Letras, palabras, historias
Yo no sabría decir desde cuando los libros llegaron a mi vida. Pero desde que tengo memoria siempre han estado ahí. En la librería blanca que me compró mi madre para poner los libros que yo iba coleccionando, aunque al final terminó siendo de todos y, más tarde aún, de ella misma y sus novelas de misterio y sus thrillers de juicios. A veces hace frío. A veces la vida está escondida detrás de algún dolor y entonces hay que volver la mirada a algún sitio cálido y los libros, no se puede negar, son cálidos, amables, tienen siempre un momento para ti, un sitio donde encontrarse contigo. Apenas puedo creer ahora en la gente, hace demasiado tiempo que soy una total descreída, pero los libros son otra cosa, son otra forma de cercarte, de estar a tu alrededor. Heredé de mi padre la facilidad para preocuparme por todo y por todos. Todo eso te impide estar feliz, estar sereno, estar en paz. Preocupación tras preocupación, reales o presentidas, la anticipación del problema, la conciencia de que todo lo de los otros también es tuyo, y la falta de sosiego. Añoro el sosiego que nunca tengo. Y los libros son el paraíso de la serenidad. El lugar en el que se depositan las amarguras, que te envuelven, te esconden de lo malo y te convierten en otra cosa por unos momentos. Momentos cortos o largos, eso depende.
Mis primeros libros fueron tebeos. Los traía mi padre al mediodía, junto con una bolsa de chucherías. Él, niño pobre y sin instrucción, tenía una rara adoración por la letra impresa, por los periódicos, los libros y todo lo que fuera conocimiento o saber. Por eso traía una bolsa de chucherías que compraba en el quiosco y los tebeos que apartaba allí mismo, las entregas sucesivas de historias que terminaban en la casa, que llegaban con él a la hora de almorzar. Sin ese aporte diario no sé qué hubiera sido de mí. Ahora, en la distancia de los años y de la geografía, veo a esa niña con un tebeo en la mano, con un libro, y me da mucha lástima de ella. La niña se abrigaba con las palabras, se abrazaba a las letras, se apoyaba en las historias. Y eso, una vez que se aprende, ya nunca más se olvida, y las letras, las palabras, las historias, siguen contigo para no abandonarte nunca.
Después de los tebeos de chicos, llegaron las historietas de humor y los cuentos de niñas. Tebeos, historietas, cuentos, tiras de Mafalda. A Mafalda la leíamos todas y nos gustaba coleccionar las tiras, en esos libros aplanados, rectangulares, con portadas de distintos colores, que guardábamos en la librería blanca y que leíamos ordenadamente. Mafalda era nuestra amiga y también lo era su hermano Guille, su amiga Susanita, la estrafalaria Libertad, el tierno Felipe, el bruto Manolito y el gracioso Miguelito. Qué pandilla, qué padres, qué frases imborrables.
Más tarde hubo un salto a las novelas de amor, rotundamente amorosas, y libros icónicos de la familia, como El Principito, Platero y yo, poesías, libros compartidos, Julio Verne, libros del instituto, fragmentos que había que leer, el intrincado mundo de los comentarios de texto, atlas, libros de geografía, mapas, y, más tarde, cada cual siguió ya su camino lector y ahí me encontré con D. H. Lawrence demasiado pronto, o quizá no, nunca es demasiado pronto y coincidimos todos en Agatha Christie y llegaron los años del misterio y de la búsqueda de una nueva novela en cualquier parte. Roger Ackroyd, Hastings, la señorita Marple, Poirot, Ariadne Oliver, Elspeth McGilicuddy, Lucía Eyelesbarrow, el pudding de navidad, el superintendente Battle, los Bates, todas esas familias que han llenado las páginas de sus novelas y que nos entretenían tanto, nos hacían tan felices. Y necesitábamos esa felicidad porque no era todo bueno, porque no era todo fácil, porque teníamos problemas, teníamos necesidades y teníamos sueños que nunca se cumplían. No era fácil vivir.
Los Diálogos de Platón, los libros de Historia del Arte, los Milagros de Nuestra Señora, los poemas del 27, el siglo de Oro y sus genios, la sátira, la química, la épica, el poema de Mío Cid. Los libros abrigan, cubren, consuelan, siquiera un instante.



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