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Clubs de lectura: ese territorio tan femenino

 


(Reunión del club de lectura de María Marqués. Foto cedida por la Librería Troa Garbí, 6 de octubre de 2021)

Existe un arte de leer como existe un arte de escribir. Y ambos son complementarios, tan unidos entre sí como la palabra al pensamiento. El escritor sabe que el libro no termina de cumplir su cometido hasta que ha llegado al terreno del lector y este es consciente de que su veredicto importa. Da igual que sea un best-seller, un clásico, una novelita romántica mal escrita de esas que ahora proliferan, o cualquier otro producto. En tiempos de Jane Austen era frecuente que las tertulias giraran en torno a las novelas que se leían. El género estaba floreciendo y ella misma contribuyó a darle un aire moderno e intemporal. Cuando leían en voz alta los textos que escribía y escuchaba los comentarios de familiares, amigas y vecinas, seguro que estaba sentando las bases de uno de estos clubs de lectura que en nuestros días están de moda. No son un fenómeno reciente pero sí se han extendido como la espuma. Y esto tiene mucho que ver con la condición femenina y con nuestra propia educación. 

Cuando era niña tuve la suerte de vivir en una casa con muchas mujeres. Los hombres eran seres silenciosos pero ellas tenían el alegre bullicio que genera opinar de todo. También de libros, por supuesto, pero, sobre todo, de la vida. Esto fue lo que a William Deresiewicz le atrajo de la lectura de Emma y del resto de novelas de Jane Austen. No se imaginaba que, detrás de ese aire aparentemente anodino que denunciaron otros críticos antes que él, se encontraba todo un tratado de las emociones, las maneras, las relaciones humanas, los amores y las frustraciones. Una verdadera educación basada en el arte de conversar. En nuestra casa de la infancia la conversación era el eje de la vida. Había conversaciones horizontales y otras verticales. Estas últimas eran las más interesantes porque nunca estaban al alcance de las niñas y se establecía un curioso pugilato para ver quién entendía algo de lo que mi madre y sus amigas (vecinas de esas que son "como familia") comentaban en voz baja. Era una conversación en letra cursiva, igual a las que la señorita Marple y sus íntimas establecían en Saint Mary Mead. En esa casa, los personajes de los libros y los de las películas eran parte del telón de fondo. Cuando te educas entre libros y con el cine como un referente resulta que tu educación se impregna de todo esto apenas sin darte cuenta. Aquellos encuentros en la sobremesa de los domingos, las tardes de charla y colacao, fueron mi primer club de lectura y mi primer cineclub. 

De modo que ahora los clubs de lectura abundan y que sus miembros son, en su inmensa mayoría, mujeres. Esto es una realidad constatable. Quizá porque el género rey es la novela y porque las mujeres son las máximas lectoras de novelas. Pero también, creo, porque la conversación es un territorio íntimamente femenino y conversar e intercambiar opiniones es una necesidad que nos distingue. Las lectoras ofrecen cada una su propia mirada al conjunto. La lectura de cada uno de esos libros es una especie de reto compartido, una forma de que, a través de las palabras, puedan conjugarse reacciones que a todas importan. El momento en el que se desmenuza el libro, en el que se tiene contacto con el autor o se comentan las impresiones que ha producido, es un complemento más al acto de leer. Se lee en soledad pero el paso posterior puede convertirse en un hallazgo si las cosas salen bien y se hallan correspondencias en los demás. Por eso los clubs de lectura producen tantas satisfacciones, porque responden a varios impulsos, el de la charla y el del encuentro. Virtuales o presenciales conservan y matizan el milagro del entendimiento y afianzan ese lazo invisible que une al lector con la obra y con el autor. 

Siempre he pensado que los clubs de lectura son capaces de acoger a gente desarraigada, gente que no es fácil adscribir a nada ni a nadie, gente que piensa por sí misma y que resulta difícil de clasificar. Lo inclasificable tiene mucho que ver con la lectura y mucho que ver con ese momento en que, despojadas del silencio, comienzas a contar qué te pareció, qué pensaste, cómo lo viste. Alguna vez he imaginado un club de lectura en el que las mujeres pasaran del libro que han leído y se dedicaran a elaborar uno de esos hilos de Penélope, como hacían las vecinas de mi madre en el patio de mi casa. El hilo empezaría por sus matrimonios, casi todos frustrados; por los hijos, tan desagradecidos; por la economía, tan justa y precaria para algunas; con las compras, el mundo exterior, las fiestas...y acabaría hablando de ellas mismas, de lo que ese día le duele, de lo que pensó al ver a fulanita el otro día, de lo que le cuesta dormir por las noches y de lo desolado que le parece el mundo. Una grabadora invisible recogería todas esas voces y llenaría con ellas un enorme tazón de porcelana antigua. Secretos que nunca verían la luz pero que insinúan algunos libros, porque todos ellos han previsto lo que significa la vida cotidiana. 

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