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Esta mañana, amor, tenemos treinta años


Una vez tuvo un amor prohibido. Prohibidísimo. Mirado por todas las partes posibles era un absoluto desastre. Ganas de buscarse problemas. Pero era por la tarde, un septiembre, caía todavía un dorado resplandor sobre la plaza, los parterres brillaban, y allá, a lo lejos, apareció él con su pantalón vaquero y una camisa blanca que llevaba, como diría Corín, arremangada hasta el codo. Nunca se había visto en otra, aquello era una visión inenarrable. Ninguna de sus amigas la creería, ni siquiera Marta, que era tan fantasiosa y veía caballeros andantes en cualquier semáforo. Eso era, precisamente, lo que la separaba en ese momento del hombre de la camisa blanca, un semáforo en rojo, justo en la esquina, al lado de la terraza en la que ella esperaba, sentada en una silla de mimbre, con las piernas cruzadas y una falda de punto muy estrecha y muy corta. Tenía unas piernas preciosas. 


Los días de aquel amor no duraron mucho. No podían durar. Era una extrañeza en todos los sentidos. Una clase de hombre de esos que hay que tomar a pequeñas gotas, porque te dejan exhausta, sin ganas de discutir, sin ganas de continuar. Pero, cuando se producían los momentos del encuentro, como en esa tarde en la plaza, todo tenía una vivacidad tremenda, una fuerza terrible. Aquello era estar viva por todos los conceptos. Por eso le parecía que aquel amor tenía que acabar pronto, porque nadie puede soportar vivir en un alambre de ilusionista mucho tiempo. Si los detalles se conservaran en la memoria sin merma, entonces podría relatar lo que hubo, pero no es así, solo quedan algunos olores, algunas visiones, algunas pequeñas anécdotas que no son lo sustancial, pero que terminan siéndolo. La camisa blanca que se veía a lo lejos, el paso del hombre a través del semáforo, los coches que se paraban, la mirada de ella pensando, oh, Dios, es él, al fin. Siempre llegaba temprano a las citas y eso le producía un extraño pudor. Pero en ese momento se alegró de estar sentada en la silla de mimbre, de esas que se abren en el respaldo como un pavo real, porque le permitió observarlo desde que salió del coche y se dirigió, con las llaves en la mano y paso firme, al sitio en que se hallaba ella, esperando, algo que sabía hacer muy bien, quizá porque lo había practicado toda la vida. 


No deberían perderse los aromas. Está segura de que él olía muy bien. Tenía el cabello agrisado aunque era muy joven. Lo peinaba hacia atrás y se movía cuando caminaba, una especie de rizos rebeldes, algo muy peliculero que a ella le gustaba. Y las manos, esas manos difusas, abiertas, listas para el abrazo. Ella puso esperanza en sus manos y creyó que agarrarían el mundo con tanta fuerza que desaparecerían los inconvenientes y las dudas. La otra parte de la historia no interesa. No interesa el final, no interesan los llantos ni los malentendidos. Baste saber cómo vibraba la tarde de septiembre, cómo el sol se ocultó, cómo las palabras rodaron entre ambos a modo de dulce gasa que todo lo cubría, cómo ella llevaba en la mano un coqueto bolso rosa que cayó una vez al suelo y que le permitió observarlo más de cerca. Baste saber que las cosas, cuando el tiempo les borra el mal sabor, quedan siempre de modo inmaculado, limpio, perfecto, completo de certezas, únicas en su tiempo, en su feroz asombro. 


No fue amor. Pero se pareció mucho.


(Título de la entrada: me permitirá Rafael Alberti que le estropee un verso) 

(Imágenes: Irving Penn)

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