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Hojas caducas


El espacio dorado de la playa, el sol poniente, la sombrilla, la falda airosa, la blusa que se mueve con el viento. Los ojos llorosos que se llenan de un deseo insatisfecho. Un juego prohibido que termina mal. Unas manos que ansían la caricia que no es posible obtener sin perderlo todo. Una traición, quizá. Una búsqueda. Un sentimiento que no cabe en el corazón, que va más allá. El miedo, ese compañero molesto e invisible. El deber. La lucha. La conquista. Todo. 

La hija de Ryan es la historia de una elección. Se colocan en dos recipientes de cristal los ingredientes. En uno de ellos, la tranquila serenidad de un esposo maduro, la protección del hogar, la aquiescencia con las mentes biempensantes y el respeto a la tradición de tu propio pueblo. En el otro, un recipiente quizá más tumultuoso, más movido, en el que afloran las contradicciones y el asombro, está la pasión no vivida, el fervoroso abrazo de los cuerpos, la vida que se escapa, el amor en su cumbre más alta, la afirmación de uno mismo frente a la multitud. 

Demasiado peso para alguien que tiene veinte años. Que vive una existencia anodina en un mundo convulso. Nadie elige el tiempo en el que nace. Ni la familia, ni los padres, ni el lugar. Nacer es un acto arbitrario y la naturaleza reparte y quita dones de una forma tan caprichosa que debería existir un libro de reclamaciones. 


La película enfrenta dos realidades: la física, con un entorno natural lleno de dureza y hermosura y la emocional, con personajes que viven en una dualidad permanente. El telón de fondo no podía ser otro que la guerra, ese estado convulso donde todo lo malo es posible, donde todo lo bueno tiene cabida. 

Irlanda es un polvorín. En los años de la Primera Guerra Mundial la reacción contra el poder inglés es una constante. En ese espacio cualquiera puede ser un traidor.  A ese mundo de subterfugios y disimulos regresa Charles Shaughnessy, un maestro de escuela viudo, que hace nacer en la joven Rossie el sueño imaginado de una vida mejor, menos mísera. La diferencia de edad entre ambos no debiera ser motivo de fracaso, pero hay otras diferencias más profundas aunque menos evidentes. Charles busca la tranquilidad, donde ella ansía vivir sobre un volcán con lava derramada. 

El fuego de la pasión es el caldo de cultivo de los sueños y su imagen, para Rossie, es la del Mayor Dorian, un inglés que representa la dulzura, la tragedia, la emoción que a la vida de la hija del tabernero le ha faltado siempre. Dorian conduce a Rossie al borde del abismo, pero es un abismo del que no puede nadie sustraerse, si no quiere reconocer que ha perdido la vida, el tiempo, todo. 

¿Hasta qué punto es posible escapar al destino? ¿A ese destino que te conduce directamente a perderlo todo? El mar, la playa suntuosa, el paisaje, es aquí el trasunto de las vidas. Estas no son de una pieza, sino que tienen aristas, tienen dobleces, tienen interiores que no pueden contarse al exterior, que no pueden abrirse. Visillos velados que cubren las ventanas de las casas en las que todo ocurre sin que nada resuelva el anhelo que solo la arena de la playa o la espesa capa de verdor del bosque logrará convertir en un triunfo. 

Rossie sueña con encontrar en un hombre la respuesta a sus preguntas. Incluso con encontrar preguntas que nunca se había hecho. Preguntas vestidas de cristales ardientes. Todas las mujeres casadas que son como ella buscan al hombre equivocado. Así lo hizo, recuerda, Connie Chatterley en la hermosa mansión que cuida un guardabosques. Los hombres equivocados tienen una gran variedad. Unos son seres suficientes e  incompletos, otros unos perfectos canallas. Dorian es una víctima de la guerra y de su propio atractivo, de su aire de muchacho indefenso, de sus pesadillas, que lo acosan. Es un hombre hecho para el amor que ha sido condenado a hacer la guerra. 

Y Shaughnessy es el hombre tranquilo. Se sienta en el vacío de su existencia como si únicamente tuviera la misión de que las horas pasaran sin alterarse, manteniendo el equilibrio que convierte su corazón en un estanque vacío, sin olas y sin mareas. Es un hombre acabado para todo lo que no sea la compasión distante. Un hombre a quien el cuerpo no responde sino para arropar y proteger. ¿Qué mujer no desea que su marido la inunde de fulgores en lugar de recibir una amable sonrisa llena de un perdón que nadie le ha pedido? 

Los personajes secundarios ofrecen el complemento necesario a la tragedia que ha de consumarse. La traición, la violencia, el engaño, el miedo, la cobardía, la huida, todos las emociones de las que el hombre se avergüenza cuando las siente alguna vez en su vida, se reúnen a la vez para atestiguar que la historia no deja cabida a la esperanza, cuando el sonido de los cañones sobrepasa al latido del corazón. ¿Puede uno vivir una historia de amor en medio de un conflicto? ¿Es lícito querer ser feliz a toda costa? ¿Qué clase de locura es la que acompaña a estos dos seres anclados en un mundo que no les pertenece, al que no pertenecen?

La guerra siempre deja secuelas. Destroza las ciudades, desata las pasiones más viles, esconde los buenos sentimientos, oculta los deseos más razonables, humilla a los más pobres, exalta a los violentos. La guerra desarma a las mujeres, convierte en frívolas sus emociones más hondas, en livianos sus dolores, en fáciles sus dificultades. 

La secuela mayor es la destrucción de la vida. La vida que crece en el interior y que precisa abono, como esas flores silvestres, rojas y amarillas, al borde del camino que Rossie aplasta con su cuerpo cuando Dorian, en un gesto imposible, la abraza queriendo conjurar a los demonios que, por mucho que se empeñe, nunca abandonarán su cuerpo mutilado. 

Sinopsis:

En un pueblo de Irlanda, en los años de la Primera Guerra Mundial, viven un tabernero y su hija Rossie Ryan. Ella sueña con un futuro mejor y por eso seduce y se casa con un maestro viudo que no puede aplacar el ardor de su sangre. Por eso, cuando conoce a un soldado inglés, el Mayor Dorian, se lanza a una pendiente en la que lo que menos importa es perder la fama, el honor e, incluso, la vida. 

Algunos detalles de interés:

El guión original, maravilloso, una historia plena, lo escribió Robert Bolt, a la sazón esposo de Sarah Miles. La película  se estrenó en 1971 y es de nacionalidad británica (Faraday Productions). Su director David Lean, logra conjugar los aspectos intimistas ya entrevistos en “Breve encuentro” y la grandiosidad de otras de sus obras como “Doctor Zhivago” o “Lawrence de Arabia”.

Los principales intérpretes son Robert Mitchum (Charles Shaughnessy), Sarah Miles) (Rossie Ryan), Trevor Howard (Padre Hugh Collins), Christopher Jones (Mayor Randolph Doryan), Leo McKern (Tom Ryan) y John Mills (Michael).

La música, acorde con la poética del filme, es de Maurice Jarre; la fotografía de Freddie Young. Para rodar la película se construyó ex profeso todo un pueblo, a base de decorados, que luego se destruyeron, en la península de Dingle. 

Aunque la crítica fue despiadada con la película, ocasionando una profunda decepción en Lean que llegó a estar retirado unos años de la dirección cinematográfica, obtuvo algunos premios importantes. 

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