miércoles, 15 de junio de 2011

Mi club de lectura

Ha muerto Lolichi, una de las vecinas de mi calle (mi calle es, siempre, para quien no lo sepa, la calle de mi infancia), alguien a quien hace mil años que no veo. La noticia me llega, cómo no, por correo electrónico, y me la da mi hermano David (a quien yo llamaría "el octavo hermano" si viviera en China). No sé si Lolichi formaba parte o no del club de lectura que teníamos en mi calle. Mis recuerdos no llegan a tanto y sé que ella perdió los suyos hace muchos años. Ese club de lectura era muy especial porque no tenía límite de edad y ni siquiera sabíamos que "eso que hacíamos" era propio de un club de lectura. En la tienda de Secundina, casi a la mitad de la calle (una calle larga, larguísima) se cambiaban las revistas (nuevas por nuevas, regulares por regulares, viejas por viejas). Por su parte, de casa en casa, a modo de biblioteca circulante, los libros se movían de mano en mano. A decir verdad, no solamente iban y venían los libros, sino también las recetas de cocina, las formas de hacer el punto de cruz o cualquier otro tipo de bordado, algunos periódicos (El Caso, El Diario de Cádiz, El Mirador de San Fernando...) y toda suerte de intercambios prácticos que servían para cualquier circunstancia de la vida (incluido el préstamo de trajes de madrina o de comunión)...y de chismes.
En ese club de lectura espontáneo los niños teníamos parte importantísima (y he aquí una de las pocas cosas en las que éramos importantes, porque en esa época todavía no habían llegado los tiempos de los "reyes de la casa") y, salvo leer por la mañana (algo que no estaba bien visto en las niñas) todo lo que fuera andar con tebeos, cuentos, libros, tenía la aprobación de nuestras madres. Los cuentos se prestaban mucho más que ahora. Las colecciones de tebeos para chicos que mi padre nos encargaba y encuadernaba, tenían, una vez leídas por nosotras, un largo trasiego de préstamos. También se prestaban las novelas de misterio, las colecciones de clásicos y los libros juveniles de más amplia tradición, entre ellos Mujercitas, que era muy estimado y, más tarde quizá, El Principito.
Tengo que reconocer que mi madre era el adulto más activo del club y que la pasión por la lectura nos ha venido de ella. También es verdad que la lectura diaria del periódico fue cosa siempre de mi padre, que llegaba con el ejemplar de cada día y lo dejaba encima de la mesa un minuto antes que las manos ávidas de quiénes querían ser los primeros en pasar sus páginas y conocer los titulares. Ese acto especial de abrir el periódico y ver qué aparece entre sus páginas todavía me emociona.
Alguien decía, o mucha gente, que los niños leen ahora menos que antes. Qué barbaridad. Leen más porque tienen más libros, porque los libros ya no son objetos raros o de culto. A lo mejor han perdido esa sensación única de recibir un libro nuevo, porque tienen tantos que eso ya no les llama la atención, pero, a cambio, hay muchos más lectores y muchos más libros, sin necesidad de recurrir a nuestro sistema de préstamos, que en mi calle se movía en una y otra dirección desde la casa de "enfrente" hasta la otra esquina, justo donde empezaba ya la plazoleta que conducía a la parroquia.

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