lunes, 11 de febrero de 2019

Microrrelato de la casa recobrada


(William McGregor Paxton, 1914)

Vuelves desconcertada y hallas casi en su sitio (alguien ha pasado el paño del polvo y ha movido las cosas) eso que, sin dudarlo, forma parte de ti como si fuera gente: tus libros del momento, tu música, tu sitio de escribir. Encuentras el abrazo, su abrazo, el que ahora tienes y que te hace temblar porque no reconoces otro calor que el suyo. Te guardas unas lágrimas en un rincón oculto y hablas de política para disimular. Tocas levemente tus libros y los colocas exactamente así, como te gusta, de manera que arropen el sitio en el que, cada día, escribes, como si este fuera un oficio y tú una trabajadora de las letras. 

Luego, mientras el día se abre cada vez diferente, más o menos calor es la ecuación de ahora, despliegas la música que te emociona, abril se ha equivocado, la lluvia, el hielo abrasador, lo que te llega sin poder evitarlo. Donde tengo el amor toco la herida. Te preguntas alguna cosa sin querer detenerte mientras sacas de la maleta los vestidos, mientras colocas los zapatos, mientras metes en la lavadora un montón de braguitas y unos sujetadores, mientras ordenas las cremas en su estante y los lápices de labios en su recipiente transparente. 

Paseas la mirada por tu casa, esas flores, una muñeca con vestido verde, un cuadro de Alejandro Aizpuru, una lámpara de color rosa palo, el visillo que se ondula con esa decepcionante brisa del mes de julio…lo reconoces todo pero quizá no a ti misma. No sabes lo que sientes, solo que hay algo que no se escribe, ni se explica, ni se habla, pero existir, existe. 

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