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"Nada crece a la luz de la luna" de Torborg Nedreaas


El sueño de una buena narradora es encontrar a alguien que la escuche. Sentarse a desgranar las horas y los días, los hechos del pasado, el anhelo que el futuro está esperando aún a cumplir. Contar es tan antiguo como el hombre y sirve el mismo verbo para las matemáticas y el lenguaje. Contar cuentos, contar cantidades. Esa polisemia lo convierte en un hallazgo, en un camino cierto para lograr el milagro de la comunicación.

La mujer de este libro tiene cosas que decir, cuentas que ajustar, paraísos que descubrir, errores que pagar. Solo necesita un oyente, alguien que, en la oscuridad de la noche primero y en la fría madrugada después, se apropie del sonido de su voz mientras enumera esos momentos de su vida que la han convertido en lo que es. Como una Sherezade que quisiera  borrar de un plumazo los cuentos y sustituirlos por los retazos de una vida rota.

Es así como Torborg Nedreaas ha concebido su historia. Es así como transcurre. El secreto está en lo que se cuenta y también en lo que ese relato origina en la mente del hombre que escucha. Un hombre y una mujer que se han encontrado por casualidad, o no, en una estación de tren, ese sitio impersonal y a la vez íntimo en el que todo puede suceder, incluso una relación inopinada, incluso un trasunto de romance imposible. No existe entre ellos ningún lazo especial salvo la necesidad complementaria de hablar y de escuchar. El hombre elige, antes que poseer el cuerpo, asir su alma, ese espacio único que cada persona atesora y que solamente puede descubrirse cuando otro ser humano decide aventurarse a conocerlo.

Durante una noche entera la mujer explica los avatares de su vida, sus amores, sus deseos, sus tormentas y paisajes. Un poco de café para no dormirse, alcohol para ayudar a que fluyan las palabras, cigarrillos a medio consumir, una butaca donde descansar las piernas ateridas de andar sin rumbo, poco atrezzo es necesario para provocar el torrente de las palabras que deben pronunciarse. Es una ceremonia, un rito. El silencio acompasa los sonidos y la voz de la mujer se yergue como la máxima razón por la que esa noche merece la pena vivirse.

Quién no posee dentro de sí un relato de su vida que no ha compartido con nadie…Quién no precisa, a veces, sacarlo fuera y ponerlo a lucir bajo la claridad del sol para que se airee y se guarde de nuevo en mejor estado, como si fuera una prenda de ropa antigua que no ha perdido nunca su esplendor…Es así como el libro nos muestra paralelamente lo que la mujer narra y lo que el hombre piensa, en un ejercicio doble de aclaración que el lector atesora y entiende.

La novela se publicó originariamente el año 1947 en Noruega, el país natal de la autora, considerada allí un clásico moderno, que se sigue leyendo por las distintas generaciones de noruegos. Nedreaas había publicado dos años antes un libro de cuentos, pero fue esta novela su consagración y el libro que la representa ante los lectores nórdicos. Intimidad, sutileza, cierta crítica social relacionada con la ideología de la propia escritora, detallismo sin caer en la exageración, creación de atmósferas, personajes atormentados, psicología de los sentimientos, todo ello aparece en la obra, con el añadido de una visión reverencial del telón de fondo, Noruega, de su naturaleza casi perfecta y de su entorno poco común.


Nada crece a la luz de la luna. Torborg Nedreaas. Editorial Errata Naturae. Colección El Pasaje de los Panoramas. Traducción de Mariano González Campo. Madrid, 2016.  

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