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Los hombres airados

    



(Lauren Bacall fotografiada por Nina Leen en 1945)

      Algunos de aquellos hombres eran oficinistas y otros militares. Los había que trabajaban en astilleros, gente de la hostelería, peritos mercantiles, fotógrafos. También pequeños empresarios y comerciantes. Lo que no se encontraba era gente en paro. El paro no era una preocupación para aquellas personas que habitaban la calle, un mismo espacio geográfico en el que todos, o casi todos, se conocían desde siempre. 

En las familias se producía una curiosa situación. Las mujeres intimaban entre sí, formaban un frente común ante los problemas, hablaban de casi todo y compartían dudas, café y risas. Los niños iban juntos al colegio, jugaban en la calle o en las huertas y celebraban los cumpleaños con piñatas y tartas. En el verano, volaban las cometas, que ellos llamaban barriletes, y cuando alguien de otra calle le pegaba a algún pequeño, a modo de legión romana todos se atribuían el derecho a la venganza. Por su parte, las niñas, más tranquilas, hablaban y vestían muñecas, incluso lloraban juntas por los amores desairados. 

Los hombres eran un mundo aparte. Individual, silencioso, oculto. No se relacionaban entre sí, apenas se conocían y una gran parte de su vida transcurría en otro entorno, en el trabajo, con sus amigos, fuera de aquel universo que constituía la calle. Algunos llevaban incluso una doble vida. El bullicio diario les era ajeno, las confidencias no existían y lo único que les llegaba eran los problemas de los hijos, las notas del colegio y las peleas. Pero se perdían todo ese caudal de historias que sacudían la vida cotidiana y que eran el armazón de la existencia.

Entre esos hombres los había entregados a sus familias y al trabajo. Los había elegantes y discretos. Listos, despiadados, convencidos de su valía o inseguros. Había hombres enamorados y hombres aburridos. Hombres sagaces y otros torpes y faltos de seso. La mayoría tenían conductas respetables, pero no todos. Esas excepciones eran el punto negro, el motivo que sacudía las tertulias, el eje de los llantos y de las frustraciones. Esos hombres airados eran peligrosos. 

Había un hombre que pegaba a su mujer. Vivían en una de las casas de la margen derecha de la calle, junto a una de las tiendas y frente a la relojería. Lo hacía de vez en cuando y sin pelea previa. No discutían, simplemente él le daba una bofetada cada vez que algo no estaba a su gusto, o cada vez que volvía enfadado del trabajo o que ella le incomodaba con su silencio o su presencia. Esto lo han entendido las niñas después, porque en aquel momento ninguna tenía acceso a las conversaciones de mayores. El hombre no dejaba que su mujer se relacionase con el resto de las mujeres de la calle. No acudía a las tertulias en torno al café de la mañana ni tampoco compraba a la hora habitual. Era una mujer escondida, de la que solo se sabía a través de una hermana, costurera, que vivía varias casas más arriba y que relataba lo que ocurría en casa de su hermana a toda la que quisiera oírla. No tenía miedo, decía, a mí ese hijo de la gran puta no me va a detener. Diré lo que quiera y cuando quiera, y le repito a mi hermana cada día que es una idiota, una estúpida por dejarse pegar. Si mi padre viviera esto no pasaría. Si tuviéramos un hermano, tampoco. Pero estamos solas, las dos, dos mujeres solas, y de eso se aprovecha ese desgraciado. Esta era la cuestión, repetida de vez en cuando, cada vez que llegaba a casa de su hermana y se la encontraba llorando, o con un ojo morado, o con el brazo lleno de moratones.

La mujer maltratada tenía dos hijos que debían adivinarlo todo, porque siempre tenían un gesto huidizo y eran muy miedosos. En las peleas entre los chicos de la calle ellos siempre se retraían, no con la indiferencia de quien está por encima de esos juegos sino con el terror de quien sabe que pegar hace daño. La casa de esta mujer que lloraba y que se lamentaba de puertas para adentro estaba muy cerca de la casa de Carmen. El padre de Carmen, a quien tanto le gustaba la vecina de enfrente y quién sabe si otras mujeres con las que coincidía en el trabajo, siempre le decía a su esposa que tenía suerte de haber dado con él, que él nunca le pegaría y que, por eso mismo, tenía que estar muy agradecida. Así era el padre de Carmen: un hombre de gran apostura y que simplemente necesitaba un rato de charla para poder soportar la grisura de su existencia. Al oírlo, la madre entendía que tenía mucha razón. Se sentía entonces afortunada. Solo cuando pensaba en que su marido sonreía a otras mujeres se le encendía el corazón y se rebelaba. Pero no podía hacer otra cosa que callar. 

Al final de la calle había un establecimiento de tejidos que tenía mucha fama por su calidad. Allí compraba la gente que era capaz de gastarse un buen dinero en un corte de traje o en una blusa para vestir. El dueño del establecimiento tenía una sola hija y esta se había casado hacía algunos años con un tipo del norte, uno de esos montañeses que aparecen de pronto y de los que se cuentan historias fantásticas. El montañés enamoró a la heredera y se casó con ella. Se fueron de viaje de novios a una ciudad del extranjero y eso lo publicó la prensa, el diario de la capital y el semanario de la ciudad, contando detalles de la ceremonia, de los padrinos, del traje de seda y el velo de tul ilusión de ella y todas esas cuestiones que los ecos de sociedad ponían siempre de manifiesto. Lo que no publicó el periódico es que a la vuelta del viaje de novios ella regresó sola a la casa de sus padres, luego se supo que embarazada de un varón, y que el marido nunca apareció. Las conjeturas sobre lo que podía haber ocurrido fueron tantas que duraron varios años. Pero, en un extraño manto de silencio, nadie fue capaz de conseguir una información cierta sobre el motivo de esa separación, de esa distancia impuesta, así que, al final, cuando otras historias más cercanas fueron ocurriendo, todo se sepultó en el olvido y la hija quedó allí, viuda sin muerto, criando a su hijo y vendiendo telas en el mostrador de madera oscura. 

