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La pentalogía inacabada de Irène Némirovsky

  



    La vida literaria de Irène Némirovsky (Kiev, Ucrania, 11 de febrero de 1903-Auschwitz, 17 de agosto de 1942), se rompió poco antes de que su propia vida quedara destruida en Auschwitz. Tuvo que dejar de publicar cuando Francia fue ocupada por el III Reich el 22 de junio de 1940. A partir de ese momento lo hizo escasamente y con seudónimo, gracias a la complicidad de la editorial. Los perros y los lobos, de 1940 y Los bienes de este mundo, de 1941, son las dos obras que ven la luz en este tiempo convulso. 

   Irène, su marido Michel Epstein, y sus dos hijas, Denise y Èlisabeth, vivían en París pero tuvieron que abandonar la ciudad y esconderse en Issy-l'Évêque, un pueblecito de la Borgoña que hoy apenas alcanza los mil habitantes. Podía haberse marchado a Suiza, dijeron sus hijas en un momento dado. Mucha gente lo hizo. No se sabe el motivo por el que se quedaron allí con una situación tan terrible que ella conocía muy bien y de primera mano. El matrimonio había pedido la nacionalidad francesa en 1938, pero el  gobierno francés se la denegó. Ella se sentía parte del país en el que vivía desde 1920, cuando contaba diecisiete años. Allí estudió y se graduó en la Sorbona, allí desarrolló su carrera literaria, escribiendo en francés, una de las siete lenguas que conocía, y allí nacieron sus hijas y trabajaba su marido. Una especie de arraigo la detuvo o quizá dudó. Nunca tendremos respuesta a estas preguntas. 

   En España la referencia de Manuel Chaves Nogales en unos reportajes del diario Ahora de 1931 se tiene como la primera noticia de la autora. 

Los que vienen después, los que ya son más jóvenes, han podido salvarse. Pero estos no son ya verdaderamente rusos, ni piensan en ruso, ni escriben en ruso. Tal es el caso de Irene Nemirovski.

Irene Nemirovski tiene ahora unos veinticinco años. Al estallar la revolución vivía en Petrogrado [San Petersburgo]; su padre, un gran banquero, la llevó a Moscú, creyendo que allí estaría más segura, y todo el tiempo que duraron las luchas en las calles la tuvo escondida en el sótano de una de esas casas metidas dentro de otras que son características de Moscú.

-No me dejaban salir –dice Irene Nemirovski-, a pesar de lo cual, yo me escapaba, a veces, al patio de la casa para recoger los casquetes de las balas que caían allí profusamente. El bombardeo era espantoso. Al principio estuve unos días horrorizada. Pero pronto aquello llegó a serme indiferente. Tenía que pasar días y días encerrada y sola. Afortunadamente, en aquel cuarto había muchos y buenos libros. Entonces, en aquellos críticos instantes, y obligada por aquellas trágicas circunstancias, fue cuando me aficioné a la literatura. Hecha un ovillo sobre un diván, me pasaba los días y las noches leyendo con todo entusiasmo El retrato de Dorian Gray o El banquete de Platón, mientras en la calle sonaban, intermitentes, las descargas y centenares de seres humanos caían heridos de muerte. Encerrada con un saco de patatas, unas sardinas y mis amados libros, llegaron a serme en absoluto indiferentes los estragos que el hambre y la metralla hacían en torno mío. Llegué a tener tal desdén por la realidad que el horror de lo que estaba sucediendo a mi lado no me emocionaba ni la milésima parte de lo que me emocionaban las creaciones de Huysmans, Maupassant y Wilde.

Los bolcheviques pusieron precio a la cabeza de mi padre. Tuvimos que huir a Finlandia disfrazados de aldeanos. Durante un año estuvimos allí, a las puertas de Rusia, viendo de cerca todo el horror de la revolución, con la esperanza de volver. Mi insensibilidad era tal que, en medio de aquel caos, me aburría. Huyendo de la dura realidad, toda mi alma se vertía en las ficciones literarias. Así empecé a escribir. Hice primero cuentos de hadas, imitaciones de Oscar Wilde, lo más distinto del medio en que, como una sonámbula, me movía...

***

Ésta fue la formación de una de las escritoras de origen ruso más características de la nueva generación, surgida ya a la vida literaria fuera de Rusia. Y esta formación espiritual, a base de desdén e impiedad, superado ya el sentimentalismo burgués, es lo más genuino de los escritores rusos de hoy, aun de los contrarrevolucionarios. Esa adolescente que llega a familiarizarse con el horror de la revolución más cruenta que registra la Historia, y luego, refugiada en Europa, se encuentra en el caos de las catástrofes económicas y morales de la postguerra, es la que sabrá hacer esa novela: David Golder, que ha logrado ser el éxito más resonante de París en el año último.

   Antes del cataclismo de la guerra había publicado un buen número de libros, todos bien acogidos por el público y la crítica: El malentendido, Un niño prodigio, David Golder, El baile, El caso Kirilov, El vino de la soledad, Jezabel, La presa, El maestro de almas. Tan solo tres de sus obras se publicaron póstumamente, dos de ellas acabadas: Los fuegos de otoño y El ardor de la sangre; y una inacabada, Suite Francesa. De esta quiero hablaros. 

