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La señora Tolstoi


Las esposas de los genios, las mujeres que comparten su vida con personalidades de cualquier campo, no lo tienen fácil. Conocemos muchos ejemplos que ilustran esa dificultad, añadida a la convivencia, de estar con alguien que, por algún motivo, sobresale de una forma especial. No es cuestión ahora de recordar esos casos, pero sí de detenernos en uno que me ha llamado poderosamente la atención estos días: me refiero a Sofía Tolstoi, la mujer de León Tolstoi, el escritor ruso que ha dejado obras imperecederas, una de las cuales "Ana Karenina" es, para mí, el culmen de la novela psicológica dicho sea en el mejor sentido. La prensa ha traído a Tolstoi a la actualidad cultural porque estamos en el centenario de su muerte, ocurrida el 20 de noviembre de 1910 en circunstancias muy extrañas: solo, sin su familia, en una estación de tren.

La genialidad de Tolstoi, su capacidad de describir tipos humanos universales, sentimientos imperecedores, ambientes diversos, es algo conocido y reconocido. También su voluntad pedagógica, pues mantuvo siempre a su alrededor un gran número de discípulos, a los que enseñaba en las escuelas que fundó. Discípulos al modo socrático, pues el intelecto, la capacidad de expresión y de reflexión, eran cosas fundamentales para un hombre que vivió plenamente integrado en un mundo alejado de las cosas cotidianas y que se expresaba por medio de la palabra y la idea.

En el conjunto de reediciones, estudios, ensayos, recopilaciones, que estos días, con motivo de ese centenario, aparecen con respecto a la obra de Tolstoi, encontraremos sin duda motivos para conocer mejor a este escritor. Pero, curiosamente, también ha aparecido una edición que no esperábamos: los Diarios de su esposa, de Sofía. Desde 1862 hasta 1919, con etapas intermedias sin escribir, encontramos en los Diarios una vivencia clara de lo que era la vida familiar de Tolstoi y también su vida profesional, pues Sofía fue su transcriptora y también la persona que llevaba las cuentas y el control financiero de la familia. Era costumbre corriente en las señoritas de buena posición de la Rusia de entonces llevar un diario. Este diario se interrumpía cuando se casaban, pues las ocupaciones nuevas y, quizá, la felicidad, hacía innecesaria su existencia. Pero en el caso de Sofía, como ella misma cuenta en la primera entrada del Diario, a las dos semanas de la boda ya empezó de nuevo a escribir y lo hizo porque ya entonces algo parecido a la insatisfacción comenzó a rondar en torno a ella.

No creo que, en el caso de Tolstoi y de su esposa, con sus desavenencias, con esa forma tan diferente de entender la vida y las relaciones humanas, haya que tomar partido. Es más interesante acercarnos a ambos y ver cómo un mismo tema, una misma circunstancia o cuestión aparecen reflejados y vistoa de forma muy diferente, lo que indica distinta personalidad y un alejamiento que cada vez se hizo mayor. He comenzado a leer los Diarios de Sofía y puedo deciros que me han impresionado. Por su escritura, fácil sin resultar simple; por su contenido; por la fuerza de sus sentimientos y sus convicciones; es una lectura que atrapa y que enseña una trastienda que no esperábamos ver y que, seguramente, existe en todos los casos aunque no tengamos la suerte de que algo como unos Diarios, nos la muestre.

La editorial Alba Clásica ha sido la responsable de esta edición, con una traducción muy cuidada a cargo de Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández. Sus 680 páginas son tan interesantes como para mantenernos en vilo, pues estamos asistiendo a la contemplación de una familia inusual, la formada por un escritor de extraordinario talento, a la vez latifundista y propietario de 330 siervos que trabajaban sus tierras, una mujer voluntariosa y nada conformista, además de trece hijos que sobrevivieron de dieciséis partos. Sofia Andreievna Behrs emerge del fondo oscuro en el que estaba, siempre oculta tras el esplendor de Lev Tolstoi y se nos muestra no solamente como un ama de casa que tiene que realizar y dirigir numerosas actividades, sino también como una persona resentida, que nunca llegó a ser feliz porque, sencillamente, no se sintió amada.

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