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Una excursión a Box Hill

 


Los placeres de una gira campestre no pueden desecharse, de modo que todo Highbury se apuntó a la excursión a Box Hill. La señora Elton estaba muy reticente al principio porque su intención era visitar la zona acompañada de los señores Suckling, pero cuando comprendió que no podía contar con ellos tuvo claro que no había otra opción que participar en la gira que los habitantes de Highbury estaban preparando. Lo que, en principio, para Emma era una visita sencilla con el señor Weston en el coche de este (la señora Weston no podía sumarse al plan porque estaba embarazada) se convirtió en una multitudinaria compañía porque la señora Elton, sencillamente, no podía estar sin público. El señor Weston, que no solía darse cuenta de nada, argumentó que "una comitiva nunca es demasiado grande" y ni siquiera había captado la antipatía mutua que existía entre la señora Elton y Emma. La verdad es que el pobre hombre no sabía nada de los antecedentes de esa antipatía y creía, de buena fe, que "ella es una mujer muy agradable". A pesar de todas estas cuitas, la excursión hubo de aplazarse por problemas con la pata de un caballo y cuando al fin se pudo llevar a cabo el número de asistentes todavía era mayor. 

Con un tiempo espléndido la comitiva inició su camino hacia Box Hill, faltando solamente el señor Woodhouse, demasiado mayor y demasiado hipocondríaco para ir, y la señora Weston que, como ya hemos dicho que estaba esperando un hijo y no le convenían los ajetreos, se quedó haciéndole compañía a su antiguo patrono. Todo se conjuraba para salir de maravilla. Allá iban la señorita Bates, Harriet Smith, Emma, el señor Knightley, Frank Churchill, Jane Fairfax, el señor y la señora Elton, el señor Weston. Pero había algo en el ambiente que fallaba. Lejos de ser un grupo cohesionado, más bien estaban desperdigados entre sí y, sobre todo, la pareja Elton daba la sensación de no encontrarse a gusto con ninguno. El panorama que se disfrutaba desde las colinas era precioso llevaban buenos manjares, sombrillas, pañuelos, líquido abundante como para estar a gusto, pero cuando las relaciones humanas guardan tan malos rollos y más de un secreto, entonces nada de lo que pueda suceder encaja de verdad. Emma, por ejemplo, que iba entre Harriet y Frank, estaba aburridísima. Ninguno de los dos decía ni media palabra. Y el señor Knightley, su habitual compañero de risas y charlas, se dedicaba a cuidar de alguna manera de la señorita Bates y su sobrina, con lo que quedaba lejos de su órbita. Por su parte, los señores Elton iban a lo suyo y el señor Weston, pobre, trataba de sonreír a todos y de animarlos, sin conseguirlo. Más que una gira campestre parecía un funeral. 

Desde luego que si Emma hubiera rastreado en su corazón, como una debería hacer de vez en cuando, habría notado que le importaba un pimiento Frank Churchill y aún menos sus atenciones. Pero Emma, que para todo era inteligente, en cuestión de amores estaba verde y no era capaz de sospechar nada de sí mima. Los comentarios anodinos de Churchill no tenían ni vigor ni gracia, así que no podéis esperar nada de ellos. Y el señor Knightley estaba rarísimo, tan raro como aparecía siempre que Churchill andaba cerca. Pero Emma no captó la situación, todo lo contrario, en un momento dado metió terriblemente la pata. 

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