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"Tosantos" en el mercado de La Isla

 


(Caravaggio. Cesto de frutas)

Los Tosantos comenzaban con la llegada de los cestos de fruta y otros productos que el padre hacía enviar a la casa. Peros, granadas, membrillos, boniatos, uvas, manzanas, castañas, nueces, naranjas, almendras...la fruta del tiempo venía en un enorme canasto de mimbre, con unos lazos verdes a cada lado, cortesía de la mujer del frutero. El frutero se llamaba Andrés e Isabel era su esposa y ella siempre iba vestida de colores, como la reina de Inglaterra, por muchos años que cumpliera. Los dos habían llegado de Conil, ese pueblo acostado en el mar que tiene tanta huerta que rebosa. En otro cesto y procedente de la mejor pastelería de la calle Real, envueltos en papel de plata, venían los dulces: los huesos de santo, los buñuelos, las empanadillas de cabello de ángel, las tortas, las canastillas de hojaldre, el mazapán, la fruta escarchada...Dulces dulcísimos y que con un sonido especial: el de los tiempos más felices. El rito de todos los años en estas mismas fechas, los días finales de octubre previos al comienzo de noviembre. 



(Puestos en la plaza de abastos de Cádiz. La Voz Digital)


Por las noches, en las horas previas al 1 de noviembre, íbamos los niños y las madres a la plaza nueva de la calle Bonifaz para ver los puestos decorados o al mercado central, el que está en las espaldas del ayuntamiento. Los puestos tenían a los pollos vestidos de señores, a los conejos con sombreros, a las frutas convertidas en toda clase de hadas risueñas. Todos los puestos rivalizaban por ver quién se llevaba los premios del ayuntamiento y quién entretenía más a los niños. Como aquí todo el año es carnaval no faltaban los disfraces y los papelillos y serpentinas adornando los rincones. Era una decoración efímera, casera y sin pretensiones, salvo la de conmemorar un festivo que, a todas luces, servía para comer más y mejor. Cosas ricas. Algunos puestos daban un poco de miedo y podías llegar a imaginarte que el pollo abría la boca y te daba un mordisco una vez que en tu casa te lo servían para almorzar cualquier día de estos. Pero el ambiente de la noche era casi clandestino y todos los niños agradecían poder trasnochar y moverse ocultos por las calles sin que las madres lanzaran su grito de guerra y te enviaran a la cama, sin libro y con la luz apagada. 



 
(Productos típicos. El Blog de Ruralmur)

En una casa llena de niños la llegada de estas cestas de comida y tantos dulces y maravillas siempre era una fiesta. Esperaban en la puerta de la calle y la abrían de par en par, esa puerta sólida con una mano como llamador y la otra, la que terminaba al final de la casapuerta, de cristal de colores que hacía juego con los azulejos del patio. Pero luego llegaban algunas tareas que había que repartir. En una casa llena de niños siempre hay algo que hacer y nunca hay tiempo para las ensoñaciones. Las granadas se partían en cuatro y se desgranaban con cuidado para luego echarles azúcar por encima en los platos. Los boniatos había que ponerlos a cocer (ahora me llega el olor característico y el sabor tan dulce), los peros tenían al gusto una curiosa sensación ácida y las castañas se asaban a la lumbre, una vez rajadas por la mitad, mientras que las nueces se partían por parte de los más mañosos. Nueces, eso que ahora se echa a las ensaladas porque nos hemos enterado de que tiene no sé qué omegas y antes nos comíamos con el placer que daba haberlas logrado partir...Y morder los membrillos, con esa especie de regusto sólido, era una aventura en la selva de las cosas más africanas y aventureras que venían en los libros. 

Como todas las cosas buenas de este mundo parecen tener su final, un año, justo en esa fecha, en los albores de los Tosantos y en los días que los siguieron, el padre no trajo las cestas, no hubo fiesta, no hubo frutos ni dulces, solo hubo espera. El padre se marchaba, se iba al cielo de los hombres justos, los que nunca han hecho daño a otros, salvo a sí mismos por exigirse tanto y tan continuo. Se fue sin molestar y sin haber sido viejo un nueve de noviembre, el mismo día de los ramitos de violeta, y, desde entonces, los hijos convirtieron noviembre en el mes del tributo. ¿Cómo no hacerlo a quien les había entregado su vida sin pedir nada a cambio?

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