Las cosas bien hechas
/Estación de Pancras. Londres/
Esas cosas las aprendes desde chiquita. Lo ves en tu familia, en tu casa, te lo dicen una y otra vez. Te las repiten y las aprendes. Aprendes a hacer las cosas bien hechas, a no quedarte con nada de otros, a ser amable y saludar, a cuidar tu ropa y tus libros, a ayudar en casa, a respetar a tus vecinos y no darles la tabarra. Pequeñas cosas, claro está, porque los niños no podemos abarcar más alto. Pero, cuando el tiempo pasa, esas cosas se han convertido en principios, en valores y ya te das cuenta de que tu familia, tus padres, tus abuelos, tus hermanos mayores, han cumplido su función educativa. Eres una persona cabal. Si piensas que este razonamiento no tiene nada que ver con los trenes, con los choques, con los descarrilamientos y con las desgracias, te equivocas. El axioma de las cosas bien hechas se traslada a todo en la vida. Y el de la honestidad, corolario de lo anterior. Y el del respeto, que está enlazado con la amabilidad. Amable, honesto, concienzudo. Todo eso te convierte en un buen profesional y en una persona solidaria. Solidaria del día a día. Sin televisión, sin fama, sin relato. Solidario en silencio. Sin pretensiones y sin creerte un iluminado. Quizá las circunstancias te permitan entonces convertirte en un ciudadano consciente, si tienes la suerte de tener un buen gobierno. Qué buen vasallo si tuviese buen señor. Los clásicos.


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