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La verdad sobre el caso Joël Dicker


Si hay algo que me gustaría hacer en la Feria del Libro de Madrid que comienza mañana, ese algo es conocer, en persona, de verdad, a Joël Dicker. Y agradecerle, de paso, que escribiera La verdad sobre el caso Harry Quebert. 

No voy a contaros ahora de qué trata el libro. Seguramente lo habéis leído la mayoría. Fue uno de los libros más vendidos y leídos en 2013. No siempre coinciden ambas cuestiones. En demasiadas circunstancias los libros se venden y se compran, pero no se leen. En el caso de La verdad sobre el caso Harry Quebert apostaría que no es así, que los lectores fueron legión, todavía lo son. 

No recuerdo la fecha exacta en la que lo leí, pero sí dónde estaba y qué hacía allí. El lugar, una clínica en la que mi marido estaba viviendo su última semana de vida. Yo entonces no lo sabía, él tampoco. Solamente el médico, el internista, lo tuvo claro. Sus palabras "es cuestión de tiempo", fueron misteriosas, pero ese misterio duró poco, menos de una semana. De lunes a sábado por la noche. Un tórrido agosto sevillano. El tiempo feliz de las vacaciones, cuando todo el mundo viajaba y el resto se iba a la playa a luchar contra la canícula. 

Él luchaba por vivir. Quería curarse. En esos últimos días aún quería curarse. A pesar de que la mascarilla de oxígeno era todo lo que le permitía seguir respirando, él quería curarse. No quería dejar este mundo, tenía demasiadas cosas por hacer. No solamente porque era muy joven sino porque siempre consideró que "hacer" era una manera de vivir. Crear, inventar, investigar, luchar, seguir, andar, trabajar. Los verbos en el infinitivo de su vida. Y esa vida iba a terminarse la primera semana de agosto del año 2013, en una clínica de Sevilla, mientras yo ignoraba que se estaba marchando tan rápido y guardaba las lágrimas en un trastero del cerebro del que aún no han terminado de salir. 

Uno de esos días el libro de Joël Dicker estaba en mis manos, una tarde interminable, en la que no había nada que hacer, ni qué decir, ni gente, ni amigos, ni visitas, nada, salvo la letanía de enfermeras que iban y venían, salvo el roce del visillo blanco sobre la pared, salvo la respiración dudosa que te sobresaltaba. La habitación estaba a veinte grados, hacía un frío glacial. Yo estaba acurrucada en una silla incómoda, envuelta en una manta, porque todo era helado, todo era como si la vida se nos escapara a todos. 

El libro estaba en mis manos y sus páginas pasaban, los personajes hacían de las suyas, yo me prendía en sus letras, unos minutos, horas, no sé cuánto y así dos o tres días a lo sumo, ni siquiera recuerdo el número, con desazón a veces, apenas sin comer, sin reír por supuesto, sin nada más que desesperanza, agonía, pérdida. 

Fue ese libro La verdad sobre el caso Harry Quebert el que me mantuvo despierta cuando quería cerrar los ojos, el que me mantuvo alerta incluso sin comer, el que me hizo sostenerme en un abismo al que estaba a punto de caer, el que me hizo resistir en un océano de frío sin remisión. Fue ese libro y después de aquello, después de su muerte, con el dolor del adiós y de la partida, el libro, ya acabado, se unió a otros en mi estantería blanca y ahí sigue, sin que sus páginas hayan vuelto a ser abiertas, ni su cubierta contemplada, ni su peso comprobado. Ahí sigue sin más, testigo mudo.

Si algún día logro escribir esta historia como fue, o como la viví, aparecerán de nuevo las páginas del libro y el relato hará un hueco para contar las sensaciones de esos días oscuros en los que Harry Quebert fue el único lazo de unión con el mundo que estaba al otro lado de la puerta de un cuarto de hospital. 

Comentarios

Ana Glez Duque ha dicho que…
Me has emocionado...
Pepa Dominguez ha dicho que…
Precioso lo que has escrito Caty.
Pepa Dominguez ha dicho que…
Precioso lo que has escrito Caty.
Caty León ha dicho que…
Gracias, Ana, eres muy amable. Un abrazo.
Caty León ha dicho que…
Bueno, Pepa, espero poder algún día escribir la historia completa. Creo que eso es necesario para cerrar las heridas. Aunque todavía no es posible. Abrazos.

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