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Una casa en Hampshire


Es una casa de ladrillo visto, de planta rectangular, con dos alturas y buhardilla, tejado a dos aguas, ventanas blancas y una puerta de acceso de tamaño mediano, sin escalones. Sencilla pero elegante según el canon constructivo del estilo Regencia. 

Toda la casa está al pie de la carretera, lo que aseguraba la distracción de sus moradoras. Cuatro mujeres solas. Por dentro tiene habitaciones pequeñas, poco acogedoras. El jardín que la rodea, escaso, está muy cuidado y la yedra escala los muros del acceso principal, formando un agradable arco de medio punto. Para los ojos extranjeros es la morada típica de una familia de la gentry, la clase media rural inglesa. Para los iniciados, para los miles de seguidores de su obra, es la casa en la que Jane Austen vivió sus últimos ocho años, los transcurridos entre 1809 y 1817. La casa en la que logró reencontrarse con la escritura, después de los años de sequía creativa de Bath, y en la que escribió sus últimas novelas. Fue uno de esos raros períodos de tranquilidad de su corta vida, que no duró mucho. En esta casa se escribió “Emma”. 

Steventon, en cuya rectoría nació; Bath, donde estuvo seis años y Chawton, son los espacios vitales más importantes en la vida de Jane Austen. En el caso de la ciudad de los balnearios, el efecto sobre su obra fue demoledor. Incapaz de escribir una sola palabra, suponemos que sus ideas y sus pensamientos se fueron acomodando en algún rincón de su cabeza a la espera de tiempos mejores. Ah, cómo entiendo esta sensación de silencio aparente. 

Al ocupar la casa, por cortesía de uno de sus hermanos, su madre, su hermana Cassandra, su amiga Martha y ella misma, todos consideraron que ya era hora de que dispusiera de un espacio específicamente dedicado a la tarea de escribir. Antes de eso, Jane Austen había sido una escritora sin “habitación propia”. No es este tema una cosa baladí. Lo dijo Virginia Wolff, que quiso significar así la necesidad de reconocer la tarea de escritora que las mujeres mantenían en la clandestinidad y en condiciones precarias. Tener un lugar propio es una forma de afirmación. 

Se reservó el comedor de la casa, que era una estancia luminosa y de mayor tamaño, para que ella pudiera escribir en un lugar cómodo y tranquilo. Esto significó que la zona de estar se relegó a un pequeño cuarto que daba a la parte de atrás. Los ingleses son muy aficionados a la contemplación de la naturaleza y a la vida social, por lo que esa renuncia tenía gran importancia. El comedor daba al camino y a los jardines de acceso. Esta decisión supone una clara aceptación de su trabajo, la evidencia palpable de que eran todos conscientes de la trascendencia de aquello que hacía. 

“Emma” se escribió en esta casa. Cassandra Austen, hermana y albacea de su hermana Jane, anotó exactamente el período de tiempo que duró esa escritura: del 21 de enero de 1814 al 29 de marzo de 1815. La novela fue editada por John Murray, fundador de Quarterly Review y editor, a su vez, de Lord Byron

Murray dio a leer el manuscrito al crítico William Gifford, que hizo una alabanza de la obra tras su lectura. En torno a la novela está, además, la polémica de su dedicatoria. Efectivamente, es la única obra de Austen que aparece dedicada. Sabemos que durante unos meses Henry Austen, hermano de Jane, estuvo gravemente enfermo y que uno de los médicos que lo atendieron también prestaba sus servicios en la Corte. Su intervención en el asunto concluyó con una recomendación del bibliotecario real, James Stanier Clarke, para que ella dedicara su novela al Regente. Así se hizo: A su Alteza Real El Príncipe Regente, esta obra está, por permiso de su Alteza Real, respetuosamente dedicada, por la sumisa, obediente y humilde servidora de su Alteza Real, la autora.

¿Qué pensó Jane Austen de esos calificativos que tuvo que usar o que alguien incorporó a la dedicatoria, refiriéndose a ella, sumisa, obediente y humilde? Lo que sabemos es que la escritora no estaba de acuerdo con esta dedicatoria, ni siquiera con dedicársela a ningún miembro de la familia real, pero le explicaron con claridad que una sugerencia era, en realidad y en este caso, una orden. Del libro se imprimieron dos mil ejemplares que era un número considerable para la época. Los tres volúmenes en los que se presentó, a razón de diecisiete o dieciocho capítulos cada uno, se vendieron a 21 peniques. El Príncipe Regente no agradeció el envío ni comunicó nunca si había leído la novela. 

Jane Austen era una mujer inteligente. Sus comentarios eran muy agudos y tenía una gran capacidad de observación. No podía ser de otro modo la persona que escribe novelas como las suyas. Pero, además, tenía sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir en el medio en el que desarrolló su vida. Uno de esos mecanismos fue el silencio. Sus muchos silencios se vieron aumentados por la poda que, a su muerte, realizó Cassandra de sus cartas y documentos personales. Pero, a pesar de ello, tenemos claro que la casa de Chawton ejerció una influencia benéfica en su disposición natural a la escritura y permitió que inventara y diera a la luz una novela como “Emma”, tan llena de talento, encanto y belleza. 


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