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Sedas e intrigas


Edith Newbold Jones (de los Newbold Jones de toda la vida), o, lo que es lo mismo, Edith Wharton (Nueva York, 1862- Saint-Brie-sous-Fôret, 1937), reaparece cada vez que vuelvo a buscar en la estantería de los libros amados. Allí está La edad de la inocencia. Están La solterona, Santuario, La renuncia, Estío, Las hermanas Bunner y algunos más, incluidas sus memorias. Está también una rareza, La soñada aventura, en una publicación de la editorial Juventud de 1925, aunque el ejemplar que manejo, de la Colección Universal, es de 1994.

Sin Edith Wharton no hubiéramos podido conocer las interioridades de las familias ricas del Nueva York de finales del XIX y principios del siglo XX. Ella, que era considerada en su círculo una excéntrica por dedicarse a escribir, tuvo la suerte de tener abiertas las puertas de los salones y, a través de una observación minuciosa y una descripción detallada, mostrarnos una sociedad que, aunque estaba decayendo a ojos vista, todavía quería conservar su esplendor por un lado y su exclusividad por otro.

Tenía una inteligencia superior que se vio favorecida, no solo por la esmerada educación de sus preceptores a domicilio (nada de escuelas), sino por la frecuencia de sus viajes por Europa con sus padres. Viajar por Europa era el mejor aprendizaje de la alta sociedad neoyorkina. Pasaban meses recorriendo Italia, Francia, Inglaterra y absorbiendo el color local, el arte y las costumbres refinadas que luego trasladaban a sus mesas de comedor y a sus recepciones. De no ser por su dedicación, extravagante, a la escritura, Edith hubiera sido una mujer más en el conjunto de mujeres que dominaban, con mano izquierda y sin que se notara demasiado, ese mundo de sedas e intrigas, donde el dinero era un pasaporte pero donde hacía falta algo más, el pedigrí de las primeras familias o el seguro de un buen matrimonio.

En las ediciones que hace la editorial Impedimenta de dos de sus libros Santuario y La solterona tenemos la suerte de contar con una introducción y un post-facio verdaderamente útiles a la hora de entender a Edith, su mundo y su literatura. La primera es obra de Marta Sanz y el segundo (así como la traducción) de Lale González-Cotta. Es hora de reconocer cuánto bien hacen estos estudios breves pero bien hilvanados a la comprensión de los libros y a ampliar nuestros horizontes lectores. Un buen prólogo es capaz de ponerte en situación y de hacerte navegar con brújula segura por el mar del escritor, aunque este acostumbre a utilizar arenas movedizas.

Las convenciones sociales, las mujeres y su papel en la sociedad, la maternidad, las relaciones amorosas y la búsqueda de la felicidad, son los temas que nos interesan en Edith Wharton. Y son los ejes centrales en los libros que hemos citado. Constituyen la forma en la que ella contribuye a un movimiento soterrado que tiene en la literatura algunas representantes notables y que pretendía dar a conocer, con cierta crítica y mucha rebeldía, el agotamiento femenino ante roles que no le proporcionaban ni una pizca de felicidad. Y, por otro lado, también denunciar que no eran únicamente los hombres, ni todos los hombres desde luego, los responsables de esa estabulación de las mujeres, de ese dirigirlas hacia un camino estrecho y sin vericuetos, sino también las propias mujeres, lo que Lale González-Cotta llama “sanedrines femeninos atávicamente educados para ejercer de madres, complacientes esposas y exuberantes floreros”.

Los enemigos de la mujer libre, viene a decirnos Wharton, no son solamente los hombres, ni siquiera son siempre los hombres, sino también las mujeres, las otras y ellas mismas. Quizá solo alguien como ella podía aclararnos esto. Porque era sofisticada, culta, elegante, inteligente y talentosa. En ese talento cabía el don de observar, ese privilegio que, aunque parece común, solo lo poseen unos pocos. De la verdadera observación se deduce el conocimiento y una selección exquisita de qué es lo que se puede contar, qué hay que ocultar y qué hay que dejar entrever. De ahí sus maravillosas elipsis narrativas, esos hechos que no están, pero han sucedido ya o suceden entre bastidores.

