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Septiembre

Lo encontré de repente en una librería, una de esas librerías grandes que tienen de todo y en las que los dependientes usan ordenadores para encontrar los libros. Él estaba en un rincón, allí donde se apilaban las novelas de ciencia ficción, un rincón al que yo nunca me habría acercado. Si no fuera porque lo descubrí a lo lejos. Era septiembre, todavía hacía calor, aunque a esa hora, cerca del cierre ya, la temperatura permitía estar en la calle y olvidarse unas horas del aire acondicionado. Llevaba puesto un pantalón vaquero y una camisa blanca. Pero reparé en seguida en su presencia, ahora entiendo por qué, entonces fue solamente una intuición. Yo rebuscaba libros buscando a mi autora favorita pero no hallaba nada. Y me sorprendí parada, suspendida en el aire, mirando a ese desconocido, sin apartar la vista de sus movimientos. Se movía muy despacio, tocaba los libros, los hojeaba, los abría y cerraba, pero lo hacía con una parsimonia distinta a mi nerviosismo. Nadie allí estaba tan tranquilo, tan relajado, nadie parecía hallarse en su casa, salvo él. 

Lo decidí de pronto. Tuve que hacerlo. Lo pensé en un segundo. Pronto se irá. Escogerá los libros, pagará, cruzará la puerta acristalada y se marchará. No sé su nombre, ni su teléfono, ni dónde vive, no sé nada de él. Se irá y yo no volveré a verlo. Se irá para siempre. No sé qué extraña fuerza me hizo rebelarme contra aquella idea, o sí, sentí una tristeza nueva cuando pensé en perderlo. Así que actué todo lo torpemente que sabía, todo lo burdamente que pude. No preparé mis frases, ni dulcifiqué mi voz, ni usé un movimiento sensual, ni me moví con gracia. Simplemente crucé el pequeño espacio que nos separaba y lo abordé. Con el mismo escaso tino con que me había movido. Hola. Parece que te gusta la ciencia ficción. Estaba tan embebida en mirarle que no me avergoncé siquiera de ser tan obvia, de disimular tan mal mi interés. Sí, me contestó. Y a ti...Su pregunta no llevaba interrogante sino puntos suspensivos, porque esperaba que yo acabara la frase. Pero yo no podía dejar de mirarlo, de fijarme de cerca en sus ojos, que eran tan expresivos, con unas pestañas que aleteaban y parecían cubrirlos, sus ojos que me miraban como si me llenaran de una luz diferente, algo desconocido, algo que yo necesitaba ya tener para siempre. A mí no me gusta, le dije como pude. En realidad, no sé si me gustan esos libros. No he leído ninguno. Entonces se rió. No fue una sonrisa pequeña. Fue una risa grande, amplia, abierta, una expresión de libertad y de ternura. Se rió mirándome y yo también reí y entonces cogió un libro del montón y se acercó a mí. Mira, este libro te puede gustar. Es para principiantes. Si te gusta, te engancharás para siempre. Si no te gusta, olvídate. Puedo olvidarme de la ciencia ficción, pensé, pero no puedo olvidarme de ti. Así que, sin pensarlo, o quizá con todo el corazón que nunca antes había puesto en nada, le espeté algo así como tienes algo que hacer después de esto. Pagar el libro, dijo. Y luego, nada. Una cerveza...pregunté sin interrogantes, con una voz que no era la mía, que era una voz totalmente prestada. Claro, me dijo, vamos a la caja y salimos. 

De esto hace ya cinco años. Ahora escribo ese recuerdo mientras lo contemplo. Está dormido. Desnudo, como le gusta dormir. En nuestra cama. Las sábanas están revueltas. En el cuarto hay un aire denso, especial, el aire que cubre las casas cuando se ha hecho el amor. Él está dormido con la misma expresión tierna que le conocí entonces, con el mismo pelo revuelto, con sus hermosísimos ojos cerrados, con su boca tan dulce, tan dispuesta a los besos. Parece un niño, pero no lo es. Doy fe de ello. Es un hombre. Es el hombre al que quiero. No me gusta la ciencia ficción. Pero a él lo adoro. 

Comentarios

Daniel Lanza ha dicho que…
Precioso. Un saludo.

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