Los hermanos de Lourdes solían jugar en la casa de un niño que era hijo único y que necesitaba a otros para distraerse en casa. Los hermanos disfrutaban mucho porque ese chico tenía juguetes y su madre les ponía bocadillos y pasteles a la hora de la merienda. Era un chaval extraño, callado y con un punto raro en su conversación, pero en esas edades pocas veces se detenían los niños a considerar las características de los otros, salvo si se referían a la habilidad con el trompo o con la pelota. El padre del chico tenía un bar en una calle cercana y estaba todo el día fuera de su casa. Volvía de noche cerrada, con el niño ya durmiendo, y así un día y otro, lejos de su casa, trabajando, abriendo y cerrando el bar, descansando muy de vez en cuando. Era un hombre taciturno, no mal parecido, pero cuya mirada parecía vacua, sin inteligencia, sin chispa. Los hermanos le contaban a Lourdes que otro hombre aparecía por la casa muy a menudo, en esas horas de la siesta que mantenían a la calle en silencio, cada cual en sus cosas. 

Ellos, permanecían en la habitación del amigo mientras se oían determinados ruidos y, a través de la cristalera del patio, que ocupaba la zona central de la casa, podían vislumbrar la silueta del hombre que llegaba y que se introducía con cuidado y lentamente, en la habitación de la madre. Es un amante, dijo un día Lourdes a sus amigas en una de sus charlas de casapuerta. Es un amante, seguro. Ese hombre es un amante y viene a la casa a estar con esa mujer aprovechando que el marido está todo el día en el bar trabajando. Sentada la historia, el amante se constituyó entonces como uno de los polos de atracción de las conversaciones. Las mujeres, que hablaban por su lado y a escondidas de las niñas, consideraban que era muy raro todo porque la mujer no tenía encantos que pudieran conquistar a un hombre: era bajita, escuálida y con un pelo siempre mal colocado y caído, sin gracia. No era una mujer exuberante, ni alegre, ni iba bien vestida. Así que no se entendía como el amante se había enamorado de ella. Algo le hará, pensaban las mujeres. El amante, una vez identificado, resultó ser un tipo casado que vivía en otro barrio pero que era tan atractivo que no desmerecía por el hecho de ser albañil. Alguien dijo que no, que era maestro de obras, lo que era muy diferente. En todo caso era moreno, de ojos profundos, con una risa muy especial y un cuerpo formidable. A todas les gustaba. Y todas envidiaban un poco, aunque no podían decirlo, a la mujer que tenía un amante. Y, desde luego, compadecían al marido, al que comenzaron a llamar el buey manso y así se le quedó para siempre. 

     El más peligroso de todos los hombres airados era un pariente de Lola, un hombre astuto, que había pasado mucho tiempo en el extranjero y estaba en la sesentena. Vivía solo y la madre de Lola, una especie de prima lejana, le buscó una asistenta y supervisaba la casa de vez en cuando. En un momento dado, otras personas de la familia empezaron a frecuentarlo. Era una familia muy extensa, con primos y sobrinos y muchísimas derivaciones, algunos viviendo en la ciudad, otros fuera. El caso es que ese hombre se acostumbró a tener siempre visitas en la casa y algunas de ellas pernoctaban allí. La misma Lola, por ejemplo, y también otras dos primas más pequeñas y algunas mayores. Una de las niñas pequeñas sufrió una crisis de llanto en una ocasión cuando su madre pretendió dejarla al cuidado del hombre. Aquello despertó el recelo de algunas personas cercanas. Y así fue como las habladurías comenzaron a funcionar. Se decía, y eso lo comentaba Lola a las otras tres amigas, que el hombre hacía cosas raras con las parientes femeninas que iban por su casa, no solo con las mayores, sino también con las pequeñas. Eran cosas sucias, cosas que estaban prohibidas y que ningún hombre cabal haría nunca. La historia estaba enterrada en la familia pero siempre hay alguien que abre una ventana y la lanza al exterior y así fue como se convirtió en un motivo de charla en las reuniones de vecinas y también, porque esto era inevitable, en las de las niñas. Un asunto muy feo, muy desagradable, del que nunca se supo qué era lo cierto y qué lo inventado. 

    Los hombres airados dejaban su huella cada día, sus acciones malvadas hacían sufrir a las mujeres y niños que tenían alrededor. Se convertían en pasto de los cotilleos y en objeto de la ira de todos. Los demás, los hombres buenos, pasaban desapercibidos con su silencio, nunca expresaban lo que sentían y, todo lo más, echaban unos cantes o unas risas cuando llegaban las fiestas del carnaval o de la nochebuena. Eran hombres anónimos, hombres destinados a no levantar sospechas, hombres que permanecían en un sitio recóndito de la vida en el que solo existían el trabajo, el deber y la obligación de mantener a la familia. Nada que ver con los hombres peligrosos. 

(Relato inédito: Los hombres airados)

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