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"El asesinato de Rogelio Ackroyd" de Agatha Christie


He contado varias veces cómo empecé a leer a Agatha Christie. Tendría unos diez o doce años y una vecina de mi calle  decidió hacer limpieza en su casa y sacó a la calle un enorme cajón de madera lleno de libros. Así que ahí me tenéis, sentada en el suelo, en la acera de esa calle, rebuscando entre los libros y hallando maravillas. Una de esas maravillas fue una novela de Christie, que resultó coincidir con la primera que publicó, "El misterioso caso de Styles". La leí y me enamoré. Y, desde ese momento, todas las novelas cayeron una tras otra. Y luego su autobiografía. Y sus "Cuadernos". Y todo lo que sobre ella se ha escrito. Agathistas de primera, es lo que somos en mi familia. 

Conozco a personas que desprecian esta literatura. La consideran banal, pobre de recursos, manida, falta de categoría. Incluso son gente versada y amante de la novela negra y aun de la policíaca.

Pero no logran entrar en el universo Christie, no logran darse cuenta de cómo sus claves son especiales, distintas y llenas de pequeños detalles que, todos juntos, forman un mosaico esencial para su conocimiento y para su disfrute. Disfrutar. He aquí la palabra. Las obras de A. C. se disfrutan desde el comienzo al final. Pueden leerse cuantas veces queramos porque la lectura repetida no condiciona el placer. Porque el desenlace es, en la mayoría de las ocasiones, lo de menos. Lo de más es esa tela de araña que se teje en torno a los personajes y a los hechos, una tela de araña que se va rasgando de parte a parte para dar paso a la realidad. Es cuestión de mirada. Depende de cómo se mire, así el resultado va a aparecer de una u otra forma.

La lectura de estos libros es un acto doméstico, estamos ante crímenes domésticos, cometidos por buena gente, por gente intachable y en entornos cotidianos, llenos de lugares agradables, salas de estar, salones de recibir, bibliotecas y dormitorios en casas de campo, lo menos tétrico que pueda darse, nada de sustos ni de fantasmas, todo de buen metal, para entendernos. Mi conocimiento del modus vivendi de la campiña inglesa desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX ha estado ocupado, sin duda, por lo que he aprendido de dos escritoras, Jane Austen y Agatha Christie. Y, como suele ocurrir cuando la literatura se integra tanto en tu forma de pensar, tengo en mi cabeza los espacios vitales de ambas, las frases, la forma de encarar la realidad, sus anécdotas, lo que fueron, lo que escribieron. 

"El asesinato de Rogelio Ackroyd" es para mí, ya os lo digo, la mejor novela de A. C.. Añado. La mejor novela policíaca que yo haya leído nunca. Podemos empezar a discutir desde este mismo instante, pero, antes de eso, permitidme que os cuente por qué lo considero así. Y para eso hay que entrar en su argumento y en su intrahistoria, en ese tejido sutil que la envuelve. Si no has leído el libro y quieres leerlo, cuidado, porque hay spoilers en esta narración, de otra forma no podría comentarla. 

En King´s Abbott, pueblecito inglés del tipo sencillo en el que hay una o dos familias importantes, un cierto número de tiendas, una estafeta de correos (fundamental para A. C. ), un médico y algunos militares retirados, ha aparecido asesinado un notable del lugar, el Sr. Roger Ackroyd. Es el mismo entorno que Jane Austen utiliza en sus novelas. La gentry, la baja nobleza. No la burguesía emprendedora (rarísima de observar), no los núcleos urbanos (Londres aparece escasamente) no la clase baja (los criados son solamente parte del bosquejo humano). La gentry en estado puro. Los buenos modales, las herencias, las visitas, la música, los jardines tan cuidados, la gente venida a menos, son los protagonistas. A ellos se salen sumar, eso sí, personajes excéntricos, escritores, actores, gente del teatro, excéntricos, ya digo.

