lunes, 31 de diciembre de 2018

"La carne" de Rosa Montero


Soledad es de esas mujeres cuyo destino es amar. Y si no tienen amores parece que les falta algo. Entonces los buscan desesperadamente. Sufren, es cierto, pero parece que ese sufrimiento les sirve más que el vacío o que la ausencia. Cuando Mario la abandona (en realidad nunca lo tuvo, así que no puede hablarse de abandono sino del adiós a una aventura) ella decide buscarse a un chico de compañía para que ese hueco lo llene alguien, a ser posible guapo y a ser posible tierno. Lo primero está asegurado. Aunque cueste dinero. 

Adam es el gigoló que la agencia enviará a Soledad y que será su pareja de algún modo el tiempo que dura la novela. Que no sabemos si es mucho o si es poco, porque la cronología se interrumpe por otras voces que aparecen en el libro. Esas voces tienen que ver con el trabajo de Soledad, una comisaria de exposiciones que enfila lo que ella considera el último tramo laboral de su vida. Soledad está preparando un gran evento en la Biblioteca Nacional sobre escritores malditos y las historias de estos escritores salpican la narración, no de modo aleatorio, sino integrándose en ella, llenando de contenido algunas de las dudas y de las sinrazones de Soledad. 


Las vidas de Adam y de Soledad tienen, aunque no lo parezca, ciertos puntos en común, algunos de ellos muy curiosos. Quizá estaban condenados a encontrarse aunque sea en estas circunstancias. Las vidas de ambos han sido difíciles, aún lo son, y esa sensación de vivir en la cuerda floja siempre une a las personas. Es algo que todos hemos experimentado alguna vez y se llama afinidad, algo más fuerte incluso que el amor aunque no tanto como el odio. 

Los dos planos literarios en los que la historia transcurre se complementan: esos escritores malditos o "excéntricos" como alguien los llama en el transcurso de los hechos, tienen todos algunas características que Soledad entiende a la perfección. De todos ellos, solo uno es invención de la autora y no diré cuál para no perjudicar la trama, aunque cualquier entendido en la materia, cualquier lector avezado, puede descubrirlo. En todo caso, hay una conexión permanente entre los sentimientos de Soledad, su pasado, su presente y las vidas de aquellos otros que solo pudieron subsistir en un mar de problemas. Esa conexión es la escritura, la literatura. Soledad ansía escribir un libro porque sabe que esa forma de permanencia es la que más puede atarla a la tierra, la que más puede afirmar lo que es. En este sentido el libro reafirma algo que la propia Rosa Montero ha dejado claro muchas veces en entrevistas y que otros escritores refuerzan con su obra y su vida. El papel salvador de la literatura como forma de sobrevivir al dolor y al miedo, los dos elementos perturbadores de cualquier persona. 


Soledad es una mujer madura. Tiene sesenta años. No hay apenas novelas ni argumentos que hablen de las mujeres de sesenta años, de su sexualidad, de sus necesidades, de su día a día. Ella afirma, en un momento dado, que se siente como si tuviera dieciséis. Destaca con ello que el envejecimiento es inevitable pero también es una convención, una dicotomía entre la decrepitud del cuerpo y la pujanza de la mente, del corazón, de las emociones. Esa doble sensación es la que produce dolor en alguien como Soledad que no renuncia a sentir lo que sentía cuando era más joven o lo que debía haber sentido. De ahí ese arranque que surge en ella cuando ve a una vecina en apuros. Disfruta de lo que tienes ahora, quiere decirle, disfruta de ser joven, de tener veinticinco años, la vida pasa rápido y no recordarás lo que eras cuando envejezcas. 


