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D. H. Lawrence y Nina Leen: Lo efímero y lo perdurable.


Úrsula y Gudrun son hermanas e infelices. Ninguna de las dos ha alcanzado en la vida aquello que desea. Han nacido en una familia de mineros, pobre y sin cultura, pero eso es algo que a las dos las atormenta. Son diferentes en su interior, se sienten diferentes. Odian lo negro de las minas, el hedor de la tierra cuando cae la noche y los pozos se despueblan, el aire cansado de las mujeres de los mineros, la suciedad, el polvo. Observan con admiración a los otros, los ricos, los que lo poseen casi todo, los que se rodean de un ambiente de música, de luces, de belleza. Ellas son muchachas pobres en un universo que las atrapa. Hubieran querido ir a la universidad y moverse de un lado a otro con indiferencia, como si nada fuera necesario, amar sin compromiso y conocer a la gente que disfruta de todo lo que ellas no tienen. Pero nadie elige dónde nace y elige a sus padres o a su familia. Eso las llena de un sentimiento de injusticia que ocultan al exterior pero que existe. 


Úrsula y Gudrun se han enamorado. El amor para ellas es casi una obligación, el tema de sus charlas cuando se sientan en la casa familiar a compartir alguna confidencia. Son muy distintas pero se conocen y saben que la una en la otra tienen su mayor riqueza, su mejor complemento. Hablan de hombres pero no quieren abrir del todo sus corazones, no porque no se fíen sino porque tienen miedo a pronunciar en voz alta palabras que a ellas las comprometerían. El compromiso con el amor es algo que detestan, mucho mejor, piensan, convivir con el silencio de los mayores secretos. Es así como conciben la existencia, tejiendo y destejiendo cada día las horas y los tiempos. 


Úrsula es maestra y estando un día en el aula contemplando las flores, sus pistilos y estambres, el milagro de la vida en forma de belleza, ha conocido a un inspector de educación, Rupert Birkin, y se ha desposeído entera de su ser y se lo ha entregado en silencio, sin que él lo pida, sin que él lo desee, sin que él lo busque, sin que él lo entienda. Es la tristeza permanente del amor que lanza su flecha en una dirección equivocada. Birkin llegará a quererla, sí, pero no es esa la fuerza que ella busca, no es ese deseo inconmensurable, sino, más bien, un paisaje tranquilo, algo que no moleste su vida cotidiana, algo que no lo posea, que no lo inunde. Birkin, como otros hombres antes que él, como otros hombres después que él, no logra asir la naturaleza del amor tal y como lo entiende Úrsula y se asusta ante su virulencia, porque sabe que puede arrastrarlo y convertirlo al alguien que él no quiere ser o tiene miedo de ser, en todo caso. 


Gudrun es artista. Pinta, y en sus pinceles hay siempre una pregunta. Ha pasado algún tiempo fuera, en un ambiente más sofisticado, y ahora, en su vuelta a casa, siempre se dice a sí misma que debe volver a escapar. Que debe irse. Pero no se atreve o quizás ha intuido un halo de esperanza en ese hombre, un dios griego, un rico que lo tiene todo, un hombre total, Gerald Crich, el heredero de las minas, el tipo perfecto. La blanca casa de la colina de los Crich es lo único que merece observarse en el universo oscuro de la comarca minera. Todo lo demás está barrido por la miseria. Crich pasea a veces a caballo por su heredad, recorre impasible la zona, mientras los ojos de los otros, sin nombres, lo miran con una mezcla de miedo y de veneración. Es el responsable de que la comida llegue a su mesa pero, para Gudrun, es también la única forma de redención de toda esta existencia sin explicaciones. 


Los juegos del amor embellecen a las hermanas y, por algunos instantes, da la impresión de que sus jóvenes vidas tendrán, por fin, la escritura que ellas creen merecer. Los cuatro establecen una relación tan compleja como excitante. Todo es nuevo para ellas, todo parece renovarse para ellos. A veces, los ojos de Birkin contemplan la belleza de Crich como un desafío. La inteligencia del primero, la apostura del segundo, dos hombres fundidos en un crisol que darían lugar a la perfección que todos desean hallar, siquiera por una vez. Las mujeres se mueven de un sentimiento a otro sin entender demasiado bien su papel. Pero siguen estando insatisfechas. Quizá no exista nunca una medida que colme el vaso para ellas. Quizá los ojos de esos hombres nunca van a mirarlas como ellas desean ser miradas. Ternura, sí; complicidad, también; admiración, es posible; entrega, la justa. Generosidad, apenas. Amor ¿qué es eso? 

D. H. Lawrence escribe sobre el amor insatisfecho. Que es la única clase de amor que entiende. Que es, quizá, la única clase de amor que existe. Que es la única condición permanente del amor. Lo único que perdura. La insatisfacción, el deseo no correspondido, los tiempos que no ajustan, los besos que no estallan, el fuego que se convierte en ascua demasiado pronto. Esto es el libro, "Mujeres enamoradas", una novela que escudriña hasta el fondo y que saca a la luz lo que se corrompe en cuanto se expone a la superficie. Porque la otra condición del amor es el silencio. 

Referencias: 

David Herbert Lawrence nació en Eastwood, Reino Unido, el 11 de septiembre de 1885, hijo de un minero alcohólico y analfabeto y de una maestra. Esa dicotomía entre lo que era su padre y lo que era su madre marcaría su evolución como adolescente. Tiene una extensa obra en la que hay novelas, cuentos, traducciones, libros de viaje, obras de teatro y poemas. Tiene, también, una variable consideración entre el público y crítica, pues ha sido mal entendido y poco valorado. Su vida fue un constante viaje, un exilio voluntario, o quizá obligado por la moral de la época, que lo llevó de un lado a otro, sin echar raíces en ningún sitio. En sus novelas más importantes, sus grandes obras, se adentra en el territorio del sentimiento humano, intentando que quede de él la esencia a pesar de que los tiempos que se vivían eran convulsos. Huye de la deshumanización, busca la verdadera sentimentalidad, lo que acerca al hombre a los otros hombres y a la naturaleza. Entre sus obras destaco: Mujeres enamoradas, El arcoiris, La serpiente emplumada, Hijos y amantes, El amante de Lady Chatterley y un gran número de cuentos, algunos de ellos reuniones en el tomo El oficial prusiano y otras historias. 


Las fotografías que acompañan a este texto son de la fotógrafa Nina Leen. Había nacido en Rusia en 1909 y murió en Nueva York en 1995. Sus fotografías para las portadas de Life son una maravillosa muestra del modo de vida americano centrado en las mujeres, en sus actitudes diarias, sin dejar de lado algunas series dedicadas a los animales, a los que retrató como nadie y a la belleza femenina y sus rituales. Los retratos de Nina Leen expresan, a la vez, una cierta alegría superficial y efímera y, por otro lado, una emocionalidad intensa y perdurable. 

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