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"Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen

Érase una vez cinco hijas casaderas y unos padres. Vivían todos juntos en una casa de campo en Longburn, muy cerca de Meryton, en el sur de Inglaterra. Los señores Bennet, los padres de familia, son muy diferentes entre sí y cuesta poco adivinar que la pasión que sintieron en su juventud y que les hizo casarse ha desaparecido hace tiempo. Él es un hombre muy sosegado, abúlico casi, entregado a sus libros en su sacrosanta biblioteca, amante de la ironía y con un sentido del humor que encocora a su esposa. Ella es cotilla, charlatana, un poco falta de seso y su mayor deseo es que sus hijas hagan un buen matrimonio. Los nervios le suelen jugar malas pasadas y alude a ellos cada vez que aparece un problema en el horizonte. En ese caso, ella no está para nada ni para nadie. 

En ese deseo materno de casar bien a sus hijas hay bastante de utilitarismo, dado que la propiedad está vinculada a la rama masculina y, cuando el padre fallezca el heredero, un clérigo llamado señor Collins, hijo de un primo, se quedará con todo y mandará a la calle directamente a la viuda y las cinco hijas. Además, el señor Bennet no es que digamos una persona ahorradora y gasta más de lo que ingresa y más de lo que debe. Por eso, según lo que era normal en la Inglaterra de entonces, la única salvación de una familia (no solo de una chica sino de toda su parentela) era hacer una buena boda. El amor era cosa de pobretones sin remedio o de gente muy rica. Sin embargo, aunque era lo cotidiano, ya veréis cómo Jane Austen, que piensa de otra forma y así se manifiesta como una mujer adelantada a su tiempo, imagina historias en las que esto no es exactamente así. 

La historia comienza cuando se corre la voz de que ha llegado a la zona, para establecerse de alquiler en una hermosa casa a unos cinco kilómetros de distancia, un joven soltero y rico. Este anuncio despierta el interés, no solo de los Bennet, sino de todas las familias con hijas casaderas en varios kilómetros a la redonda. Y todo porque "es una verdad universalmente conocida que todo hombre soltero, en posesión de fortuna, necesita una esposa". Esta frase, ya inmortal y famosa, es el comienzo del libro, una aseveración que llevan grabadas, como también dice la autora, las familias en su frontispicio. 

Las hijas Bennet son cinco y muy distintas. Jane es la mayor, bondadosa, sensata, guapa y discreta. Comprende a todo el mundo y no piensa mal de nadie, aunque no es nada tonta, sino, sencillamente, buena. Una bondad sin artificio, real. La segunda es Elizabeth, ingeniosa, inteligente, con hermosos y expresivos ojos y una gran disposición a disfrutar de la vida y a ser feliz con lo que tiene. La tercera hija es Mary, muy aficionada a los libros sesudos y a los pensamientos trascendentes. De una seriedad que raya en la petulancia, no le gustan los bailes en los que se baila y el amor es para ella algo fuera de su imaginación. Las chicas más jóvenes, Kitty y Lydia, son risueñas, alegres, dispuestas siempre para salir, ir de visita, de compras o acudir a fiestas. Algo cabezas locas, sobre todo Lydia, que meterá a la familia en un apuro serio por esto mismo. Las dos se pirran por los "casacas rojas" los soldados del destacamento militar que para en Meryton para goce de las muchachas e inquietud de los padres.

Resulta curioso que la protagonista del libro sea la segunda hija que no es ni la más bella, ni la más risueña, ni la más cultivada. Sin embargo, tiene una personalidad que resulta atrayente al lector desde el principio. Sabe lo que quiere, no se deja intimidar, le gustan las bromas y los bailes, posee un ingenio poco corriente y su atractivo reside, sobre todo, en la expresión de su cara, su agradable figura y su mirada. 

