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El encuentro



PRIMERO

Una mujer sube a un tren. Es un tren de alta velocidad. Un vagón silencioso. Viernes al mediodía, octubre, un otoño que se inicia en un día esplendoroso con el cielo tan azul que lo cubre todo de una pátina emocionante. Es un día en el que pueden ocurrir muchas cosas, un día de expectativas, de promesas. La mujer espera que esas cosas sean buenas, que le traigan felicidad. Hasta ahora ha tenido poca suerte en la vida, pero quizá ahora todo cambie. Este viaje puede ser una señal. Una variable en su camino, un atajo hacia tiempos más fructíferos. 

La mujer tiene una edad indefinida, entre cuarenta y cincuenta años. Va bien vestida, con ropa de calidad que revelan buen gusto. La ropa ha sido escogida con sumo cuidado, probada ante el espejo, fotografiada quizá para ver cómo resulta. Quiere dar una buena impresión. La primera impresión constituye la tarjeta de presentación y no es sensato dejarla a la improvisación. Por eso ha ido el día anterior a la peluquería y se ha retocado un poco la media melena castaña, con algunas transparencias de un rubio dorado que la hacen más joven, más alegre. 

Por eso se ha maquillado más que de costumbre y se ha pintado los ojos con unos lápices nuevos, azules y grises, a tono con la ropa. Aunque las gafas de sol ocultan sus ojos ella sabe que puede quitárselas con tranquilidad porque su mirada ha quedado muy bonita con esa mezcla de colores que armoniza con el fondo de sus ojos, extrañamente violetas. 

Y la sonrisa…ella cuida siempre su sonrisa, pero ahora más aún. Alguien le dijo una vez que sonreír era una forma de ser amable. Pues bien, su sonrisa es abierta, agradable, limpia, con unos dientes casi perfectos y unos labios carnosos y frescos, ahora pintados de un rosa suave aunque brillante. Dan ganas de besarla, aunque eso ella no lo sabe, ni siquiera se lo plantea. Porque la han besado poco, muy poco. Y cuando lo han hecho, ella ha cerrado los ojos porque no ha sabido dónde mirar ni cómo. 

Ha elegido con mimo la ropa que lleva puesta. Un vestido con fondo blanco y motitas azules y un abrigo de verano, blanco roto, con el interior en un estampado azul muy parecido a las motas del vestido. Azul y blanco. Mucho tiempo atrás el azul fue su color favorito, pero, por eso mismo, todo lo que tenía era azul, de manera que llegó a cansarse y, en los años siguientes, el azul quedó desterrado de su vestuario. Hace poco tiempo que el azul ha vuelto a su guardarropa y este vestido y este abrigo son una muestra de ello. 

La mujer lleva unos bonitos zapatos de color fucsia, hechos con un material trenzado muy agradable, abiertos por detrás y con un tacón mediano, suficiente para ella, porque es una mujer alta, que no necesita añadir centímetros a su altura. Esa altura, que para todos parece ser un atributo positivo, a ella le ha creado siempre problemas. Cuando era pequeña nadie podía dejar de echarle más años de los que tenía debido a su altura, tan dispar con la del resto de las amigas. De mayor se sintió algo deslavazada, como si no controlara su cuerpo, como si su cuerpo no tuviera suficiente gracia o equilibrio, debido a que creció muy rápido. Ahora es diferente. En realidad se ocupa poco de su físico, salvo de ir correcta y con ropa buena. Pero la coquetería ha pasado de largo hace tiempo, no la necesita para su trabajo,ni para su vida.



SEGUNDO

Quizá fue el aburrimiento el que, hace un par de años, la llevó a usar las redes sociales. Se abrió una cuenta en Twitter con un nombre que no era el suyo. Colgó en su perfil una foto que no era la suya, sino una imagen de un cuadro impresionista que le gustaba mucho. Al fondo, un paisaje desolado, árido, como si la foto volara en el aire, sin asiento alguno. Completó sus datos con alusiones a sus aficiones, las carreras de caballos, el campo, la naturaleza…Se sorprendió al ver como empezaban a aparecer seguidores a pesar de que ella no escribía apenas, solamente se dedicaba a retuitear algunos mensajes. Comenzó a seguir a algunas personas, con unos perfiles parecidos al suyo, recomendaciones que la propia red le ofrecía. Dedicaba poco tiempo a trastear en el ordenador.

