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Mi propia habitación


(Virginia Stewart fotografiada por Louise Dahl-Wolfe en 1948)

Fue leyendo "Una habitación propia" cuando lo pensé. No sentada a la orilla de un río, aunque ella sí lo estaba. Virginia estaba sentada a la orilla de un río y hablaba de peces y de pesca, no sé ahora mismo por qué. Quizá tenía mucho que ver con su disertación o su mente vagaba por esa imagen que había retenido en la cabeza de la última vez que se sentó junto a un río. Intuí entonces que esa visión podía ser inexistente, y que yo, en realidad, jamás había estado sentada a la orilla de un río. Quiero decir, realmente en la orilla, en el suelo, en una especie de arena o de tierra o de margen cubierto de hojas, qué sé yo. El río de la ciudad que conozco no tiene nada que ver con un verdadero río cuando discurre por el campo, por su curso, esos conceptos geográficos que aprendí y que, tengo que reconocer, me gustaban mucho. Caudal, curso, cauce, márgenes, desembocadura, estuarios...Estas son las palabras que fui recordando al hilo de la narración de Virginia. Y también algo de pesca. Una vez fui a pescar con unos amigos y ellos pretendían que el chico que iba soltero y sin pareja y yo misma nos hiciéramos "algo más", en tanto la paciencia porque picaran los bichos iba creciendo. Pero no sucedió nada. Era más divertido esperar a los peces que escuchar a aquel muchacho, del que no recuerdo ni el nombre ni la graduación. 

De modo que Virginia comenzaba su conferencia sobre la necesidad, la imperiosa necesidad, de que una mujer que quisiera escribir novelas (dijo novelas, no ensayo, ni traducciones, ni poesía) poseyera un cuarto propio y dinero. El dinero en el tiempo de Virginia podría traducirse en, al menos, unas cincuenta libras al año. Ahora no podría cuantificarlo. Sería complicado. Ahora podría decirse que tuviera un sueldo decente, aunque un sueldo decente trae aparejado un trabajo y el trabajo te quita tiempo para escribir. Un galimatías de difícil encaje. Pero no era eso. Ella, al tiempo que explicaba de qué forma había llegado a esa conclusión para su conferencia (en realidad adelantó la conclusión al principio y luego intentó recorrer el camino seguido hasta llegar allí) se remontaba al río, a los sauces llorones que lo rodeaban y que abrazaban la vereda y, en general, a la naturaleza que podía ver directamente o a través de alguna ventana, quizá de esa misma habitación que todas las escritoras de novela debían poseer. 

Envidié por un momento el paisaje que había logrado que Virginia pensara esas cosas y concluyera con esa afirmación tan rotunda. Ella nunca se planteó que quizá ese paisaje tuviera un papel en todo aquello pero yo le concedí un protagonismo singular. Ahora es posible tener una habitación propia, por muy pequeña que sea, o un trozo de habitación, una esquina, pero sentarse a orillas de un río es un lujo inapropiado e inalcanzable. De qué forma podríamos contemplar el mudar de las hojas, la caída del otoño o la llegada de una primavera que, además de alergias, trajera prímulas, amapolas, margaritas silvestres y toda esa clase de plantas que conocen los ingleses como la palma de su mano?. 

Como sucede cuando algo se lee por enésima vez y cuando se descubre en esa lectura un pequeño detalle que te había pasado desapercibido en una y otra ocasión, entonces quise entrever una posibilidad que explicara cómo las palabras seguían flotando en mi cabeza sin llegar a posarse nunca o casi nunca en el folio, o en el ordenador. Cómo era posible que mi habitación propia (sin exagerar) ni mi dinero (tampoco exageremos aquí) no me hubiera permitido que esas novelas vieran la luz o, al menos, fueran escritas? Deseché la falta de talento porque sería demasiado sencillo echarle la culpa a la naturaleza y, en este caso, sería también injusto. Es más, la naturaleza estaría sumamente enfadada conmigo porque he desperdiciado casi todo lo que me legó sin pedir nada a cambio. No. La razón estaba en otra cosa. La razón estaba en un motivo de distracción que lo había echado todo a rodar. No pude resistirme a este pensamiento y he tenido que ponerlo por escrito aquí, ya que no soy una articulista famosa que tiene un medio donde escribir, ni tampoco una sensacional pensadora de esas a las que hacen entrevistas y muestran al mundo hasta sus menores ideas. No. En un sitio como este, un blog particular, al que se asoma tan poquísima gente, aquí, he tenido que resolver la cuestión de por qué si tengo talento, si soy una buena escritora (no diré excelente, pero sí buena), si hay dinero suficiente y una habitación propia, sigo sin lanzar al mundo lo que escribo y, lo que es peor, sigo sin completar ninguna novela, nada que merezca la pena ser leído. 

Virginia junto al río me dio la solución. Han sido ellos. Los hombres. Todos los hombres a los que amé, los que me quisieron y los que me rechazaron. Todos esos hombres consumieron mi energía, convirtieron mis lágrimas en desaliento y mi vida cotidiana en un cachivache sin uso. Todos esos hombres tiraron de las palabras que estaban en mi cabeza hasta romperlas, como un papel que se usa para limpiar la encimera de la cocina y yo, entonces, asustada de tener que luchar por algo en lo que no sé si creer, me dejé vencer a la primera. El tiempo de sufrir fue nada productivo, el tiempo de gozar tampoco creó nada. Daría igual si el río que frecuento tuviera verdaderas orillas. Hay una voz dentro de mí que no me  ha reclamado cumplir con lo que debía. Y está en silencio. Es la voz culpable. 

Comentarios

Miriam ha dicho que…
¡Me he quedado de piedra!
Y lo primero que se me viene a la cabeza es que nunca es tarde, aunque sea una frase hecha, un lugar común.

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