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Preciosas telas y guantes de boxeo: Paul Gallico y la señora Harris

 


(Paul Gallico en su lugar de trabajo. Autor desconocido)

Hay veces en que la vida de los escritores es más apasionante incluso que los libros que escriben. Y eso que Paul Gallico tienen en su haber una novela del género de catástrofes que dio lugar a una película famosísima, que hizo furor en su época y sigue conservando ciertos valores, muy al estilo del cine de los años setenta. Se trata de La aventura del Poseidón que seguramente habrás podido ver en alguno de sus pases televisivos. Esa faceta de novelista se combinó con la de periodista deportivo, guionista y escritor de literatura infantil. Hasta organizó un concurso en el que el premio eran unos guantes de boxeo. No fue esa la única película inspirada en un texto suyo. Su relato The Man Who Hated People (1950), se convirtió en un libro llamado Love of Seven Dolls (1954) y dio lugar a la película Lili (1953) y al musical Carnival (1961). 

Gallico, nacido en Nueva York en 1897,  se había graduado en la universidad de Columbia antes de trabajar como periodista deportivo para The New York Daily News. Pero, a finales de los años 30 dejó el periodismo para dedicarse a escribir relatos breves y cuentos para niños. Así estuvo veinte años hasta que llegó su gran éxito. 

Para mí, sin embargo, Paul Gallico es el autor de dos de los libros más encantadores que leerse puedan. Dos libros publicados por la editorial Alba, en su colección Rara Avis, que destilan una ternura especial y que no parecen ser propios de la creación de un tipo como Gallico, tan amante del boxeo, por otro lado. Pero así es. Y precisamente esos libros fueron los que le dieron el éxito mayor de su carrera. Gallico murió en Mónaco en 1976, después de publicar algunos libros infantiles y conocer el éxito y después de una ajetreada vida personal en la que hubo hasta cuatro matrimonios. 


Los dos libros tienen la misma protagonista. Se trata de la señora Harris que ejerce la muy noble profesión de señora de la limpieza en Inglaterra. Las señoras de la limpieza son una institución en ese país. Si tienes una buena casa y una vida social aceptable, el tener una señora de la limpieza que te solucione las papeletas diarias será cosa admirable. Y no hablamos de amas de llaves, doncellas de primera ni cocineras cordón bleu, sino de auténticas dueñas de la fregona, el cepillo, la escoba y el cubo, que lo dejan todo como los chorros del oro, limpian los cristales, dejan las mesas del salón brillantes, lucen la plata, arreglan las estanterías y todas esas tareas que nos pueden parecer innobles hasta que Lucia Berlin las convierte en libro. 

La editorial Alba solo ha traducido el primer libro, Flores para la señora Harris, y el siguiente que es una secuela con el mismo personaje, La señora Harris en Nueva York. Pero quedan dos más sin traducir: Mrs. Harris, M. P. (1965) y Mrs. Harris Goes to Moscow (1974). 


Miremos a la señora Harris. Viuda de cierta edad, limpiadora en casas de la alta sociedad londinense, un día al pasar el trapo del polvo por los armarios de una de sus clientas, observa con admiración cómo hay colgados, entre otros maravillosos vestidos, nada menos que dos modelos de Christian Dior. El amor surge de inmediato. Las texturas, el corte, el acabado, el detalle, la suavidad, el estilo, la belleza de los vestidos irrumpe en ella como nada lo había hecho antes. Siendo una mujer práctica que no se hace ilusiones con respecto a lo que puede esperar de la vida, no puede resistirse a ese enamoramiento fulminante, como si se hubiera encontrado, en un parque en primavera, al doble de Cary Grant vestido de traje y con un elegante gabardina para las lluvias presurosas. 


Las peripecias para poder conseguir el dinero necesario para viajar a París y visitar la casa Dior y, además, adquirir uno de esos vestidos, ocuparán durante muchos meses la vida y la imaginación y el pensamiento de la señora Harris. ¡Oh, la ilusión, esa fuerza irresistible que te hace levantarte y dejar atrás la pereza, dejar atrás el dolor de cabeza, darte una ducha rápida y buscar en el armario una de esas chaquetas rojas que te sientan tan bien para cruzar la ciudad e ir en busca de lo que te ilusiona! 

Así se siente Harris y así lo comparte con su compañera de trabajo, la señora Butterfield

La primera intención a la hora de buscar dinero para su sueño fue jugar a las apuestas deportivas y tuvo suerte porque ganó cien libras. Pero pronto comprendió que aquello era un callejón sin salida y optó por lo que mejor sabía: ahorrar. Suprimir el cine, suprimir el té con dulces, suprimir las revistas ilustradas, suprimir todo lo que no fuera exactamente lo justo. Así lo hizo durante dos años. Eso es querer de verdad, eso es ansiar algo con todas las fuerzas. Las telas de Dior la llamaban a lo lejos y soñaba con ellas y con pasar sus manos cansadas por el delicada superficie de esos percheros cargados de bellezas. 



