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Lo exacto

(Pintura al óleo de Cheryl Kelley, hiperrealismo americano)


 Así que el reloj de cuco de la casa dio las doce, con ese sonido hueco y tímido que a todos nos asustaba por lo imprevisto, mi prima y yo nos levantamos en silencio y sin hacer ruido del sofá en el que parecíamos estar totalmente dormidas, sorteamos las piernas de mi tía (que era su madre), en una butaca ella sí dormida, y subimos las escaleras en plan pantera rosa. Sin música, eso sí. Al llegar al piso de arriba nos deslizamos hacia el cuarto que compartíamos (muy grande, pintado de rosa, con cabeceros idénticos de forjado malva, y unos ventanales enormes) y abrimos los armarios para cambiarnos de ropa. Eran las doce de la noche pero no estábamos dispuestas a una fiesta de pijamas sino a una feria de verdad, una feria de pueblo en buena compañía. La ropa estaba elegida de antemano, como es lógico, y podría describirla sin que me fallara la memoria porque nos costó un par de horas darle el visto bueno. Ella llevaría un vestido estampado palabra de honor, bastante estrecho y unos zapatos de tacón mediano en color rojo que eran de su madre y que le había birlado convenientemente. Y yo, un vestido de tirantes muy peculiar, con la falda de vuelo violeta y el cuerpo verde. El verde y el violeta quizá pienses que no casan muy bien pero te equivocas. Y, si no me crees, búscate por ahí algún cuadro impresionista. Mis sandalias eran doradas (en aquel tiempo yo era muy de dorados), con tiritas muy finas y se ataba en la pierna como hacían las romanas. Quedaban de fábula. Estábamos monísimas. 

Tanto cuidado y tanta fascinación por el arreglo no eran a fondo perdido, sino que obedecían a un motivo muy claro: nuestros acompañantes de ese verano irían a recogernos con el coche de su padre (los dos estaban estudiando todavía y no tenían coche propio) para irnos a la feria de un pueblo cercano. Eran dos hermanos guapísimos, el mío más que el de ella, porque era más joven, más delgado y tenía los ojos más verdes. No diré sus nombres porque andan por ahí y porque internet es un patio de vecinos donde todo el mundo termina encontrándose. Pero, aunque un poco pijos para nuestro gusto (las dos usábamos camisas de hombre y trenzas en el pelo de vez en cuando), tenían un aire muy especial, casi cosmopolita, en ese desierto masculino que era el pueblo en verano. Resulta muy agradable ser las chicas más atrevidas y las más admiradas del contorno y eso es lo que éramos nosotras. Nos salvaba de la pretensión el hecho de ser risueñas y de no considerarnos nada más que normales. 

Sorteado el escollo de salir de la casa (una casa muy grande, de dos plantas, con árboles por todos lados), ahí vamos en el coche a la feria, con los chavales encantados de vernos tan guapas y con las peores intenciones que frustraremos cuando llegue el momento. Así era la vida entonces. Una sucesión de desengaños. Los chicos lo esperaban todo y nosotras solo queríamos reírnos y volar en un coche, mejor rojo, mejor descapotable, un coche hiperrealista a ser posible, sacado de una pintura americana. 

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