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Una mirada atrás (II)


El segundo tramo de la calle estaba plagado de tiendas. Si tuviera que enumerarlas todas no podría pero tengo clara la imagen de algunas de ellas. La más pequeña era una tienda de juguetes. El centro de atracción de todos los niños, porque estaba pintada de azul y tenía una puerta con móviles de colores que se ponían a bailar al abrirla. También sonaba una música de algo clásico que yo no sabía reconocer. La tienda de Celestino era la de los ultramarinos y allí se vendía de todo lo que hacía falta en una casa para alimentar una familia. A ella solo acudían las mujeres y estaba siempre muy concurrida. Había luego un refino con una señora muy compuesta sentada en una mesa de camilla que era muy lenta en despachar y que desesperaba a todo el mundo. Ibas a por seis botones de camisa y te pasabas allí la mañana. A veces te ibas sin el encargo, porque la señora miraba a los niños con bastante desprecio y atendía siempre primero a los mayores. Casi al lado, un bar pequeñito en el que desayunaban los maestros del colegio que estaba en la calle de atrás antes de entrar en clase. Eran una tropa simpática de diez o doce personas muy ruidosas, por lo que nadie diría que mandaban a callar en clase. Cuando llegaban las vacaciones se quedaba prácticamente vacío y los dueños, que eran una pareja joven y muy graciosa, se lamentaban de que los maestros descansaran tanto.

En una de las esquinas que se abrían a otra calle estaba la librería. Formaba aquello una especie de pequeña plaza y delante había un banco de piedra y una papelera. Yo tenía el encargo de pasarme por la librería los viernes para recoger las revistas de mi madre y el seminario de mi padre. Pero aparecía muchos otros días por ver las novedades en los libros y pedir que me reservaran alguno. Era muy fácil convencer a mi madre de que ese libro era imprescindible, ella nunca te discutía con eso. Decía que el dinero estaba bien gastado en libros y en comida, que esos gastos eran los imprescindibles. Y en nuestra casa los libros ocupaban tanto sitio como los niños.

Berta tenía un taller de costura con la puerta al exterior y María Dolores una pastelería, de donde salían unos olores imposibles de olvidar. La madre de María Dolores era una virtuosa de los croissants porque estuvo en Francia una temporada y siempre hablaba de que los había probado allí y conocía su secreto. Era muy guapa y siempre iba bien vestida y peinada, lo contrario de María Dolores, que no salía de su pantalón de pana en invierno y su vaquero en verano. Al lado estaba la peluquería de Rosa y enfrente el quiosco de Pepe Juan, que ofrecía novelas, tebeos y todas las chucherías. Me falta por mencionar la tintorería de Miguel, al final de un recodo. Todo eso era el comercio del tramo de en medio, el que más tiempo tardabas en pasar, porque ibas parándote con unos y otros y viendo escaparates o preguntando cosas. En la peluquería echaba muchos ratos, charlando con las hijas de Rosa, pintándome las uñas y probándome peinados y mi madre me enviaba a Berta a probarme vestidos, aunque yo prefería pantalones vaqueros y camisetas negras, porque quería ser francesa y cantar temas de amor. Era demasiado pequeña para eso, repetía ella siempre. Y tenía razón. No se puede ser existencialista con ocho años.

La hija de Celestino tuvo una historia muy extraña y dio que hablar en toda la calle durante muchísimo tiempo. Se casó con un señor que vino de fuera, al que nadie conocía y del que nadie se fiaba. Más que nada porque no saludaba al pasar por las casapuertas donde la gente hacía tertulia y en un año que estuvo de pretendiente apenas se supo nada de él. Eso era imperdonable y lo que menos se aceptaba en la calle. No nos gustaban los misterios. Pero la hija de Celestino, que se llamaba Inés, tuvo que enamorarse locamente, si no, no se explica. Celestino estaba forrado, al menos así lo decían las madres, porque vendía muchísimo y la tienda era muy grande, de esquina, con una clientela segura y diaria. No parecía que le gustara mucho el novio de la niña pero ella impuso su voluntad, a pesar de que era bastante callada y tampoco se relacionaba con la gente. Quizá por eso vio que aquel hombre era el de su vida porque daba la impresión de que iba para soltera. Eso no era un problema en mi calle, un paraíso liberal muy educado y donde el respeto era lo primero.

La hija de Celestino se casó y no invitó a nadie a la boda. La boda fue muy temprano en la iglesia del barrio, que era preciosa, pequeña y muy coqueta. Vimos pasar una nube blanca de tul y raso y era ella. Nunca entendimos por qué se ocultó, ni qué sentido tenía hacerse un vestido de novia que nadie iba a contemplar. El caso es que se fue de viaje de bodas y la gente decía que sería un viaje muy largo y al extranjero, que era lo que se llevaba entonces. Pero a los diez días supimos que había vuelto, sola, sin el marido, y que se había puesto a trabajar en la tienda como si nada. Por supuesto que nadie le preguntó qué había pasado y eso disparó todos los rumores. Fuera lo que fuera, el marido no aparecía por ningún lado y no volvió. Se decía que ella lo había dejado porque descubrió algo que no le gustaba y también al revés. Nunca supimos la verdad pero a su debido tiempo nació un niño, al que llamaron como al abuelo y que era precioso. Tenía los mismos ojos verdes que el padre y siempre pensé que esos ojos eran un recuerdo perpetuo para aquella mujer. Un recuerdo bueno o malo, quién sabe.

(continuará) (Foto de Nina Leen)

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