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Se ha escrito un crimen


Eran las seis de la tarde de un verano especialmente caluroso. Una ciudad costera. A esa hora todavía la brisa atlántica no refrescaba la calle. En el número 46 alguien abre el portón, gris oscuro y con una mano de brillante latón como llamador, y arrastra pesadamente una enorme caja de cartón hacia fuera. La caja está desvencijada, rota en sus laterales y de ella emanan, como si fueran un caudal interminable, libros, libros, libros. La caja se coloca en la acera y una niña de doce años, a punto de entrar en la adolescencia, se sienta en el suelo, allí, en la solitaria calle y recorre uno a uno los títulos de los libros que va sacando con cuidado y colocando en un montón junto al escalón de la casa. De entre esos títulos hay uno que le llama la atención. “El misterioso caso de Styles” reza la portada y en ella se ve un puñal ensangrentado que se clava en el cuello de una mujer anciana. No se ve el rostro de la mujer, ni la mano asesina, solamente el puñal y el fondo de una tela de mezclilla de lana inglesa. 

Después de este libro, la niña, que iba cumpliendo años, empezó a leer uno tras otro los títulos de esa colección, de la Editorial Molino, de esa autora, Agatha Christie. Todos esos libros que empezaron con “El misterioso caso de Styles” y que terminaron, precisamente, con “Telón”, forman el universo de la dama del crimen, de la mujer que, desde la tranquilidad de Torquay, fue capaz de trazar con pulso firme, casi hasta el final de su larga vida, los perfiles de unas historias que fueron capaces de crear, en esa niña, el hábito de leer. Quién no agradecería un regalo así…quién no recordaría la caja de cartón en la que el libro iba mezclado con otros…

En un carrusel que no se paró nunca llegaron a sus manos “El misterio de Listerdale”, “Los elefantes pueden recordar” o “El caso de los anónimos”. En un momento dado surgió “La casa torcida”. Más adelante “Pleamares de la vida” y “Sangre en la piscina”. La querencia de la autora por los paisajes exóticos, producto sin duda de su matrimonio con un arqueólogo (que, según ella, tenía la ventaja de verla cada vez más apetecible según iba envejeciendo), la llevó a “Intriga en Bagdad”, “La venganza de Nofret”, “Cita con la muerte” o “Asesinato en Mesopotamia”. Pero es el verdor de la campiña inglesa el paisaje protagonista de las historias, con sus mansiones, sus casas rurales, sus clubs de caballeros, sus rectorías, sus bibliotecas públicas, sus sinuosos caminos, sus veredas, sus exploradoras, sus doncellas pizpiretas, sus cocineras respondonas, sus ama de llaves rígidas, sus enamorados y sus asesinos. ¿Quién diría que hablamos de matar? 

En lo más alto, “El asesinato de Rogelio Ackroyd”, del que tantas veces he comentado su extraordinario recurso narrativo, imposible de repetir por lo original y único. Pero está también “Se anuncia un asesinato” inquietante y explosivamente distinto. Está “La señora McGinty ha muerto” en la que Christie utiliza como leit-motiv una cancioncilla infantil, tal y como hará en otras ocasiones, generando así la sensación de que la muerte es un juego. Pero no lo es. “Inocencia trágica” es, quizá, la más envolvente de sus historias. “El tren de las 4,50” la que aporta un personaje nuevo, fresco y poderoso, Florencia, la matemática que trabaja de chica para todo. “Un gato en el palomar” sitúa la acción en un internado, entre alumnas y profesoras. “Los relojes” gira en torno a una extraña urbanización en la que los números de las calles generarán la confusión y el conflicto. “Testigo de cargo” originó la mejor adaptación de una de sus novelas al cine. “El misterio de la guía de ferrocarriles” aborda el tema de los asesinos en serie. “Las manzanas” pone en acción al alter ego de la autora, otra escritora de misterio a la que pone de nombre Ariadna Oliver. “Maldad bajo el sol” describe el eterno triángulo amoroso, en el que nada es lo que parece. “La muerte visita al dentista” indaga en las relaciones del poder con las intrigas económicas. “Después del funeral” ofrece una visión casi humorística a través de uno de esos personajes que todo lo dicen sin pensar en las consecuencias. 

Todas las novelas de Agatha Christie, con sus diferencias de trama, de personajes, de desenlaces, me han hecho feliz. Nos han hecho felices, diría, para ser exacta. Toda mi familia, mi vida de la infancia, mis conversaciones al aire de la noche de verano, tienen en esos libros una referencia constante. Leíamos los libros y los comentábamos como si fuera un libro-fórum de esos. Niños y mayores al unísono disfrutábamos de su ironía, su ingenio, su vivacidad, su sencilla forma de contar las cosas. Sencilla, que no simple. Diáfana, pero no vulgar. 

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