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"Al caer la luz" de Jay McInerney

Al caer la luz no es un libro fácil. Su aparente tono de alta comedia esconde algunas claves que son propias de la clase social a la que se refiere. Y esa apariencia confunde. La pareja protagonista podría ser un ejemplo de "gente guapa", gente que lo tiene todo y que, por tanto, debería ser feliz de oficio. Russell Calloway es un hombre brillante y su oficio, editor, le depara conocimientos y contactos que cualquiera envidiaría. Por su parte, Corrine, su esposa, es una agente de Bolsa que trabaja en Wall Street. Todos sus amigos consideran que son la pareja perfecta, el perfecto matrimonio, esos que pueden soportar el escrutinio más avezado, la luz más potente.

El telón de fondo, el espacio en el que desarrolla la vida, es la ciudad de Nueva York. No hay otra más fotografiada, glosada, referida en libros y en ensayos, filmada en películas de distinto sello. Pero Nueva York no es una urbe monolítica, sino que esconde secretos, formas de vida, muy diferentes. Y, por otro lado, los cambios sociales y económicos han tenido en su sociedad más aparente su primera presa, su primer ejemplo. Los Calloway y Nueva York son un trasunto de la sociedad moderna, la que está a punto de caerse y se sostiene sobre un pie. Como si dijéramos, el libro es, por lo tanto, la historia de una enorme contradicción, reflejada en una aparente tranquilidad. El humor que destila, la ironía, el cinismo también, es solo uno de los modos en que la novela se presenta al lector. Luego hay otras lecturas menos aparentes (de nuevo la apariencia) pero, quizá, más certeras. O no.

Esa inestable firmeza se halla también en el matrimonio de los Calloway. "Ella había llorado a la mañana siguiente de su boda, sin saber realmente por qué, y el pobre Russell se sintió desconcertado y culpable, preguntándose qué pasaba". En torno a ellos dos se mueve un grupo de personas que representan existencias distintas y que, por lo tanto, van a tener diferente final, algunos un final muy cercano. Las intrigas editoriales, los avatares de quienes tienen que encontrar su hueco al sol, se mezclan con la propia cotidianeidad de la pareja, que tiene que subsistir en medio de ese todo variable y huidizo.

Ellos ni siquiera están de acuerdo en la urgencia de tener un hijo. Pero, cuando lo pierden, una especie de hilo va a amarrarlos de nuevo. La pérdida del hijo antes de nacer significa un punto y aparte en la vida de Corrine, como suele ocurrir con cualquier mujer. "Al principio estaba enfadada con él y le recordaba las muchísimas veces que había dicho que o estaban preparados para tener un hijo, pero finalmente se dio cuenta de cuánto sentía él también la pérdida. Y cuando Russell le dijo que se sentía culpable porque durante unos instantes se había preguntado si podrían permitirse tener un hijo y había considerado una alternativa, Corrine fue capaz de tranquilizarlo y ver en perspectiva su propio sentimiento de culpa" 

La duda, el miedo, el fracaso, el desamor, la enfermedad y la muerte, se introducen en la narración de una manera natural, cómo no podía ser de otra forma. El libro así se va deslizando, desde la apariencia frívola de la primera escena, cuando un grupo de amigos está cenando en casa del matrimonio en el momento en que ella cumple treinta y un años, hasta un horizonte más oscuro, pesimista y lleno de las contradicciones de lo que llamamos vida moderna. O posmoderna, quién sabe.

Al caer la luz. Jay Mclnerney. Libros del Asteroide, 2017. Traducción Mariano Antolín Rato. 

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