El señor Bingley, que tal es el nombre del caballero que arrienda Netherfield, no viene solo. Le acompañan sus dos hermanas, la señora Hurts (con su correspondiente señor Hurts, un tipo que tiene predilección por el buen vino, la caza y las siestas) y la señorita Carolina Bingley, que está enamoriscada del amigo que ha llegado con ellos, el señor Darcy, joven, alto, guapo y poseedor de una renta de diez mil libras al año, además de una mansión, Pemberley, modelo de hermosura constructiva, de riqueza de pastos y de lujos de todo tipo. Aunque el señor Bingley es un joven sencillo, amable y guapo, sus hermanas son fastidiosas, petulantes y creídas. Algo así como las hermanastras de Cenicienta. Jane Austen contrapone así varios modelos de mujer, pero, sobre todo, enfrenta el carácter alegre, sin dobleces, inteligente y travieso de Elizabeth con la astuta forma de ser de Caroline, que intenta cazar a Darcy y que no duda en usar las artimañas que están en su mano. 

Así comienza la historia. Y transcurre con la participación de otros personajes que tienen su importancia, como la familia Lucas, vecinos de los Bennet. El señor Lucas es un pretencioso caballero, antes dedicado al comercio y ahora solamente dispuesto a soñar con grandezas; sus hijas Charlotte, amiga de Elizabeth, y María, amiga de todas, son algunas de las chicas que aparecen en el relato. Charlotte se casará con el primo de los Bennet, el señor Collins, con lo que, a la larga, heredará Longburn. El señor Collins tiene a su cargo una parroquia que le ha concedido como beneficio la ilustre dama Lady Catherine de Bourgh, a la sazón tía del señor Darcy al ser hermana de Lady Anne Darcy, su madre. Ella quiere que su sobrino se case con su propia hija, pero da la impresión de que no tendrá suerte en esto. La hermana pequeña de Darcy se llama Georgina y se trata de una señorita llena de virtudes y habilidades. 

¿Quiénes más hay por aquí? Pues sí, la señora Phillips, tía de las Bennet, con tan poca cabeza como la madre. O los señores Gardiner, también tíos, aunque viven en Londres y son el contrapunto agradable a los otros parientes. Y, por supuesto, el coronel Fitzwillian, un caballero primo del señor Darcy, apuesto, educado y comprensivo. Algunos militares tienen papel en el transcurso de la historia porque son los que bailan con las chicas y las sacan de paseo por Meryton, pero el que más nos interesa y el que representa el lado oscuro es, sin duda, el señor Wickham, un tipo bastante desagradable, cuyas mentiras tendrán una intervención nefasta en lo que sucede. Es la antítesis de Darcy y el ejemplo de lo que una mala inclinación puede hacer con las personas. 

Como todo el mundo conocerá la historia no es spoiler decir que durante su transcurso tienen lugar nada menos que cuatro bodas (y ningún funeral, lo que prueba lo poco que le gustaban a Jane Austen las tragedias) y que una de ellas será por interés (la de Charlotte Lucas con el señor Collins), otra a consecuencia de una locura juvenil y de un comportamiento desaprensivo (la de Lydia Bennet con el señor Wickham) y dos por amor, amor del bueno, amor total y apasionado (las de Elizabeth y Jane Bennet con los señores Darcy y Bingley, respectivamente). No es mal balance para una época en la que las mujeres tenían tan poco poder de elección. 

Orgullo y Prejuicio es un libro extraordinario. No hay en él dramatismo, ni romanticismo del peor estilo, ni tragedias góticas. No hay paisajes tenebrosos, asesinatos, secuestros, malos tratos ni apenas crueldad. Incluso el problema que suscita Lydia Bennet con su huida está tratado con cierto sentido común. La muestra de caracteres que se presenta es entretenida, divertida, llena de interés. Los personajes protagonistas te ganan el corazón. La acción no se detiene en descripciones pesadas, relatos de vestidos o de paisajes que rompen el ritmo y te hacen desear saber qué pasa. No. Todo va al grano, pero con sutileza. Se dice lo justo y de la mejor manera posible. Es una obra maestra. Si tenemos en cuenta que la autora la escribió en su redacción inicial con más o menos veinte años...entonces nos demuestra que se trataba de una persona dotada de los más preciados dones. 

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