bien. Soltaba la frase, la invitación velada, y de ella nunca más se sabía. Ella no le recordaba nunca lo que prometía ni le preguntaba qué pasaba con aquello. Y él hablaba por hablar. En realidad, no escuchaba tampoco. Solo se oía a sí mismo. Y, cuando parecía que preguntaba, lo único que estaba haciendo era abonar el terreno. 


Se trataba de un individuo muy peligroso, pensó ella entonces. Porque era capaz de enamorarte y de convertirse en algo cercano, sin que en ningún momento él se sintiera atado por esa cercanía. Ella lo comprobó entonces, porque, ahora lo sabe, él nunca abrió siquiera mínimamente su corazón para ella, a pesar de que ella le hacía confidencias profundas que nunca antes había hecho a nadie. Además, ahora ella lo sabe, él ocultaba celosamente detalles de su vida que podían parecer nimios. Dónde vivía, cuál era su teléfono. Repartía graciosamente estas informaciones, haciendo exámenes a las personas para saber si eran merecedoras de ellas. Hoy, a estas alturas, todavía ella no ha merecido estar al otro lado de su whatsapp. Así es. 


Desde el momento en que entablaron esta relación, que no era de uno en uno, sino en medio de una red social ambigua y llena de peligros, ella comenzó a sentirse fea, despreciada, ninguneada e inferior. Y eso le creó una rabia interior difícil de contener. De vez en cuando salía a la luz sin remedio. Ella quería olvidarlo. Ese, junto al del amor, es el sentimiento más recurrente. Amar y olvidar. Las dos cosas estaban juntas, irremediablemente juntas. Quería dejar de amarlo, quería olvidarlo, no volver a oír su nombre, no contemplar el espectáculo de su exhibición amatoria con todas las mujeres que se ponían a tiro. 


(Pintura: Jack Vettriano)

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