domingo, 2 de junio de 2019

De mares y extrañezas

Tengo una extraña relación con el mar. Para empezar, mi mar es un océano, una masa a la que no se le ve el fin y que surtió al mundo de aventuras y anécdotas. El mar-océano que conozco tiene tantos colores como horas el día y, así, ofrece siempre un perfil diferente. No es el mismo, no suena igual, no brilla de igual modo. Es el mar, la mar, toda la mar, el agua, todo. 

En torno a esa masa de agua que costea, un enjambre de ciudades que se disputan el honor de tener playas o de tener salinas o de tener esteros. No todas coinciden en los hallazgos, las hay más favorecidas y otras más tristes. Todas las carreteras son istmos como si fueran gotas de cristal ensambladas a modo de penínsulas afines y en ellas puedes encontrar perseverancia y fe al mismo tiempo. Son incombustibles a la miseria, desafiantes al dolor y complacientes con la alegría. Sonríen sin tener motivo la mayoría de las veces. 

Cuando era pequeña temía al mar. No me gustaba su bravura. Por eso mi calle era el salvoconducto, el puerto seguro que me blindaba contra los maremotos y los tsunamis, todos esos fenómenos de la naturaleza a los que yo les guardaba tanta aprensión como respeto. Nunca supe entonces lo cerca que estaba el océano, lo fácil que era llegar a él, sino que pensaba, por error, que las distancias eran mucho mayores, y no reparaba en que vivía en una isla, porque el sinuoso encaje de los esteros y de las salinas engañaba la vista y daba la impresión de que era una fortaleza rodeada y bien protegida. Algunas veces me asomaba al horizonte desde la azotea y percibía el peligro, cuando veía algún barco que llegaba. En otros momentos, eran las excursiones a los fuertes de piedra contra Napoleón las que me avisaban de que aquello era un paisaje próximo y no un futuro inhóspito. Y luego estaban los viajes a las ciudades cercanas, cruzando siempre carreteras rodeadas de agua, encajadas entre puentes fantasmagóricos, líneas horizontales que arañaban la vertical del mar. 

Las niñas de mi calle no aprendíamos a nadar en la playa. Era tan fácil adentrarse hasta el agua por la arena, fina, dorada y levemente pegajosa, que no parecía necesario, ni posible, bracear hacia ninguna parte. Éramos muy prudentes. Llevábamos bikinis de colores y gomas en la cabeza. No se acababa nunca ese andar por las orillas y aun hacia dentro. No había acantilados, ni piedras, ni hondonadas, ni relieve marino, ni corales, ni esponjas, solo arena seca o húmeda, mareas simples y olas avispadas e inquietas. Los vientos dibujaban el mapa de las playas y eran los semáforos que hacían o no posible el rito de los baños. El poniente erizaba la piel y el frío calaba hasta los huesos. El levante movía la arena hasta el infinito y sus agujas te pinchaban los brazos y las piernas, a veces mezcladas con el pelo revuelto o pegadas a la cara. El sur era el viento de la lluvia y solo aparecía en los otoños. Y el norte nos alejaba del agua sin posibilidad de arreglo. 

Cuando llegó la adolescencia, mis amigos y yo teníamos en la playa el lugar de las citas. Llegábamos temprano. Colocábamos sobre el suelo las toallas, las esterillas, las bolsas y las chanclas. Enterrábamos las botellas de agua para que conservaran el fresco. Nos disponíamos sin cortapisas a la ceremonia del sol, abrazando su calor y haciendo que los rayos dejaran su huella en nosotros. Éramos supervivientes, sin cámaras ni premios. Debajo de las gorras o las viseras todos teníamos los ojos semicerrados. El mar entonces ofrecía una huella amable, mucho más asequible que el mar de los inviernos y mi calle se quedaba atrás, con las personas mayores ocupadas en sus quehaceres y nosotros escapando a la rutina. No queríamos ser otra cosa que ninfas dorando la piel al aire libre, que hermosos rostros bronceados, que piernas sin medida. 

Ninguno de nosotros leía en la playa. Ni los lectores siquiera tenían la prudencia de llevarse un libro. Estábamos demasiado ocupados en vivir lo que luego sería literatura, lo que luego la literatura confirmaría como cierto. Las risas y las charlas se mezclaban con el sonido inmisericorde de las olas y con la subida y bajada de las mareas. A veces clavábamos los pies en la arena húmeda para buscar almejas o coquinas. Salían corriendo de nuestro ímpetu y, al lograrlas, las metíamos en cubos de plástico para conseguir un lote muy preciado. Otras veces usábamos cerveza para aclarar el color del cabello. Y, en ocasiones, una duna era el reservado desde el cual se podía comprender el amor de forma práctica. Pasado un rato, desaparecida a los ojos de todos, la pareja volvía al grupo con un gesto de culpabilidad en la cara, aunque nadie hablaba porque todos entendían sin preguntas. 

El día en que comprendí que el mar estaba allí, que tenía nombre y que podía cubrirnos cuando le viniera en gana, perdí el miedo a los vientos y a los susurros de los nombres que arrastraban las olas. Consideré que, al fin y al cabo, no podría escaparme si decidía arrastrar su larga lengua contra el inflamado erial que era en el verano mi calle. Y busqué una razón para no perder el ansia de que el verano tuviera la delicada presencia de los versos: estaba allí, se llamaba Joaquín, sus ojos eran verdes y parecía un dios que no ocultara nada. Un día me explicó el motivo por el que, ese verano, su mirada traspasaba el océano y se quedaba quieta: "Te miro y lo hallo todo". Eso dijo. Y tuve que creerle. 

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La editorial Tránsito, recién creada, ha publicado este libro "Primera persona" de la escritora colombiana Margarita García Robayo. Tránsito se creó en 2018 y su intención es publicar libros unidos a la memoria, a la descripción de lo vivido. Así lo expresan en su página web. Por su parte, Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980) escribió estos textos por encargo a partir de una sugerencia así que tienen mucho de sí misma, tanto en conocimiento como en interrogación. Entenderse y entendernos es uno de sus objetivos. La intimidad no como valor único, sino como medio de transitar (de nuevo la palabra) hacia los otros. Una forma de comunicación que pone sobre la mesa los recuerdos de la infancia y lo que otros han vivido al respecto. El mar es el primer elemento que el libro recoge y por eso mi reseña sobre el mar es sobre mi mar porque, seguro, no podía ser de otra forma. 

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