Ackroyd no es el único muerto en circunstancias extrañas, como recuerda atinadamente Caroline Sheppard, la hermana del médico. También se ha registrado con anterioridad la muerte por suicidio de la señora Ferrars, y, antes de eso, la de su propio marido, en circunstancias extrañas. Caroline Sheppard siempre ha pensado que fue asesinado por su propia mujer. Aunque son cosas de solteronas aburridas que siempre piensan mal. El famoso detective belga (ojo, no francés, como él mismo se encarga de repetir) Hercules Poirot, está retirado y descansando en este pequeño pueblo, dedicado al cultivo de calabazas y es, a la sazón, vecino de los Sheppard. No resulta raro que termine viéndose envuelto en la investigación de este caso, en realidad de varios casos encadenados. Porque antes de su muerte el Sr. Ackroyd recibió una carta y en esa carta se contaba la espeluznante tragedia de la mujer que amaba, que no es otra que la señora Ferrars, confesándole que estaba siendo objeto de chantaje por parte de un desaprensivo que sabía a ciencia cierta que ella, en efecto, había terminado con la vida de su marido. En la carta, también le contaba que pensaba quitarse la vida. 

Es el doctor Sheppard, probo ciudadano de intachable conducta, quien relata la historia y lo hace en tiempo pasado, es decir, cuando todo se ha resuelto ya. Lo cuenta todo, sin omitir nada. Todos los detalles aparecen diáfanos en la narración y de ella se desprende una verdad muy sencilla: la persona que chantajeaba a la señora Ferrars, por tanto responsable de su suicidio, es la misma que ha asesinado a Ackroyd. Las aficiones detectivescas del médico le llevan a colaborar activamente en la investigación. Él recorre el camino de las pesquisas de Poirot al mismo tiempo que el detective. Sin embargo, ninguno de los dos es totalmente sincero. Poirot oculta a Sheppard gran parte de sus conclusiones y Sheppard oculta a Poirot algunos hechos relevantes. 

El desenlace (ojo al spoiler) no puede ser más dramáticamente inteligente. Y lo descubre Poirot haciendo uso de sus células grises y por medio de una sencilla observación del tiempo en el que transcurren los acontecimientos. Es el tiempo, una diferencia escasa de apenas diez minutos, lo que dará la clave al detective para descubrir que la persona que se oculta detrás de estos acontecimientos trágicos no es otro que....el mismísimo Sheppard, el hombre que está ayudándole a descubrir qué ha pasado. 

Es la primera vez que yo sepa, y la única, que se utiliza el recurso literario de que el mismo asesino actúe a modo de voz en off, de narrador, acerca de los hechos. Si relees el libro una vez que conoces el desenlace observas que la elipsis narrativa está ahí, que puedes verla y entenderla, pero que se te escapa. No hay engaño, solamente una magistral forma de explicar las cosas. De igual forma que la violencia se oculta en las películas, aquí se tapa sin que pueda apreciarse qué hizo el doctor en los diez minutos cruciales que generan el secreto de los hechos. Qué hizo, dónde y por qué. Fantástico. 

Una vez que has leído la novela por primera vez y conoces lo que ocurre, el resto de sus lecturas te sirve para ir confirmando cómo A. C. crea su red de datos y, honradamente, sin engañarte, transita contigo el mismo camino que los personajes. Esa es una de sus virtudes. La no ocultación. Se muestran los hechos, se muestran los caracteres y se muestran las razones. Lo que ocurre es que luego hay que realizar un ejercicio de interpretación de los mismos que no siempre pueden llevarse a cabo. Así que, entonces, entra en juego la inteligencia y el ingenio. De todo lo que allí se ha expuesto solamente hay algunos elementos fundamentales, el resto es maquinaria obsoleta, juego de magias, algo que hay que despreciar porque confunde. 

La frase final de Poirot al descubrir al asesino: "Usted, doctor Sheppard" es espectacular y cierra un clímax absoluto. En las novelas de A. C. es costumbre que un auditorio en el que se encuentran los asesinos, oigo con detalle las explicaciones de Poirot acerca de su propia investigación. En este caso, extraordinariamente, el auditorio está formado por una sola persona, el doctor, responsable y asesino a la vez. Y esto es así porque, en un rasgo de humanidad y de simpatía por las personas, Poirot quiere preservar a la inocente Caroline, la hermana del médico, de conocer el crimen de su querido hermano. Así que dará la opción a Sheppard de tomar una decisión que lo salve del oprobio de ser considerado un asesino. Ya imaginamos cuál es esa solución. 

Genial el libro. Genial la forma en la que se cuentan los hechos. Geniales los retratos de los personajes y esos pequeños guiños a la forma de ser de Poirot que tanto tiene que ver con el descubrimiento de la verdad. Su forma de ordenar los objetos, su control del tiempo, su pensamiento cuadriculado pero no tanto...todo se convierte en una eficaz herramienta al servicio del suspense, pero de un suspense cotidiano, amable, diferente, humanizado. Un suspense made in Christie.

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