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"Cumbres Borrascosas" de Emily Brontë

Cuando era muy, muy pequeña leí este libro por primera vez. Me recuerdo sentada en mi azotea, un espacio abierto al sol, al salitre y al viento de levante. Los días de viento se convertía en un territorio inhóspito, casi tanto como esa casa en la que Cathy, la protagonista, pasaba las horas en compañía tan dispar. Pero, cuando entraba por la bahía el suave aire del sur o el viento estaba en calma, era una delicia subir allí arriba, en total soledad, con tu libro, tu larga melena recién lavada para que se secara al sol o, simplemente, con tus propios pensamientos. 

Las niñas pensativas son mujeres calladas. Eso me decían. O, al menos,  mujeres que callan lo esencial. Y es cierto, lo rubrico. En todo caso, la lectura del libro me puso en situación de atisbar sentimientos que entonces, por edad, me estaban todavía vedados, pero que yo sabía que podían astillar, en cualquier momento, la plácida riada de las tardes lentas del verano, cuando la principal distracción era soñar. 

Wuthering Heights fue publicado con el pseudónimo de Ellis Bell. El apellido Bell lo habían acordado las hermanas Brontë para la autoría de sus libros. En este caso el recibimiento que la obra tuvo fue mucho peor, por ejemplo, que el que recibió Jane Eyre de Charlotte, más adecuada al gusto del público, aunque, a la larga, con menor repercusión literaria y artística en general. La vida de las Brontë estaba tejida de sorpresas, fantasmas y ritos especiales. Eran, en sí mismas, personajes literarios, y ello se puede comprobar con toda claridad en las biografías que existen sobre ellas. Mujeres raras, diríamos. Extrañamente llenas de ilusiones incumplidas. Inmersas en una realidad que, quizá, no existía. O sí, pero era inasible para los otros, quién lo sabe. 

El libro vio la luz en 1847, treinta años después de que Jane Austen falleciera dejando, para que se publicara póstumamente, su Persuasión. Confieso que cualquier obra de Austen, como quizá ya he dejado dicho en miles de sitios, me conmueve y me perturba más que las de estas hermanas. Ese aire fantasmagórico, crepuscular, casi mágico, de los libros brontianos me resulta algo inquietante.

Pero Cumbres Borrascosas va unida a sentimientos especiales. Su lectura llegó en un momento, los trece años, en que el tiempo parecía detenido. He escrito otras veces de mis trece años. Nada ha habido después que iguale ese ambiente tenso de espera ante la tormenta. Algo iba a ocurrir y yo lo sabía. Por eso, aquel verano se convirtió en un caleidoscopio cuyos colores y formas cambiaban a cada paso. El descubrimiento de la vida tuvo mucho que ver con la lectura de algunos libros y este fue uno de ellos. Es, por eso y para mí, un libro iniciático.

Debía haber sabido yo entonces, alguien debió haberme advertido, que una educación sentimental con Cumbres Borrascosas, La edad de la inocencia y El amante de Lady Chatterley de por medio, no podía traer más que disgustos. Cualquiera entendería que buscar entre el universo mundo a alguien como Hithcliff o el guardabosques Mellors es tarea imposible. 

Las versiones cinematográficas que se han hecho sobre la historia nos han puesto en contacto con los personajes que, al leerla, habíamos imaginado. Más o menos acertados, más o menos de acuerdo con aquello que nuestra mente creó, las pasiones, los odios, los amores, la vida, se filtran por el argumento y se adentran en las interrogaciones que todos nos hacemos a cada paso de nuestra existencia. Es una historia llena de preguntas. Es una historia de límites que se traspasan. Lo es de perdón y de resistencia. Es una historia oscura en la que emerge una claridad inesperada. Es emoción sin domesticar. ¿Quién no querría despertar una pasión así? ¿Quién renunciaría a sentirse de esa forma en los brazos de un hombre que te ama? Lo dijo Robert Browning y los poetas, ya lo sabemos, no mienten. Al menos cuando escriben oficialmente versos. 

Emily Brontë publicó esta única novela y lo hizo un año antes de su muerte, en 1848, con treinta años. Sus preciosos poemas forman parte del libro conjunto con sus hermanas Anne y Charlotte, su otra obra publicada. Poesía íntima, profunda, impregnada de ese olor a rosas que te abraza el alma sin que puedas evitarlo y que enlaza con la estructura emocional de Cumbres Borrascosas, en donde la venganza y el amor son fuerzas telúricas que amenazan la existencia y, a la par, la sostienen. El amor más allá de la muerte, el amor insondable, la búsqueda del sentido de la existencia, la confrontación que conduce al desastre, la mirada que observa y no actúa, las diferencias de clase, los caracteres que rompen a modo de olas que atraviesan la playa...

Una niña de trece años se inclina sobre el libro allá, en su ciudad levítica, surcada por el océano Atlántico, en un verano devastador de sueños, constructor de emociones. La niña lee un libro sin imágenes y clava en su retina las voces, las formas y los deseos. Esa lectura será inspiradora. Destruirá sueños infantiles y abrirá la puerta a una vivencia nueva. Nadie lo percibió, pero la niña que abrió el libro no era la misma niña que lo cerró unos días más tarde. No era ya solamente una niña. Aunque algunas preguntas continúen sin respuesta.


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