(Crying girl. 1963. Roy Lichtenstein) La azotea parece un mirador. Rodeada de almenas, un castillo, de azul una princesa. En una de las esquinas hay una espadaña pintada de azul. Es el azul de ese mar del fondo. El azul que remata la cal de las paredes. El azul de otros ojos. Azul, inmenso azul. Turbio azul de las noches en vela. Este banco de piedra es un testigo mudo y, si sucediera un crimen, nada diría. Está gastado por todas partes y parece mentira que puedas sentarte y no se te deshaga entre los dedos. Conserva una solidez ficticia. Es el banco de las lágrimas. Porque llorar se oculta a los ojos de todos. Porque se sorbe el llanto con los dedos. Porque se encoge el alma y nadie lo percibe. Una noche de insomnio y el mar enfrente. Te deslizas delante de su estampa y se vuelca hacia dentro esa grandeza única. Aquí, en la azotea, un alminar de gestos incompletos, una estancia fugaz, una mentira nueva que recuerdas sin que nadie te nombre. Abajo, haci...
Desde 2009, leyendo y escribiendo El blog de Caty León