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Leer y existir. "Un debut en la vida" de Anita Brookner

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A Start in Life , publicado en 1981, es la primera novela de Anita Brookner que, sin embargo, tenía ya amplia trayectoria académica y había publicado libros de Arte. Esta hija única de padres polaco-estadounidenses, que nunca se casó ni tuvo descendencia, aparece en la vida literaria española con esta traducción de su primera novela a cargo de Libros del Asteroide .  La edición tiene un prólogo de Julian Barnes , impagable, que corresponde a un texto publicado originariamente en The Guardian el 18 de marzo de 2016, ocho días después del fallecimiento de la escritora. El prólogo termina así: "No creía que Anita temiese la cercanía de la muerte, porque su profunda comprensión del mundo incluía una profunda comprensión de la muerte, y me imaginé que no le inquietaba llegar al final del recorrido. No sé si efectivamente fue así, pero estoy casi convencido".  Anita Brookner había nacido en Londres en 1926 y obtuvo reconocimientos académicos a su intuición, trabajo, i...

De azules

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(Pintura de Dorothy Johnston) Amanece azul-prusia y las horas prosiguen azul-verde, color de mar y de brisa que vuela el río, canal arriba, esclusa, azul-cobalto, en tránsito de puentes en que es posible verte a cada instante. Los azules pasaron tan deprisa que no fueron minutos sino estrellas. Azul-noche, brillante terciopelo. Se abrió un paisaje nunca antes conocido, escrito en un cuaderno agotado, sin rayas ni cuadros ni dibujos, un cuaderno vacío, escasamente lleno de ocultas iniciales. Azul-cielo. Brillas con el azul, pensé cuando llegabas, con ese paso rápido, nervioso y sin respuestas. Brillas con el azul y me asusta mirarte, perdido en una llama que apagarse no puede. Brillas con el azul y mi corazón tiembla, y con tu cercanía se derrotan mis pulsos, me vence para siempre tu feroz resistencia.  Eres azul, pensé y te miré en silencio, blindado en un espacio sideral y distante. Una estrella fugaz que surca el mediodía, incomprensible estatua de sal reco...

Atrapadas

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(Spring. Frances MacDonald. 1873-1921) Las ves y han olvidado sonreír. Tienen un aire cansado, como si todo el mundo cayera sobre ellas de vez en cuando. Como si ellas soportaran todo el mundo. Han perdido eso que se llama dignidad y han escalado las cimas del ridículo. Son más de lo que parecen. Tienen cargos públicos, trabajos importantes, inteligencias limpias, miradas puras. Pero cayeron en una red de la que es difícil escapar. Es una red que comienza siendo una gasa suave y delicada que te cubre, adobada con palabras amables, con canciones italianas y películas tristes. Continúa con un péndulo que se mueve, de un lado, los susurros; de otro, los gritos. Como si tuviera un aire bergmaniano inconfundible. Primero, notarás que el lazo te rodea. Después, el lazo será una mano fría. Por último, alguien se reirá de ti y te preguntará por qué no te mueves si en torno a ti no hay nada. Ese es el secreto: no hay nada donde creías que había una huella de calor. Eso que notas no exi...

Cosas inútiles

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(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980) Realmente, dice ella, esta es una despedida inútil. Sé que no leerá estas palabras. Está demasiado ocupado, su cabeza anda enfrascada en temas importantes. El amor es un sucedáneo del aburrimiento, así que no le prestará atención. Me despido, entonces, no de él, sino del amor que le tuve. Lo dice mientras agacha la cabeza, abate los ojos y sonríe tristemente. Esa es una tristeza sobrevenida, pienso. Ella ha perdido la alegría. Se ha quedado secuestrada en cualquier encuentro baldío. En una conversación venida a más por la rabia y la indiferencia. Realmente, dice ella, no debería decir nada, puesto que el silencio ha sido mi santo y seña todo el tiempo. Cómo terminar lo que no ha empezado, continúa. Si entonces, cuando mi corazón saltaba al presentirlo, mis palabras nunca confirmaron su latido, qué sentido tendría ahora, cuando ya sé que la inutilidad golpea mis pasos y al final de ellos no hay ningún atisbo de su presencia. Ella mi...

Rosa de sal

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(Willa Cather, escritora, 1873-1947) Vivía el desprecio como una afrenta diaria y se convertía por eso en una mujer dura, plena de aristas, convencida de que nada merecía ya la pena. Todo se volvía sal dura, suelo plagado de piedras, bosque sin sol, camino sin horizonte. Así sentía que la vida se iba y que ella marchaba sin control, como si condujera un bólido en medio de un desierto de arena. Eso era el desprecio y eso era el juego peligroso que surgía sin que pudiera evitarlo. Cada vez que se reblandecía su corazón, saltaba la chispa y todo se iba en fuego, en pavesas que quemaban la piel tanto como el espíritu. Así, como quien salta obstáculos, como quien teje desdichas, como quien rebasa el límite, así sabía de cierto que su única esperanza era correr, correr, correr sin mirar atrás, sin volver la cabeza, correr hasta que el aire dejara de traer su perfume, hasta que el cielo dejara de reflejar el lazo firme con el que parecía atarla cada día. 

Dulce y amargo. "La Oficina de Estanques y Jardines" de Didier Decoin

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Miyuki tiene veintisiete años y acaba de enviudar. Su marido, el pescador Katsuro, se ha ahogado en el río Kusagawa . Ese río era el sustento de ambos y también de la aldea en la que viven, Shimae, porque el pescador tiene una importantísima misión: Llevar cada año las mejores veinte carpas de los estanques cercanos al río a la ciudad imperial donde reina un joven emperador de quince años.  A pesar de ello y de que la aldea recibe privilegios imperiales por esto, Katsuro y Miyuki  son gente muy pobre, tanto que apenas poseen objetos. La posesión de cosas es un signo de opulencia que ellos no conocen y por eso tienen un pequeño truco, o grande, según se mire, esto es cambiar de sitio los botes, los cuencos, los objetos de su casa. De esa forma, se sorprenden de hallarlos y así pueden pensar que son nuevos.  Katsuro es un hombre de pocas palabras, que apenas se expresa y menos con extraños. Ella cree en los poderes sobrenaturales de su única posesión terrenal, ...

La música de las despedidas

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Si te amanece una mañana fría, con densa niebla a tu alrededor, con la humedad prendida hasta los huesos, con un palpitante deseo de que aparezca el sol y este no llega, si te amanece así tendrás que echar mano de los cuentos de hadas para saber que, antes de su final, hay siempre un tiempo de desolación, de búsqueda, de camino sin vuelta, de colores baldíos.  Aprende a despedirte de los sueños que no tienen retorno, que no se comunican con tus sueños, que no tienen la vida incrustada en las manos. Aprende a despedirte de aquello que no escribiste tú, de las letras de otros, de las viejas mentiras que escuchaste porque estabas cansada y no había tiempo de cambiar la canción. Aprende que las despedidas no siempre significan adiós, y que algunos adioses te traen hasta ti misma la esperanza.