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El amor es un rito de belleza



Hubo un tiempo que ahora parece lejano e imposible en que, a la salida del trabajo, nos íbamos a tomar una copa de mediodía a uno de esos sitios que te hacen sentirse como en casa. Llegábamos las tres, Ángela, Aurora y yo, invariablemente bien vestidas y peinadas, cada una en su estilo pero todas con estilo, y nos acompañaba, como si fuera un caballero andante que no se cansa nunca de ayudar en las compras, nuestro amigo Leo, infatigable, inteligente, guapo y casado. 

De modo que esas sobremesas se extendían porque ninguno teníamos la prisa suficiente como para cortar la conversación que seguía al aperitivo. Siempre acabábamos hablando del amor, de los amores en general, de los hombres y las mujeres, sin viceversa alguna. Ángela no se había casado nunca y parecía que esas cosas le eran muy ajenas. Su falta de coquetería, a pesar de cierta distinción de familia, siempre nos llamaba la atención. No se detenía demasiado tiempo ante el espejo, siempre vestía de azul oscuro, casi negro, y llevaba el pelo recogido en una coleta que nos sonaba demasiado antigua. Por su parte, Aurora, resplandecía con los estrenos de la semana, una falda estrecha a pesar de que tiene el trasero voluminoso y las piernas anchas, una chaquetón de esos que ella transforma por medio de un cinturón o un lazo, unos zapatos rescatados del pasado y que quedan muy resultones después de todo. 

Siempre me pregunté por qué motivo no había rivalidad entre nosotras. Quizá porque no compartimos ningún hombre ni competimos por ellos. A Ángela no parecen interesarle a estas alturas, Aurora tiene un marido complaciente y muy feo y yo estoy en el extrarradio del amor después de haber perdido a mi pareja, aquella de la que decían todos que me había tocado la lotería. Sin embargo, brillábamos al sol del mediodía, reíamos con contumacia y explicábamos a Leo los artilugios de belleza que nos interesaban cada día. Ese momento glorioso de no tener nada que hacer y de hacer lo que nos gusta, conversar y reír sin tasa. 

Terminamos aceptando, después de muchas charlas, que el amor es un tónico que te trae la belleza, esa belleza del estar aunque no del ser, la que se marchita si el amor acaba o se marcha o no existe. Convinimos en que esos momentos esplendorosos del principio eran el tiempo más fértil para pieles, brazos, manos y ojos, para miradas y sueños, y que todo lo que no es sueño, es artificio. Sin más. Así lo pensábamos las tres y Leo asentía, seguramente porque había oído decir algo parecido a su mujer, algo mayor que él, pero atractiva y sabia. Ninguna queríamos a Leo como pareja así que ella no era una rival, sino una amiga. 


Hemos sondeado los misterios del amor durante días, a través de charlas que nos reconfortaban. Las experiencias de cada una de nosotros convergían en lo mismo. No necesitamos a un hombre que nos adule o que nos quiera pero es agradable tenerlo cerca, poderlo mirar y reconocernos en esa íntima forma de atracción que es, al principio, el amor. Quizá todas quisiéramos tener constantes principios y ningún final, pero también sabíamos que la vida no es eso y que, lo mismo que el perfume se desplaza a través de nosotras y alude a lo que somos, también el amor se convierte en aire, en fuego o en nevada, tal vez en pesadilla, en distancia o ausencia, qué más da si se marcha y ya no vuelve. 


(fotos: Nina Leen)

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