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Cucarachas


(Fotografía de Bruce Davidson)

Una vez tuve una cita la mar de interesante. Tenía todos los condimentos para resultar uno de esos encuentros sobre los que una escribe en su diario, con letras cursivas y con muchas exclamaciones. Muchos oh, ah y guauuuu. Era bastante lejos pero me tomé mi tiempo y mi tren. Me puse un vestido rojo que solamente llevo en ocasiones especiales (esta lo era) e incluso unas sandalias muy altas. Tuve la tentación de guardar las sandalias en una mochila y ponérmelas al llegar, pero me pareció horroroso, porque no encajaban mi vestido elegante y mi cluch color champán con una mochila de Adidas. Así que aguanté todo el tiempo las sandalias, que eran de una de esas marcas que se anuncian en Internet con unas chicas de pies perfectos que parecen volar. Cuando te las colocas, observas que el dedo gordo empieza a quejarse y cuando te las quitas todos los dedos cantan al unísono una canción que no podrás olvidar: Ay, ay, ay, quítame esto de encima para siempre...O algo así. 

El caso es que yo iba bastante animosa. Y eso que era verano y hacía un calor horrible. De esos días de calor en los que el cielo está gris, porque hay una calma pegajosa como la que se ve en las películas. Creo que yo misma pensé que estaba dentro de una película y que alguien iba a aparecer para decir "!!!Corten!!!" en el momento más inoportuno. Una película con Sidney Poitier, en plan policía de esos que van súper bien vestidos, con trajes de marca. O con un intocable como Kevin Costner, buenísimo en todos los aspectos. Pero el andén estaba vacío y las calles vacías, así que las cámaras debían ser como las de Supervivientes, en plan oculto a ver si pillo a la Pantoja en un momento celestial. Nadie se atrevió a coger ese tren en ese sitio y me imagino que nadie andaría por la calle con esa temperatura. Solamente yo, mi vestido rojo, mi cluch color champán, mis imposibles sandalias y un libro para distraerme. El libro era de una de las escritoras inglesas que suelo leer y resultaba bastante refrescante porque trataba de suaves amaneceres en campiñas inglesas libres de turistas y también de confortables salones con sofás de flores y tazas de té muy frío. Cuando comparaba la situación de la protagonista con la mía me dio la impresión de que quizá no había escogido el libro adecuado. Hubiera sido más propio elegir "El conde de Montecristo" o "Los miserables" por ir en la misma onda de situaciones climáticas desfavorables. Pero pesaban mucho y, además, yo soy muy optimista. 

Llegar a la ciudad de la cita fue emocionante. Seguía el calor pero, como era un sitio de playa, aquí estaba acompañado por el viento. No era un viento tipo "suave brisa que mece tus cabellos" sino un viento infernal, uno de esos vendavales que más bien deberían llamarse "ventoleras". Dudé de mi peinado y de si no habría debido usar laca (lo cual es problemático porque no tengo laca en casa y no creo siquiera que eso se venda todavía) pero la perspectiva del encuentro sirvió para que todo esto fuera papel mojado. Nada iba a detenerme en mi ansia de romanticismo a la carta. Así que llegué al local donde había quedado con mi desconocido, mi amigo virtual o como queráis llamarlo, y resultó ser una coqueta terraza, cerca del mar, con unos farolillos japoneses colgados de cañas pintadas de blanco, a modo de iluminación, apagados porque era solo por la tarde, desde luego, y unas camareras muy enjutas, de esas del tipo "soy una rubia cañón y a ver qué pasa con eso". Nada que decir, queridas. 

Mi citante se retrasó una media hora. Si yo fuera una persona de autoestima alta me habría enfadado al ver qué pocos modales se gastaba. Incluso hubiera llegado a pensar que debería haber ido a recogerme a la estación. Hay hombres que son así de atentos. Pero como tengo una inseguridad bastante acentuada, me conformé con que llegara y con que no me preguntara cómo había sido el viaje, ni qué quería tomar, ni cómo estaba, ni siquiera con que no soltara ni un leve piropo, con su poquito de falsedad incluida. Nada. El individuo (ahora le llamo así, una vez comprobado que de príncipe azul solo tenía el color de la camisa), una vez hubo llegado a la mesa y antes de sentarse, vio, con ojo de lince, a pesar de que tenía unas horribles gafas de miope (no se parecía en nada a la foto de perfil, tendría que haberle pedido la hoja de reclamaciones) que en torno al suelo de la mesa había una elegante cucaracha, de notables proporciones, acompañada de otras amigas de menor tamaño pero con las mismas intenciones de no marcharse de allí ni con TNT. ¿ O era DDT?. El caso es que resopló, juró, perjuró, soltó unas cuántas interjecciones peligrosamente juntas, se tiró del pelo en gesto de cabreo, movió la mesa con cierta dosis de rabia y posó (es un decir) una de las patas de la misma sobre uno de mis pies. Aclaro que todo esto lo hizo el individuo, no la cucaracha. Ni que decir tiene que mi interés en ser una señorita de provincias cuajada de modales palaciegos se vio tristemente mermado por este ataque intempestivo. Lancé un "!!!Joder, qué coño haces...!!!" que todavía sigue sonando en mi cabeza. El tipo se alejó por dónde había venido y yo, ahora sí, esperé al siguiente tren con la tranquilidad del deber cumplido. 


(Fotografía de Fred Herzog) 

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