Muchachas


 ‘Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca’, pintada en 1958 por Max Ernst


Todas vivíamos para el amor. El barrio era increíble, precioso, lleno de vida. Muy cerca de la universidad, a un tiro de puente. El piso era grande, luminoso y en él había muchas camas. Pero dormíamos poco. A veces pasaban varios días y ni siquiera teníamos ocasión de destaparlas. Éramos estudiantes pero también éramos vividoras, entusiastas, risueñas y enamoradas siempre. Y el amor exige confidencias. Horas y horas desmenuzando gestos, horas y horas llorando por amores perdidos, por amores imposibles, por amores absurdos. Estrella nunca acertaba a la hora de enamorarse y todos los hombres de su vida tenían una deuda pendiente con una novia anterior y esa deuda era urgente para él y por eso no podía hacerle caso a Estrella, que era alta, guapa y callada. Nieves conservaba costumbres antiguas y entendía poco la vida del piso, su ir y venir permanente. Pero cuando conoció a Carlos, uno de los chicos que entraban y salían, se desarmó, dejó atrás su silencio y en poco tiempo entendió que era una presa que no podía dejar pasar. Era tan práctica como su madre y si no había boda, no había nada. Lo logró. Ángela contaba historias raras. Nos tenía hasta las tantas oyendo peripecias que nunca sabíamos si eran verdad. No las recuerdo ahora pero mentía. Estoy segura que mentía y mentía a su novio, Jesús, que era un muchacho muy delgado que se sentaba en un rincón del salón sin decir nada mientras ella mantenía su última trola muy en boga. Desapareció del piso dejando meses sin pagar y la buscamos inútilmente. Ángela nos salió rana. Luego había dos hermanas, Elisa y Carmen, las dos estudiantes de inglés, aunque lo hablaban de una forma muy rara. Viajaban mucho y se acoplaban en cualquier sitio con tal de practicar el idioma. Se llevaban fatal entre sí. Una de ellas le quitó el novio a la otra en su propia cara. Las demás sabíamos que iba a suceder pero la interesada solo se enteró a posteriori. El universo sentimental de esa casa era una auténtica locura. Yo misma contribuía a ello con un compañero de la facultad que estaba impresionante. Era canario, moreno, guapo y sensual. Ni siquiera sabíamos bien entonces qué significaba esta palabra, pero notábamos en él un aire diferente a los otros. Sonreía y eso bastaba. Duró poco porque el compromiso me daba grima pero nada más espectacular que esa sonrisa en ciertos momentos. 

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