jueves, 2 de mayo de 2019

La ciudad de las sombras


Fritz Lang decide hacer un noir que pase a la historia del cine y se apresta a ello sin complejos. Toda la maldad del mundo se concentra en la imaginaria ciudad de Kenport, del imaginario condado de Parkway. Imposible situar la acción en un enclave real. Mucha gente podría darse por aludida y las demandas judiciales volar hacia la mesa de los Estudios de la Columbia. 

Los ingredientes de la historia estaban ya en un serial de tercera fila (todos los seriales lo son) que un tipo con ansias de grandeza, William P. McGivern, había convertido en novela y un genial periodista de sucesos, Sydney Boehm, en guión. Los periodistas de sucesos son gente retorcida, que disfrutan con los crímenes pasionales y los cuerpos troceados. Se pasean por los velatorios buscando carnaza y son capaces de ingeniar una historia en horas veinticuatro. No puedes fiarte de ellos. Salvo si se convierten en guionistas y desahogan así sus bajos instintos literarios. 

En la trama de la película conviven el crimen organizado, el soborno, la venganza, el odio, el interés y el engaño, con el deseo de justicia y la defensa de los principios. Basta un hombre bueno para no perder la esperanza. Ese hombre es Glenn Ford Bannion, el sargento de policía que pondrá toda la carne en el asador para conseguir averiguar aquello que ha llevado a la muerte por suicidio a su compañero Duncan. Lo apostará todo, incluso a su esposa, que será abatida por los malos dentro de esta ceremonia de jauría humana, sin Marlon Brando, aunque con la hermana Jocelyn, lo cual que no es lo mismo pero tiene su toque de saga familiar. 

Todo está contaminado. Kenport es una ciudad en sombras. Como en ese cómic de Dick Tracy que protagonizaron un Warren Beatty vestido de amarillo y una Madonna haciendo de lagarta con clase. Aquí la corrupción ocupa todas las parcelas de la vida. Es el lenguaje. El modo. Cuando no funciona, aparecen el soborno y el chantaje. Luego, el asesinato. Las estructuras sociales están corrompidas y Lang no se recata a la hora de implicarlos a todos. Que nadie quede a salvo de esta degradación. Pero, además, introduce la inquietud, la duda, la confusión, con esos personajes cuya ambigüedad moral es lo más peligroso. La violencia se huele, se oye, aunque no se ve. Es una violencia oculta. Una violencia presentida.  Una violencia invisible. 

El contraste entre buenos y malos se reproduce en la fotografía, con negros, blancos y grises a contraluz y claroscuros inéditos. Los diálogos son tan acertados como en todas las películas de la serie negra, diálogos que se quedan en la memoria y que estás tentado a reproducir en cualquier situación de la vida, aunque no medien pistolas ni puñetazos. Te llegan tan dentro que repites las frases como si se las hubieras oído al vecino de enfrente. Oye tú, canalla, lárgate o te descerrajo una bala en tu puta cabeza. Cosas así. 


La música orquestal, a base de viento y de cuerda, cerca los espíritus y los va arrastrando sin piedad, desde una primera parte expositiva, donde la narración es lo que prima, hacia una segunda parte conclusiva, llena de sorpresas y de evidencias que no queremos ver. Esto no está pasando. Miras y cierras los ojos. Observas con las manos colocadas en la cara, en ese gesto infantil que intenta no perderse nada sin asustarse del todo. Esa forma de mirar tan típica de las películas que te inquietan sin que haya monstruos en la pantalla. 

Todos los aspectos técnicos están al servicio de un ritmo narrativo feroz, impulsivo, directo, sin ambages. Glenn Ford no está para florituras, así que va directo al grano, pero tiene un momento de debilidad y esa debilidad, con nombre de mujer, certifica que es humano y no un hombre de negro o un extraterrestre. Debilidad es una enfermedad femenina, por eso es más terrible que los hombres la padezcan. 

Algunas cosas definen la cinta ante los ojos de aquellos que la adoran: La gabardina sencilla y amplia de Glenn Ford, la maldad unívoca de Lee Marvin y, sobre todo, el ejercicio de estilo de esa violencia elíptica. Quizá sea la película más violenta del cine de esa época pero está tratada con una elegancia formidable, situándola siempre o casi siempre fuera de escena. 

Vivir entre sombras tiene eso: la oscuridad avanza, se despliega, se extiende. Se apodera del alma de los buenos y, al final, nadie quedará incólume, todos se mancharán del mismo lodo. 

Una poética de la desesperanza que terminará convertida en papel de periódico destinado a envolver un trozo de cordero fresco. 



Sinopsis: 

Tom Duncan, policía, deja, antes de suicidarse, una carta en la que relata los sobornos que ha recibido por parte de los gánsters de la ciudad de Kenport y denuncia la corrupción de políticos y funcionarios. Este es el inicio de una investigación que llevará a cabo Dave Bannion, sargento de policía, quien, en su intento de esclarecer su muerte tropezará con un volcán en erupción, cuya lava lo arrastrará a él también. 

Algunos detalles de interés: 

“The Big Heat”, de título español “Los sobornados” es una película de 1953, dirigida por Fritz Lang, considerada una obra maestra del género negro. Está basada en el serial del Saturday Evening Post que había escrito William P. McGivern, editado como novela en 1952. El guión corrió a cargo de Sydney Bohm, la fotografía de Charles Lang y la música de Daniele Amfitheatrof. 

Se trata de una película de bajo presupuesto, convertida en film de culto sin necesidad de demasiado esfuerzo propagandístico por los Estudios de la Columbia Pictures. 

En su reparto, Glenn Ford (Dave Bannion), Gloria Grahame (Debby Marsh), Jocelyn Brando (Katie Bannion), Alexander Scourby, Jeannette Nolan (Bertha Duncan) y un extraordinario “malo” Lee Marvin (Vince Stone). 


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