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Mientras asoma el alba

  


  Cuando yo tenía dieciséis años pasé un verano en Ronda. Puede parecer que Ronda no es el mejor sitio para pasar el verano. No hay playa y hace mucho calor. Pero si vives todo el año junto al mar puedes permitirte esas licencias. Y Ronda tenía un aire romántico que me llamaba. No contaré las circunstancias de aquella estancia, sería cosa que no importaría a nadie. Pero sí algunas de las sensaciones que experimenté el tiempo que estuve allí. Luego he vuelto, claro está, en muchas ocasiones, pero el sabor de aquel verano nunca más volvió a aparecerse, seguramente porque nunca más he tenido dieciséis años. 

   Recuerdo la soledad. Mi casa familiar, tan llena de gente a todas horas, impedía el mínimo sosiego. No había forma de estar ni siquiera un rato aislada, sin voces y sin charlas. Todo el tiempo te encontrabas rodeada de familia. Pero cuando comencé a pasear por Ronda me percaté de lo agradable que era el silencio y de lo bien que se estaba sola. No lo sabía, no lo supe hasta ese momento. Las calles de Ronda son ásperas para el paseo, porque tienen un empedrado molesto y porque hay cuestas y esquinas que te desconciertan. El misterio que las envuelve a veces te puede hacer dudar de hacia donde dirigirte y también hay luces que cambian, un sol que te rodea y unas sombras que parecen seguirte. Es una ciudad donde la magia está siempre presente. 

  Me levantaba temprano, salía a la calle y podía estar deambulando toda la mañana. No tenía más obligaciones que esa. Deambular es la forma más útil de aprovechar un paseo. Sin rumbo fijo, sin horario, sin compañía, sin cortapisas. Subía, bajaba, entraba y salía, visitaba iglesias, me asomaba al zaguán de algunas casas que tenían el portón abierto, recorría las orillas del tajo y me adentraba en su vista, tan profunda, que daba tanto susto y tanta prevención. El tajo corta a Ronda por la mitad como una herida, una profunda herida que no supura, que está ya amortizada con el paso del tiempo, pero que no deja de recordarte que existe. No se puede pasar de una Ronda a otra si no cruzas esos extraños vericuetos, esa distancia abismal entre el pasado y el presente. Cada lado del tajo es un mundo diferente, una historia ajena y una forma de vivir que no tiene comparación. En cada lado la vida tiene un latido y una proporción, a veces absurda, a veces imponente. 

   Alguna vez me perdía. Comenzaba a andar y se escapaban la noción del tiempo y también la orientación. Tenía que preguntar a alguien y, en ocasiones, ni siquiera sabía qué quería preguntar, adónde quería ir. Los paisanos me miraban extrañados mientras seguían con su tarea, algunas cosas artesanales que se hacían en la calle, cayera el sol que cayera. Entonces yo vestía sandalias y llevaba unos vestidos que había cosido mi madre. Uno blanco con cuadritos azules, otro malva con flores como el mar, otro con pequeños lunares agrisados, uno de rayas blancas y verdes, uno turquesa con el cuello blanco, uno rojo con lazos en los hombros...Las niñas de dieciséis años usan vestidos que nadie más se pone. Esas telas aladas recuerdan la muselina de las novelas del siglo XVIII y su transparencia conduce al mar. Por eso resultaba un anacronismo incomprensible en las calles de Ronda. Y también los sombreros. Varios de ellos, de colores, el azul, el beige con una pequeña flor, el que venía de Panamá...Una muchacha con vestido que volaba en el aire y llevaba un sombrero y unas gafas de sol. Mucha gente pensaba que podía ser extranjera y quizá lo era, porque pisaba un territorio extraño, porque me movía sola entre los grupos, porque quería descubrir un tesoro que nadie más conociera y porque intuía que, en un momento dado, iba a ocurrir algo único, trascendente y especial. 

            Y ocurrió.


(Título tomado de un poema de Eloy Sánchez Rosillo en "La rama verde") 

Fotografías: William Eggleston

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