Todo el primer año transcurrió en una especie de modorra cibernética. Nada de interés, aunque seguía entrando de vez en cuando a ver qué nuevos seguidores había. Cuando alguno se iba, evidentemente aburrido de que en su cuenta hubiera tan pocas aportaciones, siempre tenía una sensación de pequeño fracaso.

Al principio del segundo año un nuevo seguidor atrajo su atención. La imagen no era una fotografía sino un dibujo, una especie de cosa abstracta que no se veía demasiado clara, unos garabatos casi. El nombre también era un pseudónimo, @vuelo.alto, no aparecían datos de ninguna página web, ni blog, ni nada parecido. Solamente el de la ciudad, Barcelona. Casi automáticamente ella decidió seguirlo a su vez, algo que hacía en la mayoría de los casos, de manera que sus seguidores coincidían casi al cien por cien con las personas a las que seguía. Personas o instituciones, porque había revistas dedicadas al mundo del caballo o la naturaleza, incluso hipódromos o digitales de medio ambiente. 

@vuelo.alto tenía unos gustos muy parecidos a los suyos y se encontraron señalando los mismos favoritos y retuiteándose mutuamente. Cuando llegaba la noche, tarde, ella se sentaba en su casa, en su butaca, sola, porque no vivía con nadie desde que su madre falleció cuatro años antes, y repasaba los tuits que iban cayendo uno tras otro, entrando y saliendo de los enlaces de artículos de revista o de comentarios en blogs. Esto le proporcionaba entretenimiento y cierta paz, una paz que necesitaba y que era un bien extraño para ella.

No recuerda qué fue lo que le llamó la atención de @vuelto.alto pero una noche se vio enfrascada en una conversación con él. Giraba en torno a una carrera de caballos que iba a tener lugar en fecha próxima. Ella tenía sus propias ideas al respecto y discutieron casi acaloradamente, casi como si fueran amigos. Era la primera discusión no profesional que sostenía en muchos años. Le resultó agradable. Ambos defendían sus opiniones con vehemencia pero de forma muy educada. Los dos escribían con total corrección. Ninguno usaba raras abreviaturas ni palabras a medio expresar. Esta circunstancia le agradó, no soportaba a la gente que escribía mal. 

Eso fue el inicio de su, llamémosla, relación. Casi por inercia, en un acuerdo tácito, cada noche, o, al menos, la mayoría de ellas, ambos se comunicaban a través del Twitter, hasta que comenzaron a usar los mensajes privados. De esta forma sus charlas fueron más personales. Ella le contó cosas de su vida, la muerte de su padre, hacía ya diez años, la de su madre, hacía cinco, el hecho de que vivía sola, su trabajo tan absorbente, cómo le costaba tanto relajarse y evadirse cuando estaba inmersa en una instrucción complicada. Últimamente lo eran todas. Le dijo que nunca se había casado, que no tenía hijos tampoco. En contrapartida, él le contó que estaba divorciado desde hacia bastante tiempo, que su hija era ya mayor y que no creía en el matrimonio ni en ninguna unión seria, todo eso le parecía matar el amor, decía, matar la pasión, sobre todo. Y la pasión era muy importante, por eso lo mejor era el tiempo del conocimiento, explicaba, ese en el que las personas se descubren la una a la otra. 

Los mensajes de él caían en cascada en el ordenador o en la tablet noche a noche. Tenían sentido, eran coherentes y a ella le suponían entrar en otro mundo, un mundo desconocido, el mundo masculino, con sus peculiaridades, sus manías. Era un mundo al que ella no tuvo nunca acceso, por eso le parecía tan atrayente, le sugería tantas cosas. Aparte de su trabajo, su vida se había reducido a cuidar de sus padres, a estar con ellos, a procurarles comodidad. Ambos fueron personas de fuerte carácter y, a su lado, ella se sintió disminuida, falta de brío, incapaz de tomar decisiones.



TERCERO

Habían pasado ya unos meses desde que comenzaron su relación virtual cuando ella empezó a preguntarse cómo sería él. Qué aspecto tendría, cómo seria su mirada, su voz. Si era atractivo, si era más o menos joven que ella. Todos estos aspectos estaban ocultos, escondidos, ninguno de los dos había mencionado nunca esos detalles. Sus aficiones, su estado civil, algo de su historia familiar, esas eran las cuestiones que, en sus mensajes directos y en el propio Twitter, habían tratado. Pero hay tantas cosas por conocer, pensaba ella. En realidad, eran dos extraños. Incluso todo podía ser una mentira. Incluso detrás de ese hombre anónimo podía existir un asesino, un maníaco, una mujer disfrazada de hombre, una organización que quisiera captarla.