  Suite Francesa es un conjunto de novelas de las que solo se escribieron las dos primeras, quedando totalmente sin iniciar, salvo el título, las dos últimas, y con un planteamiento ya hecho la tercera. Tempête en Juin (Tempestad en junio), es la primera de estas partes y en ella narra la huida despavorida desde París de todos los ciudadanos que se veían amenazados por algún motivo ante el avance de los alemanes. La segunda parte, también terminada, es Dolce (Dulce) y ahí se muestra la vida en un pequeño pueblo de provincias al este de la capital, Bussy, en los primeros meses de la ocupación. La tercera parte prevista era Captivité (Cautividad), de la que solo existe un planteamiento general y algunas anotaciones. Pretendía hablar de un intento de resistir ante el avance y la invasión alemana, una especie de resistencia. Las dos últimas solo tienen título: Batailles (Batallas) y La Paix (Paz). Dos títulos contradictorios de los que no sabemos qué iban a contener. 

   Desde Junio de 1940 Irène escribe en un cuaderno azul con tinta azul lo que serán las dos primeras partes de la historia. El tema general es la vida en Francia durante la invasión y ocupación alemanas, pero el detalle tiene un retrato completo de personajes, actos, circunstancias y sentimientos. Como observadora que ve los asuntos desde fuera, sin tomar parte, la escritora muestra lo que ocurrió, de modo que es el lector el que juzga y saca conclusiones. Es una crónica directa, en tiempo real y, al tiempo, personal y objetiva, de uno de los peores períodos de la historia de la humanidad. Al final quedaron 140 hojas escritas, con letra diminuta, que hubo de ser descifrada con una lupa por su hija Denise cuando, después de sesenta años, se decidió a abrir el cuaderno. Diez días después de que acabara esta escritura llegaron los gendarmes para detenerla y llevársela al campo de Pithiviers, y, de ahí, a Auschwitz, donde fue gaseada en agosto de ese mismo año. 

   Del libro ha escrito Vargas Llosa en El País una columna extraordinaria: No una novela cualquiera: una obra maestra, uno de los testimonios más extraordinarios que haya producido la literatura del siglo XX sobre la bestialidad y la barbarie de los seres humanos, y, también, sobre los desastres de la guerra y las pequeñeces, vilezas, ternuras y grandezas que esa experiencia cataclísmica produce en quienes los padecen y viven bajo el oprobio cotidiano de la servidumbre y el miedo. Acabo de terminar de leerla y escribo estas líneas todavía sobrecogido por esa inmersión en el horror que es al mismo tiempo -manes de la gran literatura- una proeza artística de primer orden, un libro de admirable arquitectura y soberbia elegancia, sin sentimentalismo ni truculencia, sereno, frío, inteligente, que hechiza y revuelve las tripas, que hace gozar, da miedo y obliga a pensar.

     Y un artículo de Carlos Brito Díaz de la Universidad de La Laguna incide en algunos de sus aspectos más importantes: A medida que avanza este relato en caleidoscopio el conjunto humano va dege- nerando en selva porque Némirovsky nos convierte en testigos incómodos de un proceso de descomposición socio-moral, paralelo al tránsito de los fugitivos de París al campo, en un descenso a la condición animal donde se dinamita el sentido común y se desintegra la colectividad, para dejar paso a ciegas individuales entregadas al ejercicio de la supervivencia. Bajo el ciego proceder del miedo, la indolencia o la progresiva pérdida de la dignidad la guerra se anuncia como un acontecimiento fal- samente lejano, que irrumpe con letal imprevisión mientras arrecian los bombarde- os en la ruta de la diáspora hacia el campo. Hasta entonces, y ni siquiera tras estas demostraciones de violencia, no hay en los personajes conciencia de la ocupación ni de la consumada invasión imparable. 

    La segunda parte de la novela Dolce, es la que se lleva al cine con el título de Suite Francesa. Es una película notable a pesar de la dificultad de trasladar el mundo Némirovsky a lenguaje fílmico. Sin embargo, incide en las relaciones humanas que se establecen entre los franceses y los alemanes, en ese extraño y complejo momento en que ambos deben compartir espacios y tiempos. Tiene un aire sentimental, mucho más que la primera parte, en la que se describe audazmente la reacción de los parisinos ante el anuncio de la ocupación y cómo las envidias, los egoísmos y las actitudes personales llenan de mezquindad un relato que pudo ser épico. La crítica acerada de Irène, que antes se había dirigido a los judíos mostrando sus defectos a la hora de gestionar su propia vida, se abre ahora hacia el paisanaje francés, ocupados en lo que se viene en llamar "sálvese quien pueda", sin ni una pizca de sentimiento colectivo o heroico. 

    Durante su huida de los alemanes y de los colaboracionistas franceses, las hijas de Némirovsky llevaron a rastras consigo la maleta que contenía el cuaderno azul, fotografías, recuerdos y algunos papeles de su madre. También ellas tuvieron que luchar por su vida, a pesar de que eran unas niñas. La publicación del libro fue un suceso literario y también humano. Nunca antes se describió, en tiempo real y directamente, por un testigo presencial, un acontecimiento histórico de este calado. La literatura, como en otras ocasiones, al servicio del testimonio. 

Galería de imágenes familiares 



Comentarios

Al calor de los libros ha dicho que…
El contenido de este libro es un testimonio en primera persona que muestra un enfoque muy real de la realidad que vivió la autora.
Aparte, su propia biografía es impactante. Así como sus hijas se salvaron y guardaron durante tanto tiempo este manuscrito.
Es un relato muy recomendable.
Un abrazo
Caty León ha dicho que…
Efectivamente, es un libro recomendable por muchos motivos, algunos literarios, otros históricos y otros humanos. Toda la obra de Némirovsky ofrece estas distintas miradas, que suelen confluir en unas historias conmovedoras. Muchas gracias por tu comentario.

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