/Foto: Jean-Claude Deutsch/
Desconozco el momento en que ocurrió, el momento en que el libro dejó de ser objeto y se convirtió en vida. Fue muy pronto, lo sé, pero no hallo razones, no respondo a preguntas, no alcanzo las respuestas. Ni siquiera recuerdo aquellos libros, los primeros, los que me alejaron del juego del elástico, los que me acercaron a la esquina de la azotea, o al hueco mínimo de la casapuerta, o al rincón del sofá, tan codiciado. De una forma o de otra esos primeros libros se adueñaron de casi todo el espacio, se adueñaron de ti y, quién lo sabe, no se han marchado nunca. Aparecen sus rostros en todos los recodos del tiempo que se fue, en los aspavientos de la memoria, en la risa de las fotos, en la actitud callada delante de las fuentes. Son los libros, eran ellos los que, como si un hada los hubiera convertido en secreto, deambulaban a tu lado por la calle empedrada, se sentaban contigo, nunca te abandonaron. Como si fuera el mar, que siempre deja huella al albur de los vientos.
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