Las cosas que fue sabiendo de él, todas de forma casual, la decepcionaron un poco. Era algo más joven que ella, pero no demasiado. Había trabajado como fotógrafo en varios medios y en estos momentos estaba en paro, haciendo fotos por libre y vendiéndolas cuando tenía ocasión. Su vida era desordenada, bohemia, todo lo contrario que la vida de ella, tranquila, predecible. Eran muy distintos. Pero algunas cosas los habían unido. Quizá la soledad. El desasosiego de llevar una vida equivocada. Una vida que a ninguno de los dos les gustaba. 

No recuerda quién sugirió la idea de encontrarse. A mitad de camino, en Madrid. Ella subía de vez en cuando, tenía allí algunos familiares con los que mantenía un contacto estrecho. A él le pareció muy bien encontrarse en Madrid, era una ciudad que le gustaba, pensaba mudarse a ella en cuanto pudiera. Tenía toda la vida por delante, pensaba ella cuando él le contaba estos planes. 

Acordaron los detalles y por eso ella está en este tren. Pensando en cómo fue todo y en cómo se desarrollarán las cosas. Tiene miedo. No le ha ocultado nada pero ahora…la expectativa de verlo le causa temor. Es una mujer normal, no una chica atractiva de esas que arrebatan a los hombres. Su altura no compensa su cara corriente y su falta de gracia al andar. No sabe cómo es él pero sabe que lo reconocerá. Será el único en el andén que lleve entre las manos un ejemplar de Anna Karenina. 





Y CUARTO

El tren está a punto de llegar a su destino. Es la hora indecisa del crepúsculo. Solamente dos paradas y será el momento de encontrarse, de encontrarlo. Siente un poco de vértigo. Cómo será en realidad. Una imagen borrosa no dice nada. Y los mensajes escritos son solamente una pista, pero puede ser que escondan una personalidad que ella no imagina. Por un momento se asusta. Esto es una locura, una auténtica atrocidad. Qué dirían sus padres si pudieran verla...Dirigirse de esta forma insensata al encuentro de un desconocido, al que solamente conoce a través de unos mensajes. Unos mensajes que no significan nada. Una afinidad supuesta, inventada. Ha sido su soledad, su desapego del mundo, su falta de vida social la que la ha conducido a esto y ahora no puede dar marcha atrás. Ahora está aquí, en este tren, dándose cuenta de que es un error fatal el que ha cometido. Ve el rostro de su padre, severo, diciéndole con claridad que es una loca, que no tiene sentido común, que se pone en peligro con sus ideas absurdas sobre el amor y la vida. Y el de su madre, triste, apagado, hundido, recordándole que lo mejor es la rutina de cada día, que lo mejor es una existencia tranquila, sin sobresaltos, sin que nadie tenga que criticarte, en total anonimato. 

El tren ha llegado a la estación. Ella se mantiene sentada en su asiento, como si no pudiera moverse. Todos los pasajeros circulan por los pasillos en busca de la salida. Van bajando ordenadamente por las puertas del tren de alta velocidad. En el andén se producen encuentros. Sonrisas, abrazos de bienvenida, saludos...Ella sigue sentada en ese tren, en ese asiento, sin moverse, casi sin respirar. Por un momento tiene la sensación de llevar allí toda la vida, toda la vida sentada en ese mismo sitio, viendo a la gente abrazarse, reírse y respirar. Toda la vida, una vida que no parece tener fin nunca...

De pronto se levanta. Coge con fuerza la pequeña maleta roja que ha llevado consigo, la arrastra hasta la puerta más cercana. La levanta con decisión al bajarse del tren, rápidamente, con movimientos bruscos, como si no pesara, como si todo tuviera la levedad del aire. Anda arrastrando la maleta en una dirección cualquiera, hacia delante, no sabe adónde, adónde sea, piensa enseguida, como sumida en un trance inesperado. Su seriedad se vuelve alivio y hasta alegría. Del fondo del andén una figura masculina emerge y, sin previo aviso, se acerca a ella y la besa, la envuelve con su abrazo, mientras el libro de Tolstoi rueda por el suelo...


(Cuadros de Hopper) 

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