De una forma colateral Rosa Montero introduce, a través de la profesión de Soledad y de su actividad como comisaria de exposiciones, algo de lo que es el mundo artístico, el de los elegidos, el mundo de los que dominan los ámbitos públicos. Habla de dos polos que se unen en uno solo, el mundo del arte y el del dinero. Excelente retrato de ambos en un acto al que ella acude a modo de outsider, de espectadora, de mujer ajena a todo ello, de persona hecha a sí misma y que no pertenece a ninguno de esos ambientes, llenos de primos que se casan entre sí, de lazos comunes, de apellidos dobles y de gente que mueve los hilos de la existencia de otros. Soledad hace así honor a su nombre y en su vida hay algunos secretos que no desvelaré pero que explican esa actitud retraída y llena de complejos. Se deslizan algunas de esas carencias, aunque sutilmente, como la de no tener hijos, la de ser considerada, por ello, una mujer incompleta, sin hijos, sin pareja, sin perros. 

A pesar de la contundencia del argumento este no es un libro triste, ni pesado, sino que el sentido del humor, la distancia grotesca que impone la autora al ritmo de la narración lo salvan de esa sensación molesta de estar oyendo una queja permanente. Desternillante la explicación de cómo la maleta de viaje de una mujer mayor es mil veces más complicada que la de una joven. Espléndida la idea de que Rosa Montero, la escritora, aparezca en la historia desparramando sus cosas por encima de la mesa de la cafetería, mientras se come las pastas que el camarero sirve y le cuenta a Soledad algunas cosas de una de sus investigaciones sobre mujeres. Encantadoras las alusiones a la música de la ópera que a Soledad le gusta y hace que vibre durante el acto del amor de una forma distinta. Triste la historia familiar de ambos. Estremecedoras algunas de las vidas de los escritores malditos. Crueles las artimañas de cierta arquitecta y cierto mecenas para orillar a Soledad y encumbrarse ellos. Simpática la petición de Rosa para que no se haga spoiler de ciertos aspectos del libro. 

"La carne" es un libro que se lee de un tirón. Tiene la virtud de que te hace entrar en el argumento enseguida y de  presentar situaciones y personajes que intuyes o que incluso puedes llegar a conocer. Es una reivindicación de que el amor no tiene edad y de que hay muchas clases de amor. También del poder salvador de la literatura, de la injusticia de la vida a la hora de repartir dones y placeres, de la lucha de algunas personas por tener una existencia plena, mientras que otros encuentran todas las facilidades. Es una historia que habla de la discriminación de la mujer madura a la hora de elegir pareja o de enamorarse, todo lo contrario de lo que ocurre a los hombres, que parecen no tener edad (aunque la tienen y resultan patéticos cuando lo olvidan, como recuerda la autora). Es, sobre todo, una historia entretenida, porque sin historia no hay novela y la falta de una historia consistente es el mal de la literatura española en estos años. 

En el trasfondo del libro está el sentimiento de la pérdida. Creo que Rosa Montero no se ha desprendido de él desde que murió su marido en 2009. Hay una escena entre ella y Soledad que ya he mencionado en la que Soledad le pregunta cuántos años pasaron juntos su marido y ella. Veintiuno, le contesta Rosa. Entonces Soledad no puede entender como alguien que ha tenido la enorme suerte de compartir un gran amor durante veintiún años logra ponerse en la piel de aquellos que no han conocido el amor. Cuando hace la pregunta a Rosa ella le contesta con la tesis principal del libro y de todos los libros del mundo: porque existe una cosa llamada Imaginación. Y esa Imaginación unidad a la Verdad (al sustrato cierto, casi autobiográfico, que todos los libros tienen) es lo que forma la argamasa que da pie a la literatura. Esa misma tesis es la que defendía Charlotte Brontë. La misma que se trasluce en la obra de Jane Austen. La única tesis posible que explica por qué no hace falta vivir en Nueva York para narrar la historia de amor entre una dependienta de Rodeo Drive y un ejecutivo de la Gran Manzana. 

La carne. Rosa Montero. Alfaguara. Narrativa Hispánica. Septiembre de 2016. 

Las fotografías de Nina Leen que ilustran esta entrada me han parecido las más adecuadas porque representan a las mujeres que, solas, son capaces de quererse a sí mismas. 

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