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Mil maneras de perder el sombrero


¿Qué ocurre cuando los hermanos Coen (no confundir con los Marx o los Warner) hacen un “loosely based” de una novela de Hammett titulada La llave de cristal? Muy sencillo. Se filma Muerte entre las flores. Así como Cosecha roja dio pie, entre otros, a un Kurosawa, un Eastwood y un Willis, en el caso de La llave de cristal hay algunos elementos distintivos que hacen inconfundible la fuente de inspiración.

Para empezar, todos son malvados. No hay detectives buenos con gabardinas. Los malvados llevan abrigos de lana, camisas oscuras y sombreros. La señal inequívoca de que uno está vivo es mantener el sombrero sobre la cabeza. Si pierdes el sombrero estás perdido, porque “no hay nada más ridículo que un hombre corriendo tras su sombrero”.

Estamos en Nueva Orleáns y en los primeros años de la Ley Seca. Aún los italianos no se han convertido en los dueños del cotarro. Los irlandeses, esos tipos duros que beben todo el tiempo y que no aman la ópera, controlan el crimen organizado con el permiso de políticos y policías. Es un paraíso de asesinos y timadores que lo mismo amañan un combate que se cargan a un tío en un garito inmundo. La ética de los malvados tiene en la bebida su lazo de unión. Beber hace que formes parte de este selecto club. Lo mismo da que seas un bandido filósofo como Eddie el Danés; un pícaro mediocre y teatrero como Bernie; un chivo expiatorio como Mink o un jefecillo con sobrepeso como Johnny Caspar. 

La violencia mafiosa siempre baila al compás de la ópera. Pero aquí aún no se había inventado la mafia, Chicago no conocía las andanzas de Elliot Ness y sus Intocables y lo más que encontramos a nivel criminal es el Irish Mob, así que tendremos que conformarnos con estilizadas y dolientes canciones populares. La música precede a las matanzas, anuncia los desenlaces y abre la puerta al lenguaje de las ametralladoras. A su ritmo, las balas se incrustan en los cuerpos, las armas cortas componen su propia sinfonía, las lujosas arañas de cristal tallado se hacen añicos. Y el fuego termina de purificar las escenas en las que solamente sobreviven algunos afortunados. Entre ellos, Leo, que, aun estando a las puertas de la vejez “sigue siendo un artista con una Thompson”. En los Coen, ya lo sabemos, la música nunca es “de fondo”, sino que cincela la superficie, modula los silencios. 

En este damero de intereses no puede faltar un elemento crucial. Cherchez la femme, dirían los franceses. Ella es Verna, amante por interés del jefe del crimen organizado, Leo, y amante por amor de su hombre de confianza, Tom. La escena del lavabo de señoras en el Shenandoah Club lo expresa todo. Un beso, una bofetada y una conversación definitiva: “Siempre buscas el camino más largo para obtener lo que quieres. ¿Te costaba pedirlo?” (Verna a Tom, tras el beso). “Y ¿qué es lo que quiero?” (arguye Tom, sabiendo de antemano la respuesta). “A mí” (Verna en estado puro).

“La amistad es un estado mental” ¿Qué duele más a Leo, la traición de la mujer que ama o la del amigo? Esta es la gran pregunta que nos haríamos si esto fuera una Caza del Tesoro. “Nunca tienes bastantes amigos” es el lema de Bernie. Y el pugilato entre el amor y la amistad está en el centro mismo de la narración, junto a la evidencia de que todos tenemos un precio. Entre pillos anda el juego. Juegos de guerra. Tugurios y chanchullos en los que pululan toda clase de gente sin nombre, alineados en un sistema piramidal: el que está arriba lo está porque los de abajo así lo aceptan. Los canallas están individualizados, rostros y caras diferentes, expresiones distintas. A veces la violencia se oculta y entonces son esos rostros los únicos que nos delatan lo que está ocurriendo. Es el modo Fritz Lang, que deviene en elipsis. 

La imagen más violenta, no obstante, tiene un curioso protagonista. Un niño y su perrito. Un niño de la calle. No un niño gordo, hijo de un gerifalte del crimen, masticando caramelos caros sino un niño que se mueve en el lumpen y que divisa, en un callejón, el cadáver sentado y grotesco de un hombre con peluquín. Un trofeo demasiado llamativo como para respetarlo.

