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Baile a la luz de las velas



(Pintura de Jack Vettriano)

Ocupar el ocio es una de las prerrogativas de las sociedades avanzadas. Cuando uno tiene asegurada la supervivencia, no tiene que ir a cazar animales para obtener pieles ni alimento, cuando la vida sigue su curso organizadamente, entonces nos encontramos con que hay tiempo libre que llenar. 

Los personajes de Jane Austen tienen en su mano las diversiones normales de la gente como ellos en el tiempo en que vivieron. Jugar a las cartas; conversar; hacer visitas; jugar a los juegos de palabras; a las adivinanzas, o a las charadas; bailar; salir a cenar fuera; hacer una excursión al campo; asistir a una velada musical; tocar el piano…; coleccionar acertijos...

Bailar a la luz de las velas era una de las más atractivas distracciones para cualquier joven. Cuando los señores Weston (en "Emma") quieren agasajar con un baile a Frank Churchill, dado que su casa es demasiado pequeña, deciden comprobar las condiciones de “La Corona”, una especie de mesón o local público. El uso de este tipo de locales para los bailes que seguían a las cenas era muy frecuente. Por desgracia, a la señora Weston no le convencieron mucho: 

“-Emma- dijo ella-, este papel es peor de lo que esperaba. !Fíjate! Por algunos sitios está horriblemente sucio, y el marco de la ventana está más amarillento y abandonado de lo que hubiera imaginado.

-Querida, eres demasiado meticulosa-dijo su marido. ¿Qué importancia tiene todo eso? A la luz de las velas no se verá nada. A la luz de las velas estará tan limpio como Randalls. Nunca vemos nada de eso en nuestras reuniones nocturnas del club. “

Era probable que las damas intercambiaran en este momento miradas que decían: “Los hombres nunca saben si una cosa está limpia o sucia”; y los caballeros puede que pensara cada uno para sus adentros: “Las mujeres y sus tonterías y sus cuidados inútiles”

El hecho de que los bailes en tiempos de Jane Austen se celebraran a la luz de las velas (los bailes y todas las reuniones, la vida entera en las horas nocturnas) condiciona mucho más de lo que podamos pensar el desarrollo de los actos. Para empezar, la ropa de los asistentes, que debían brillar y no pasar desapercibidos. Así, los caballeros, riguroso oscuro, casi negro, con detalles en gris y las damas, siempre de tonos claros, vainilla, blanco, beige, salmón, nude, rosa pálido. De otra forma, sería imposible ser visto en estas circunstancias y si uno va a un baile y nadie repara en su presencia esto puede ser un gran inconveniente porque no bailarás y te quedarás en un rincón haciendo el ridículo. 

Sin embargo, hay un aspecto de la autora que no debe dejarse de lado en relación con el atuendo y los bailes. Los testimonios nos dicen que a Jane no le interesaba demasiado la moda. Más bien, que no le interesaba nada. Su biógrafa Claire Tomalin recoge un pasaje de “La abadía de Northanger” en la que la joven Catherine Morland se preocupa por saber qué se pondrá para asistir a un baile. Entonces surge, en el texto, el propio pensamiento austeniano: “Una mujer debe verse bien sólo para su propia satisfacción. No por ello la admirará más un hombre, ni la querrá más otra mujer”. Todo queda dicho, pues, con respecto a este asunto. 

Es cierto que en sus cartas hay comentarios relativos a la moda, opinando sobre si los sombreros con flores están mejor adornados que con frutas o cuando habla de los tonos de las telas, pero sin embargo todos coinciden en afirmar que si hubiera vivido dos siglos más tarde, como nos vuelve a comentar Tomlin, “habría estado encantada con la libertad que proporcionan unos pantalones viejos y el hecho de necesitar sólo una falta de tweed para ir a la iglesia y un vestido decente para salir de noche”.

Emma es la heroína que cuida más su aspecto cuando asiste a un baile. Y esto es lógico porque es la que tiene mejor posición económica, mejor dicho, la única rica y con una hacienda a la altura. Como la vemos a través de los ojos de los demás personajes, sabemos de sobra que era guapa, alta y con buena figura. También conocemos que, dado su patrimonio, podía vestir bien y seguramente sus vestidos venían de Londres, a través de su hermana Isabella o directamente por medio de encargos como era usual en las muchachas que se lo podían permitir. Tener una costurera del pueblo no encaja con su categoría social, desde luego y por eso, en los bailes a los que acude en la novela, tanto en La Corona, como en las casas a las que es invitada, luce siempre mejor que todas las demás. Mejores telas, mejores adornos, perlas, aunque con una sencillez que la diferencia radicalmente del tono pretencioso que la señora Elton añade a su porte. En este sentido, la señora Elton tiene su trasunto cursi en las hermanas Bingley, de "Orgullo y prejuicio", que se consideran superiores por llevar tocados extravagantes. 

A Jane Austen le encantaba bailar. Eso no parece compadecerse con su escasa afición a la ropa, pero tiene que ver con su carácter alegre y divertido. Un baile daba ocasión, además, de observar a la gente, su pasatiempo favorito, el alimento de su alma para poder luego escribir sus libros. Esa observación daba enormes frutos. También a Emma le gusta muchísimo el baile y así se lo hace ver el señor Knigthley cuando le dice algo así como “pobre Emma, qué pocas diversiones tienes aquí y qué escaso tiempo dedicas a ellas”. 

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