Algunos mitos caen por medio de la actitud de sus heroínas. En La edad de la inocencia no es solo Ellen Olenska la que transgrede las normas, sino también la inocente May Welland, cuando se deja ver con ella o la anciana señora Mingott. En Santuario es Kate Orme, luego Kate Peyton, la que tiene que actuar ante hombres pusilánimes y mujeres que se mueven sin que nadie lo note. De Kate “una mujer profundamente empática y, que, en consecuencia, sufre” parte la reflexión crítica sobre lo que significa la maternidad. Quizá en esto Wharton tuvo la influencia de una madre poco afectuosa y del hecho de no haber tenido hijos. Esa figura de la madre inexistente, extrañamente lejana, sobreprotectora pero sin empatía o centrada en un mundo en el que los hijos apenas son un número más, la vemos en otras escritoras: Jane Austen, las Brontë, Edna O ́Brien, por ejemplo. En La solterona las primas Delia Lovell Ralston y Charlotte Lovell han de enfrentarse a un dilema moral para el cual no hay una solución satisfactoria. Y precisamente el formar parte esas opulentas familias neoyorkinas es una absoluta desventaja: nada debe parecer inadecuado, todo lo oscuro ha de ocultarse, la familia está para solucionar esos problemas que son propios de otras clases sociales.

Lo que nos cuenta Wharton, esa lucha soterrada y a veces abierta, de muchas mujeres, contra otras mujeres y contra algunos hombres, para mostrar su inteligencia sin cortapisas, para elegir casarse por amor o por conveniencia y para ser madres o no serlo, todo eso lo conocemos desde dentro y no hubiéramos podido acceder a ese interior si ella no fuera de la clase. Escribir es la negación de usar la inteligencia a escondidas. Es lo contrario del arma de la manipulación que usan hombres y mujeres para dominarse sin perder la compostura. Escribir es mostrarse al exterior y sacar fuera lo que en el espíritu es una certeza o una duda imposible de resolver si no se abre a la luz. 

Los circunloquios que tanto se achacan a su forma de narrar tienen mucho que ver con la forma cuidadosa y entre cursivas que caracterizaba las conversaciones de su sociedad. Todo había de ser tratado con pinzas y con guantes para que nada manchara la blancura de las rosas de otoño. Sin embargo, ella, en su vida personal, dejó varias manchas en el mantel de la familia. Se divorció, para empezar, en 1913, de su marido, doce años mayor que ella Teddy Robbins Wharton, que la había cansado con continuas infidelidades públicas, algo que era casi una obligación de los hombres de las clases altas, tener amantes y exhibirlas. En segundo lugar, se asentó en París y allí alternó con un número importante de artistas y escritores, manteniendo unas relaciones especiales tanto con el periodista americano William Morton Fullerton (deliciosa la correspondencia entre ambos) y un par de mujeres, Mercedes de Acosta y Camilla Chabbert. No sabemos si ella lo reconoció abiertamente, pero era, ya lo vemos, bisexual.

Su gran amigo y del que se consideró siempre discípula, fue Henry James, que a cualquier otra con menos talento la hubiera oscurecido. Sin embargo, Edith Wharton, que, como afirma con acierto Marta Sanz se dirigía a “un lector inteligente al que se trata con respeto” siempre tuvo claro que “el pensamiento y la escritura son formas de acción”. Por muy privilegiada que fuera su existencia, su cuna y su crianza, ella no iba a dejar pasar la oportunidad de convertirse en una mujer dueña de su destino, libre, por mucho que los modos imperantes pudieran llegar a considerarla una mujer “horrible”, en contraposición con las mujeres “perfectas”. Seguramente, como Kate, la protagonista de Santuario, Edith era una mujer más inteligente que los hombres que la rodeaban. Por eso y otros méritos fue la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa en 1921, por la Universidad de Yale. Ella se negó, claramente, a guardarse para sí su inteligencia y decidió que escribir era la mejor forma de salir de su cárcel dorada, aunque eso sí, con elegancia, buenas maneras y sin pisar ningún charco al descender del landó para ir a la ópera.

(Las ilustraciones de esta entrada corresponden a la película que Martin Scorsese dirigió, en 1994, con el mismo título del libro "La edad de la inocencia". Interpretan los principales papeles Michelle Pfeiffer como la condesa Ellen Olenska, Daniel Day-Lewis, como Newland Archer y Winona Ryder como May Welland. El juego de colores del vestuario (la condesa de rojo intenso y May de blanco virginal, no es un recurso del director sino que aparece expresamente reflejado en el libro, queriendo dar a entender lo diferentes que eran ambas) 

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