Dentro del crimen organizado hay hombres de honor y otros que son escoria. Gente que respeta algunos códigos y reptiles mediocres, alimañas que sobreviven a base de engaños. El ejemplo más claro de esta ralea es Bernie. El Bernie sarcástico, el Bernie de vida irregular, el Bernie irredento, el hermanito Bernie, el Bernie final, como ese payaso que se quita la careta. Frialdad, rencor, odio, venganza. Bernie no soporta que Tom le haya perdonado la vida…¿quién lo soportaría? Por eso quiere verlo “sudar”. “Mira tu corazón” es la penúltima petición engañosa de Bernie. “¿Qué corazón?” es la respuesta fría de Tom. Bang, bang. 

La música anticipa la maldad. El sonido se cuela por los bosques, sacude las ramas de los árboles altos, abre al cielo plomizo las miradas cruzadas, las frases huidizas, los cuerpos en escorzo. Escenas en las que vuelan los sombreros, en las que se ajustan al cuerpo los enormes abrigos. Todo semeja un western: la épica de la muerte. La trama esconde sorpresas, está bien cosida y al final todo encaja, al estilo de esas muñecas rusas, las matrioskas, unas dentro de otras. 

Leo es un malvado desconcertante. Un sentimental al fin y al cabo. Y, por ello, un hombre necesitado de un amigo. El amigo es Tom, el mejor Gabriel Byrne, un canalla hecho de gestos amables. Cortante. Duro. Persistente. “Si quiere verme es fácil, no soy transparente”. Pero la mirada lo traiciona. Aire azul, ojos tiernos. Y su leve sonrisa. Es un Bogart con dilemas morales. Un malo fiel a la amistad mucho más que al amor. Un malo con principios. En el país de los malvados, Tom es el rey. 

Así llega el último gesto, la imagen final, el resumen, la tesis. La amistad es la clave. Dos hombres, que se separan a pesar de quererse, se ajustan con cuidado sus sombreros. 

Sinopsis:

Leo O´Bannon es un irlandés que controla el crimen organizado en Nueva Orleáns. Combates de boxeo amañados, garitos, clubs, apuestas para carreras de caballos. Todo está bajo su órbita. Su mano derecha y amigo es Tom Reagan. Entre ambos se interpone una mujer, Verna Bernbaum creándose una situación peligrosa para todos y dando lugar a un enfrentamiento entre dos bandas y a una escalada de violencia imparable. 

Algunos detalles de interés: 

“Muerte entre las flores” es una película de la 20th Century Fox y Circle Films, de título original “Miller´s Crossing” que fue estrenada en 1990. Su director es Joel Coen, la mitad de los hermanos Coen (la otra mitad es Ethan), que firman el guión.

El equipo técnico realizó un trabajo excepcional. La fotografía es de Barry Sonnenfield, que también había fotografiado “Sangre fácil” y “Arizona baby”. El diseño de vestuario corre a cargo de Richard Hornung. 

La música, de Cartell Burwell, es de una delicadeza casi incompatible con el contenido de la película y uno de sus grandes aciertos. Evocadora, plena de sensibilidad, sugerente, tierna y, al tiempo, potente y expresiva. 

El reparto fue uno de los aciertos de la película. Gabriel Byrne, en su mejor interpretación hasta la fecha (Tom Reagan), Marcia Gay Harden (Verna), Albert Finney (Leo O´Bannon), Jon Polito (Johnny Caspar), J. E. Freeman (Eddie el Danés), John Turturro (Bernie), Steve Buscemi (Mink). 

Hay una aparición episódica, en el papel de la secretaria del alcalde, de Frances McDormand, la esposa de Joel Coen y maravillosa Marge Gunderson en la genial “Fargo” de los mismos Coen. 

La película obtuvo el premio al mejor director en el Festival de San Sebastián. 

Considerada una joya cinematográfica, se trata de un film en el que el tono poético se combina acertadamente con la dureza de las imágenes y en el que todos los elementos técnicos y artísticos están al servicio de una narración llena de suspense y emoción. 

Aunque la violencia es el telón de fondo, el tema central es la amistad. Es la amistad el hilo conductor de las acciones del protagonista y también de su renuncia final. Dejar de ser amigo para no engañar al amigo. 

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