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Paisaje desde una ventana azul


 Los libros que lees se aparecen ante ti como una larga hilera de soldados en formación. A veces están descansando, entonces los pierdes de vista, se van a tomar un café por ahí o quizá trasnochan y no les ves el pelo. Olvidas sus títulos y sus autores, pero una leve ráfaga de viento vuelve a ponerlos de actualidad, vuelve a acercarlos a ti. Te asomas y los encuentras. Tienen mucho que ver entre sí o quizás nada. Los has leído en muchos momentos de tu vida y algunas, los que dejaron su huella, los has releído y siguen en primera fila de las estanterías. Esas estanterías llenas de libros podrían resumir muchas etapas y también hablar de frustraciones y dichas. Ahora se unen a ellas las imágenes de los ebooks que guardas en el ordenador o el iPad, libros también pero, no sabes por qué, un poco menos soldados, más artesanos, más sencillos. 

No recuerdas otro paisaje. Los regalos de cumpleaños, los del día de Reyes, los regalos de amigos especiales, los regalos de gente que no te conoce apenas, todos ellos eran libros. Están por ahí todavía, en su sitio, quizá en la cuarta fila, salvo los definitivos, los que no se escaparon de aquellas miradas de entonces. Está presente D. H. Lawrence como el transgresor, con sus libros que tenías que forrar de papel de colores para que no se vieran sus asombrosos títulos. No puede hablarse de amante ni de amores cuando tienes doce años y por los lees con una cierta sensación de clandestinidad. Sí, esa es una sensación muy cierta en la lectura. No hay lectura sosegada cuando el libro levanta las pasiones y abre las compuertas. Te escondes en la azotea, en el baño, en cualquier sitio, aún lo haces y compruebas, todavía, que nadie te persigue pero que tú te sientes observada porque estás leyendo un libro de mayores. Mejor encontrarte resguardada del viento de levante leyendo a Mark Twain y riendo con la tía Polly y con la pintura de la valla (ja,ja,ja,ja) ¿cómo es posible que me siga haciendo la misma gracia que entonces?. Y las novelas de Agatha Christie, de lectura comentada siempre, salvo el final, el asesino. Si a alguien se le escapa quién es el asesino acabará proscrito del grupo de lectura que forman las niñas que se esconden en cualquier lugar de la casa para leer. No hay, en tus lecturas, libros románticos a pesar de que andan por la casa. Ni libros especiales "de niñas", que también los hay. El Principito es una carga que toda la familia soporta y que conlleva la cruz de tener que soportar la rosa para siempre. Y están por ahí los Diálogos de Platón, inopinadamente, y libros de teatro, Casa de muñecas, sobre todo, que alguien compró y que pasó de mano en mano. 

El regalo de las obras de Shakespeare abrió el tiempo de los clásicos y entonces aprendiste a recitar poesía. Toda la poesía y solo había libros de poesía en ese tiempo por la casa, colocados ordenadamente en el librero blanco, el que tenía los libros nuevos y por leer. Recitamos poesía moviendo las manos, haciendo gestos y empezamos también a leer biografías, historias de gente de verdad, historias que sucedieron y cuyos héroes no nos dejan indiferentes. Muchas biografías. Dashiell Hammett es un tipo interesante y también te gusta ella, Lillian, de quien lees libros y aprecias guiones, porque son fuertes, distintos, efervescentes casi. Anaïs Nin, con sus diarios. Ana María Matute. Otra vez los poetas, Altolaguirre, Alberti, Machado, Cernuda, Salinas, Walt Whitman, Miguel Hernández...todos. 

En los paréntesis de la vida los libros toman formas animadas, se convierten en interlocutores, seres que te cuentan cosas y que te dan ideas. Sin ellos, esos periodos tendrían el sabor amargo de la pena o de la soledad o de la nada. La nada es aún peor que todo, una especie de desistimiento que te atrapa. Y cuesta salir de ella pero los libros son imanes, imanes que tiran de ti con una fuerza inusitada. En un momento de tránsito llegó Jane Austen. Sus libros fueron la revelación de que hay historias que deben ser contadas, de que no se necesita mucho más salvo imaginación y verdad. Todos los libros de Jane Austen son el fondo de armario sobre el que se sustenta la palabra, como si fuera un rescoldo que no se apaga nunca. 

Por eso surgieron muchas otras después de ella. Nombres que sería imposible reproducir una a una, pero que me dijeron que las mujeres que escriben son tantas y tan buenas que parece mentira no haberlas descubierto antes. Desde una ventana azul observo las palabras, los relatos, las historias, los cuentos, las novelas. Los personajes se mueven y saludan. La gente es tan diversa como en la vida. Los desenlaces tan trágicos y tiernos. Eso es la escritura. Una montaña que se sube con esfuerzo a veces y con gozo en otras ocasiones. Un paisaje que te acompaña, incluso cuando el libro está cerrado. 


(Ilustraciones: Ventanas de Henri Matisse) 

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