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Quédate conmigo


La última vez que Rupert Everett apareció guapo en el cine fue en esta película. Había declarado ya públicamente su condición de homosexual, lo que le trajo no pocos problemas en la industria y un encasillamiento inmerecido, pero aquí ofrece todavía un rostro fresco, limpio de cirugía (de la que luego abusaría sin que sepamos la causa) y un aire frívolo que le sienta muy bien. Hizo un Shakespeare en el cine en el que todavía estaba reconocible, pero era un papel de fauno y ese no cuenta. En cambio en esta película es el perfecto amigo gay que todas quisiéramos tener. Y esto no es un artificio literario. Algunas de mis amigas lo saben muy bien. 

La última vez que Julia Roberts resultó una chica apetecible y ¿pacífica? es, precisamente, aquí. Antes dio la campanada con “Pretty woman” pero eso es jamón de pata negra comparado con el resto de su filmografía. Luego se teñiría el pelo y se trastocaría en la combativa Erin Broncovich, sin glamour y sin ropa de marca. Dicen las malas lenguas que en Pretty su cuerpo no es suyo, sino de una modelo que a saber cómo se llamaba. Cotilleos de las comadres de Hollywood, prestas a despellejar a todas las parejas de Gere. Julia gastaba un aire profesoral en “La sonrisa de la Gioconda” y se cabreó mucho cuando la dejaron compuesta y sin novio. Pero es sabido que las profesoras atraen poco. 

Por su parte, otro tanto podríamos decir de Cameron Díaz, que, con el paso del tiempo ha tenido un desigual y, a veces, deplorable curriculum. Sin hablar, claro, de sus retoques estéticos que han dado al traste con su fisonomía juvenil. Esta chica de risa fresca y liviana, con unos andares rítmicos producto de su buena educación y de su afición al ballet; esta chica que desbanca a la mismísima Julia Roberts en las preferencia del chico de sus sueños, dejó de ser tal cual cuando decidió que el tiempo no pasaría. Lo dijo Sam al volante de su piano, el tiempo pasará. Y no hay que darle más vueltas. 

Seguramente haya sido, entre el cuarteto protagonista, Dermott Mulroney el que mejor ha sobrevivido el paso del tiempo, aunque eso no ha significado, por otra parte, que su filmografía haya ido más allá de telefimes de sobremesa, de esos que uno se pone en la tele para dormirse o películas muy, muy, caramelísticas. Pero conserva un atractivo físico especial con esa media sonrisa y una cicatriz justo en el labio. En otra de sus interpretaciones va de gigoló, no en plan bestia como el mentado Gere, sino más suavecito. Apetecible y con un cierto aire familiar. Como si quisiera, en realidad, formar una familia y aquí paz y después gloria. 

Pues bien. Julia Roberts es Julianne, una crítica gastronómica. Prueba las comidas a cuenta de la casa, las observa, las huele, las medio mastica y emite un veredicto. Por supuesto, comidas de menú long et droite, con permiso de Paul Beaucuse, servidas en platos cuadrados por chefs histéricos que gestionan (que no cocinan) recetas de nombre impronunciable. Aunque ella no lo sabe, está, desde su adolescencia, enamorada de un tipo. Él es periodista deportivo (el escalón más bajo del periodismo, incluso por debajo del periodista de sucesos). Ningún periodista deportivo se llevaría un Pulitzer, pero a qué periodista deportivo le importaría eso…Siempre que San Antonio elimine a Sacramento…ya se sabe. 


El periodista deportivo, es decir, Michael O´Neal, le cuenta a Julia o sea Julianne Potter, que va a casarse con una jovencísima y rica heredera con nombre de bombón de recibir visitas, Kimmy, Kimberley Wallace. ¿Crees que Julianne se queda de brazos cruzados? ¿Crees que la toma con algún restaurante al que rebaja la calificación del tournedó? No. Directamente intenta separarlos. Liarla, vamos. Coge un avión y se dispone a destrozar la boda. Me imagino a mí misma, en la vida real, intentando destrozar algo, una boda, un noviazgo, un no sé qué….En fin, sigamos. 

La cuarta pata del banco es Everett. George Downes es el íntimo amigo de Julianne y su confidente en esta locura interestelar. Quiere ayudar, aunque no tiene claro cómo y aparecerá y desaparecerá con la firme convicción de que su amiga está equivocada pero que no puede detenerla a menos de que ella se convenza por sí sola de que a veces el “chico de tu vida” tiene otra chica en su vida. 

Las mejores escenas de la película son corales. La del karaoke, por ejemplo. Esa refinada trampa que Julianne le tiende a Kimmy reconocida por sus cualidades no precisamente canoras. Esos estruendosos desafinamientos de la rubia que no solamente no espantan, sino que enternecen a su novio, causando la desesperación de Julianne. O la escena del restaurante, insuperable, toda la familia y el agregado, cantando por Dionne Warwick “la tía de Whitney Houston”. 

El final es inevitable. Zorras envidiosas aparte, estatuas de hielo que se deshacen en la boca, invitados al borde del desconcierto, persecuciones que conducen a un lavabo de señoras, confesiones inoportunas (ay, esa sinceridad que llega a destiempo), todo concluye como empezó dejando en el aire la sensación agridulce de la pérdida que todos hemos sentido alguna vez. 

Y el consuelo. La sonrisa forzada. Como si Escarlata O´Hara hubiera dejado su receta sobre la mesa de la fiesta nupcial: “Mañana será otro día”. Una música que invita a bailar, un vestido color lavanda que te favorece y un chico. Qué más da que sea gay. Es tu nuevo mejor amigo. 

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