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Una persona tóxica



 Teníamos veinte años. Aquel muchacho era poeta, o eso decía él mismo. Llegaba al café todas las tardes cargado de libretas de hojas lisas y de una pluma Lamy en color rojo oscuro. Se sentaba siempre en la misma mesa, cercana a una ventana, como si quisiera que la luz del atardecer formara parte de su telón de fondo, del cuadro que él mismo dibujaba en sus papeles. Tella, Estrella, mi amiga del alma de esos años (las amigas del alma cambian tanto como cambia el alma) se fijaba mucho en él y lo observaba descaradamente porque ella era así, descarada y deseosa de entablar conversación con cualquiera. La conversación era su medio ambiente, el espacio en el que más cómoda se sentía porque odiaba el silencio y sus consecuencias. Lo peor es el silencio, decía siempre. El otro territorio en el que navegaba, un poco al estilo de los barcos que desde allí éramos capaces de oír si afinabas el oído, era el del amor, y, si podía ser un amor tumultuoso, una espera imposible, incluso un engaño, mucho mejor. Pronto supe que el próximo receptor de esa pasión de libro sería el muchacho poeta, que se llamaba Ignacio y que no parecía tener ni apellidos ni prisa. Desde que entablamos conversación con él o, más bien, lo hizo Tella mientras yo guardaba mi acostumbrado silencio observador, él apenas escribía una línea. Dejaba a un lado la pluma Lamy y cerraba el cuaderno de turno mientras escuchaba, o eso parecía, las exageraciones de ella, las risas intempestivas, hasta las palabrotas que soltaba impaciente. La impaciencia de Tella venía de fábrica porque su madre era panadera y siempre sacaba el pan antes de tiempo. Los camareros del café, dos hombres mayores, delgados, que parecían gemelos, la miraban a veces con aire negativo. Aquellas risas, aquellas exclamaciones no encajaban muy bien en aquel sitio, ese templo sacrosanto de escritores, pintores y otros artistas que creían estar en cualquier parnaso creado a su imagen y semejanza y solían hablar con un tono melifluo y cuidadoso y que chocaban con toda estridencia. Ignacio contestaba apenas a la fluida conversación de Tella, moteada siempre de preguntas que se quedaban sin respuesta, porque a ella, quizá no le interesaba tanto responder como imaginarse lo que él respondería. Pocas cosas pudimos saber de él en ese curso entero, el de tercero de Facultad, que duraron nuestros encuentros en el café. Pero no hizo falta tanto para que yo percibiera en Ignacio ese temblor insistente de la atracción física y esa necesidad de que Tella le dedicara su atención pese a todo. El muchacho estaba enamorado y, desde el momento en que lo entendí, supe también que el sufrimiento estaba asegurado. Con Tella todo el mundo terminaba sufriendo. Amantes, amigos, familia, todos tenían una reserva enorme de paciencia con ella que resultaban inútiles, nunca era bastante, se derramaba y lo llenaba todo mientras ella proseguía con su personal destrucción de los afectos, con su desperdicio de la bondad, con su reparto de la mentira. Tella era lo que hoy llamaríamos una persona tóxica. Y de ese modo la hemos catalogado años después, cuando todos sus damnificados comprendimos, tras un ejercicio de desapego, que nos la había dado con queso. 

(Foto: Louise Dahl-Wolfe)

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