Charles Courtney Curran
La casa de Pedro y Marie estaba rodeada de verdor. Parecía una casita de cuento, a un lado de la carretera, con su propia verja y sus contraventanas azules. Cuando estaban entornadas, la luz entraba tamizada al interior y no hacían falta cortinas. La casa de Pedro y Marie no tenía cortinas y sí unos anchos sofás claros que servían de acogida a los amigos que los visitaban. Era una casa de fin de semana. De ordinario vivían en la ciudad, ella trabajaba en una guardería y él tenía un negocio de objetos de regalo. Pedro era mexicano y Marie francesa. Ambos eran nuestros amigos entonces, ahora ya no sé por dónde andan ni qué ha sido de ellos. Existen amigos circunstanciales, amigos de pareja que, cuando la pareja se rompe, desaparecen a la vez o se ponen del lado de uno de los dos. Así ocurrió con Pedro y Marie, pero recuerdo de vez en cuando su hospitalidad, su sentido del humor y lo bien que sabía el queso de frijoles que hacía Pedro, harta como yo estaba de comer mal en esa obstinada Francia, donde los restaurantes de lujo son alta cocina y la vida cotidiana está llena de crepes, de crockes y de quiches. A Pedro le gustaba tocar la guitarra y recordar así a su país, con canciones románticas de esas que todo el mundo termina sabiendo. Creo que se encontraba bien en Francia pero que, sin Marie, él hubiera vuelto a México en un momento dado. Las raíces le tiraban mucho. Relataba cosas de su madre y sus "hermanitos" con mucha frecuencia y yo le notaba cierta nostalgia no domesticada. Marie no se daba por aludida, para ella Francia era el paraíso. Para nosotros dos también lo fue algún tiempo. Pero todo termina y esos días de verano también acabaron.

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