El milagro se hizo realidad. Y la señora Harris, pertrechada de un bonito aunque barato sombrero nuevo, llegó a Chez Dior y allí la aventura se vuelve todavía más insensata quizás, o más emocionante, o más llena de peripecias, porque aparecen nuevos personajes que ella nunca pensaría conocer. Y, aunque os parezca raro, la intervención de la señora Harris fue providencial para muchas cosas. Dejo en el aire si consiguió o no su vestido, por si os apetece buscar el libro y leerlo. Pero de un carácter tan tozudo y formal como el suyo cabría esperar que lograra sus objetivos. 


La obstinación de la señora Harris, su carácter y su perseverancia, así como la buena amistad con su colega, la señora Butterfield, una especie de compinche muy cualificada, continúan aquí pero esta vez realizando lo que se llama una buena acción. No se trata de cumplir un sueño, o un capricho, depende de cómo se mire, sino de ayudar a alguien que lo necesita. Y esas son palabras mayores, por lo que Gallico añade al espíritu deportivo de la señora Harris, sus ansias de luchar y de seguir adelante sin cortapisas, un elemento más que le da a la trama mayor sentimentalismo y quizá menos humor. 

Salvar a un niño maltratado, ahí es nada, es la nueva misión de las amigas. Acogido por una familia que lo trata mal, nada se sabe de sus verdaderos padres, que han desaparecido. Las investigaciones las van a acercar a la historia de George Brown, un soldado de Alabama, a quien las dos señores deciden buscar, no sin antes burlar la ley pues se llevan al niño sin permiso de la atroz familia, que, por otra parte, tampoco le hacían caso alguno, y de cruzar el Atlántico en un barco que llegue a Nueva York. Este es un cuento de hadas con menos telas y más lágrimas. Esto es "La señora Harris en Nueva York". 



Para ir a París en el primer libro, la señora Harris necesitó un buen sombrero y un viaje en avión. Para ir a Nueva York lo que precisa es una alegre travesía en barco que da lugar a múltiples aventuras, encuentros y conocimientos diversos. Las clases sociales, de las que habla el autor con ironía, se manifiestan de maravilla en uno de esos grandes transatlánticos, en los que hay compartimentos de lujo, cubiertas con hamacas, fiestas llenas de joyas y de vestidos de marca (así viajaban las grandes damas entonces, antes del tiempo de Instagram) y hombres elegantes con pajarita. Tomar un cóctel, beber una copa, danzar al compás de la orquesta, cenar delicatessen, todo eso es posible si viajes en primera clase. Pero, conforme la clase va bajando, también las oportunidades de disfrutar, aunque claro, siempre te quedarán las noches de luna y su amable contemplación.

¡Cuánto puede dar de sí un viaje en barco, por breve que sea! En uno de esos viajes dejé atrás mi camarote  y me lancé a pasar toda la noche en cubierta, solo con un débil manta sustraída sin permiso y con el calor humano de aquel chico alto y de ojos grises. Conozco tan bien lo que una travesía en barco da de sí que entiendo a la señora Harris y su atónita perplejidad. 


 En un momento dado, las amigas Ada Harris y Violet Butterfield, terminarán disfrutando de la vida en Nueva York: "El encanto del inicio del verano en Nueva York, en mayo y junio, cuando las jóvenes salen con ligeros vestidos estivales, los parque están llenos de flores y el cielo luce despejado y soleado, dio paso a la tórrida e incómoda humedad y a las olas de calor de julio".

Cuando consiguen encontrar una buena familia para el niño Henry, reciben la propuesta de esos nuevos padres para que se queden allí en Nueva York, con ellos y el niño, que a estas alturas las adora a las dos. Pero entonces ellas dan muestra de su carácter y su resolución. No quieren quedarse en una ciudad que les gusta pero que no es la suya. Quieren volver a Londres, a sus casas humildes, a sus sesiones de cine, a su té con dulces y a su trabajo por horas. Esa es la vida que tienen, que echan de menos y que les corresponde. Sensatez. 

De modo que el Queen Elizabeth será el barco que las devolverá a sus vidas de siempre. 
¡Qué bien volver a casa! le dice Ada Harris a Violet cuando el barco comienza a surcar las verdes aguas. 



(Imágenes: excepto la foto de Paul Gallico, todas las demás son de mi archivo personal)

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