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De Agatha a Jane


Los libros son como los amores y como los lugares. Aparecen en tu vida en el momento adecuado, un momento único, indiscutible, exacto. No podría ser de otro modo. Si te niegas a ellos es para siempre. Por eso ahora recuerdo a Bartleby: Preferiría no hacerlo. Pero no es de Melville de quien quiero escribir, sino que se ha colado por alguna razón que desconozco. Sigo. Los libros son como los amores y como los lugares. Testigos de tu aprendizaje y de tus errores. Puedes hacer la línea de tu vida a través de los libros que leíste, la gente a la que amaste y los lugares que pisaste. Es un itinerario que a veces se entrecruza, pero, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera lo notas cuando ocurre. Sobre el amor y sobre el viaje, el libro tiene la ventaja de la permanencia y de la generosidad. Es tuyo y se abre ante ti para ti solamente. No te exige nada más que paciencia. No se acaba, no se rompe, no huye, no se llena de escandalosas edificaciones fruto de la especulación. Es, por así decirlo, un bien permanente. 

A los diez años llegó a mis manos Agatha Christie. A los catorce, Miguel Hernández. A los quince, D. H. Lawrence. A los diecinueve, Jane Austen. Antes de todo eso conocí a Platero, al marinero en tierra, a Mark Twain (la tía Polly es el personaje más influyente de mi infancia y la pintura de la valla por Tom y sus amigos, el momento cumbre), al Principito. Al pequeño príncipe lo leía toda la chiquillería de la familia a los ocho años y todavía estamos pagando las consecuencias de los chantajes emocionales que el libro convierte en bondad. Somos unas víctimas de la rosa y de sus espinas ocultas. Nos sentimos culpables de todo y ni siquiera sabemos por qué. Tenemos la tentación constante de contestar "yo no he sido" a una pregunta que no ha sido siquiera formulada.

Cuando apareció en mis manos el primer libro de Agatha Christie (curiosamente, el primero que escribió con este nombre, "El misterioso caso de Styles") todo cambió. Cambiaron los viajes en tren, cambiaron las visitas a los quioscos, cambiaron las tardes de azotea, cambió la conversación familiar, cambió la relación con nuestro librero (la librería se llamaba "Cervantes") al que preguntábamos mil veces si había algo nuevo de "ella"... Desde mi conversión militante al agathismo toda la familia se hizo de la secta y las sobremesas de los desayunos del verano, sin prisas y con risas, estaban llenas de puntos suspensivos, de cursivas y suspenses, como si fuera una larga carta que alguien escribe a un pariente lejano. Dejaré de lado la curiosa historia que trajo a mis manos ese libro, aunque creo que fue la Providencia la que se apiadó de mi condición de lectora incorregible. Mi madre me decía, con razón: "Lo tuyo ya es vicio". Luego he aprendido que si algo no alcanza la categoría de vicio se acaba diluyendo como un azucarillo en una taza de té con un poco de limón. Merecería que ese té, bien fuerte, lo tomara la querida Josephine Tey, por ejemplo. Pero esa es otra historia, diría Michael Ende en ese libro escrito a dos colores que una de mis hermanas me "robó" aunque lo ha negado siempre de modo pertinaz. 

Después de los versos de Miguel Hernández, aprendidos, recitados, declamados, pensados, dibujados, releídos, por las hermanas, a modo de cónclave poético improvisado (todas hallábamos alguna estrofa que expresaba nuestros sufrimientos por amor a los que éramos tan dadas y nuestra rebeldía social, marca de la casa), llegó Lawrence para poner los puntos sobre las íes. Esto ya no podía ser tratado en forma colectiva y creo que cada una leía los libros y hacía como que no los leía o, al menos, no los comentaba. El caso es que él era nuestro gran secreto porque no se expresaba en voz alta y se guardaba en ese lugar de la imaginación en la que residen los chicos de ojos verdes y el poema de un día de atroz levante con los ojos encarnados de tierra y llanto. 


En Agatha solo hay crímenes. Algunos de los amores que narra parecen de cartón piedra y no nos los creemos. Además, da igual. Pero también hay pasiones fuertes, caracteres insoportables, destinos manifiestos, luchas intestinas, familias que se odian o que se adoran, injusticias, maldades y una naturaleza humana que, ya lo dice Miss Marple, "es la misma en todas partes". Lo que nos importa es saber quién mató al señor Ackroyd, por ejemplo. O a la señora McGinty. O quién era esa mujer de pelo pajizo a quien un hombre desconocido asesina en un tren en marcha, mientras lo observa la atenta mirada de Elspeth Mcgillicuddy. Los libros de Jane Austen tratan de bodas. Una boda y un crimen son, a simple vista, dos cosas muy distintas. Hablar de bodas puede parecer poco, sencillo o escaso, pero no es así.  Y las dos coincidieron en elegir el escenario: una casa de campo inglesa, una sólida y bien construida casa de campo inglesa, una rectoría, un paisaje verde, verde inglés, una vida tranquila y con apuros económicos que han de disimularse como sea. La sencillez de Agatha Christie abre las puertas de un camino sin retorno y la complejidad (sí, la complejidad) de Jane Austen convierte la lectura en un rompecabezas de emociones. Es un vicio, desde luego, qué si no.

(15 de marzo de 2020)

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