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¿Bailas?


(Dmitri Kasterine. Fotografía. The Twist. 1962)

La casa aparecía detrás de una verja verde y de unos naranjos que ocultaban parcialmente la fachada. Tenías que asomarte a propósito para ver la esbelta línea de la azotea, rematada de amarillo, o los dos pequeños escudos que estaban esculpidos a ambos lados del balcón principal. Otras ventanas eran los ojos del edificio, todo él amable y risueño, como si la vida en su interior no pudiera ser sino placentera. 

Estaba al final de la calle. Justo en una esquina que daba a la gran plaza abierta que llevaba el nombre del país. Era una calle larga, recta, en cuesta, y que se abría a ambos lados en multitud de calles más pequeñas. Su nombre tenía reminiscencias ultramarinas, como otras muchas del pueblo. Y sus habitantes se creían poseedores de un paraíso que nadie más tenía la oportunidad de disfrutar. Así, todas las tardes, los escalones de mármol de las casas se dejaban ver al tiempo que los vecinos sacaban a la calle sus sillas bajas para tomar el fresco y para comentar los asuntos del día, tan importantes como los del gobierno. 

Esta casa sombreada de naranjos siempre bullía de voces y de hilos sonoros que salpicaban la calle y se acomodaban en el regazo de la piedra ostionera, de la cal y el blanco de las paredes. Las chicas de la casa eran alegres, cantarinas y llenaban de esperanza cualquiera de sus amaneceres. Todas ansiaban un mundo que las convirtiera en princesas de sus propias biografías. Todas se asomaban a los balcones y descorrían los visillos con ese aire incierto de quien está en la antesala de la vida. 

Las tardes de los sábados, el patio en forma de L de la casa, se abría a las visitas y allí llegaban chicos de cuello duro, blanco, corbatas finas y trajes oscuros, a charlar con las hijas y a bailar al ritmo de la música que, una de ellas, desgranaba al piano o que sonaba en algún aparato moderno que el padre traía no se sabía de dónde. Eran momentos de máximo atrevimiento. Pero ellas siempre anduvieron un paso adelante que el resto del mundo. Sobre todo la más pequeña, que tenía un aire soñador incompatible con la rutina y paseaba su mirada por películas en las que los hombres siempre amaban a las mujeres y las besaban con ardor imposible. 


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